Mañana se celebrarán elecciones generales en Ecuador, en las que según las encuestas, el autoritario presidente Rafael Correa se reelegirá para un segundo periodo, con más del 50 por ciento del voto popular. Los sectores democráticos ecuatorianos solo tienen la esperanza de que el partido oficialista Alianza País, no pueda ganar la mayoría de diputados en la Asamblea Nacional que tiene 137 miembros, pues le daría al excitado presidente Correa el control absoluto del poder.
Periodistas extranjeros que llegaron a Ecuador para cubrir estas elecciones, las han calificado como una pelea de tigre suelto contra burro amarrado. Se refieren a la gran ventaja que le da a Correa el uso abusivo de los recursos del Estado en su campaña, y la debilidad y dispersión de sus opositores que presentan siete candidatos presidenciales, siendo el principal Guillermo Lasso, del partido Creo, quien apenas tiene posibilidad de recaudar de nueve a veinte por ciento de los votos.
Debido a nuevas reglas dispuestas por el Consejo Nacional Electoral (CNE), la propaganda de los partidos y candidatos opositores fue limitada al mínimo, se les prohibió transmitir o se les censuró importantes spots de televisión y se les restringieron los presupuestos de financiamiento, mientras que Correa y el partido oficialista han usado discrecionalmente y sin ningún reparo legal, ético y político, el enorme aparato de propaganda estatal.
Para ganar sin tener que ir a una segunda vuelta electoral, Correa necesita recibir el 50 por ciento de los votos, o cuando menos el 40 por ciento, en el caso de que su ventaja sobre el candidato de segundo lugar sea de diez por ciento o más. Lo cual Correa parece tener asegurado, sin que el organismo electoral tenga que hacer un fraude, como acostumbra hacer en Nicaragua el Consejo Supremo Electoral a favor de Daniel Ortega y su partido.
En realidad, aparte de la utilización de los recursos del Estado para su campaña electoral, así como de las intimidaciones a la prensa independiente y a la oposición, la verdad es que Correa tiene mucho apoyo popular a pesar de su estilo de gobernar autoritario y prepotente, o tal vez por eso mismo. El autoritarismo gubernamental es muy popular en Ecuador, igual que en los demás países del Alba.
Según corresponsales extranjeros y analistas políticos de Ecuador, para la mayoría de los ecuatorianos el autoritarismo de Correa es bueno porque le ha dado estabilidad al país. Además, gracias a la bonanza petrolera que goza Ecuador, Correa ha podido financiar diversos programas sociales que no reducen la pobreza y mucho menos que la vayan a erradicar, pero la gente los agradece como dádivas de un gobernante generoso. Ejemplo de esto es que al comenzar la campaña electoral Correa aumentó de 35 a 50 dólares mensuales el bono de desarrollo humano, que es un subsidio a los hogares más pobres que apoyan la “revolución del poder ciudadano” correísta.
En Ecuador, para la mayoría de la gente y no solo los más pobres, los valores e instituciones de la democracia liberal y la libertad son secundarios, o peor aún, carecen de importancia. Creen que es más provechoso someterse al autoritarismo populista. Lo mismo que en Nicaragua. Esa es la triste y amarga realidad.
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