Para todos fue una noticia sorpresiva e inesperada. Para mí fue una decisión sabia, valiente y humilde. Sabia, porque el papa reconoce la necesidad de una renovación en la Iglesia para que esta se adapte mejor a los profundos cambios sociales que estamos enfrentando.
Humilde, porque no se aferra al poder y reconoce sus propias limitaciones físicas. Valiente, porque actúa en medio de un mar de críticas en contra de él y de la Iglesia.
Nadie tiene suficiente moral para juzgar los motivos que lo llevaron a actuar de esta forma. No es el primer papa que renuncia, y no viene al caso hacer una síntesis de historia de cuántos papas anteriores han renunciado. Lo que importa saber es que está legalmente permitido que un papa ponga su renuncia. Por tal razón, no veo necesidad de atacar, ni criticar al papa, ni a la Iglesia.
Muchos han empezado a compararlo con el papa Juan Pablo II, que soportó gran deterioro de su salud, permaneciendo firme al frente de la Iglesia.
Si el papa Juan Pablo II nos dio un testimonio de lucha, perseverancia y entrega total; el papa Benedicto XVI nos da hoy un testimonio de humildad y sabiduría. ¡Qué bien podemos los cristianos católicos aprovechar ambos testimonios sin juzgar a uno, ni a otro!
Las cosas son así, los enemigos de la Iglesia siempre estarán prestos a criticar y a lanzar pedradas, como los fariseos que querían matar a la mujer adúltera. Recuerdo que antes de la partida del papa Juan Pablo II muchos pedían que se retirara porque estaba muy enfermo. Ahora, que el papa Benedicto XVII se retira, muchos lo critican por hacerlo. Dios es infinitamente sabio y misericordioso, y llevará a buen término lo que inició, sostendrá con amor a la Iglesia que quiso tener; esta misma Iglesia que ya ha pasado por muchas cosas a lo largo de la historia, que no ha sido perfecta, porque Jesús no la fundó sobre hombres perfectos, sino sobre pecadores.
La verdad es que no tenemos ningún derecho a comparar, ni a pretender que todas las personas sean iguales. Cada quien tiene su carisma y sus aptitudes. De algo estoy total y absolutamente convencida, de que Dios actúa siempre en favor de su Iglesia. El Espíritu Santo suscita en ella lo que más estamos necesitando.
Fue así que la revolución del papado de Juan Pablo II nos llegó justo en el momento más oportuno, cuando la Iglesia necesitaba un papa cercano y los jóvenes se desbordaron en la fe y en una nueva evangelización.
Luego la Iglesia necesitaba una voz firme, que nos recordara que la fe y la razón no son enemigas. El papa Benedicto XVI deja huellas en la Iglesia de Cristo, nos deja un importante y valioso legado intelectual, de profunda incidencia teológica y doctrinal.
Después de la sorpresa de la noticia, la verdad es que no me impresiona, ni me entristece, ni me decepciona, ni me atemoriza el hecho de que el papa renuncie. Siento una profunda confianza en Dios, que nos lleva de su mano, por senderos seguros.
Invito a todos mis hermanos católicos a no exasperarnos en las redes sociales, donde lloverán a cántaros críticas y ataques a nuestra Iglesia. A veces es el silencio es la mejor arma, porque justamente lo que busca el enemigo es quitarnos la paz. Si no sabemos cómo responder, mejor callemos y oremos. También debemos orar mucho, por el papa Benedicto XVI, por el nuevo papa que tendremos y especialmente por la Iglesia. No podemos, en estos momentos, abandonar la oración y sentarnos como simples espectadores a ver lo que sucede. Seamos protagonistas activos con nuestra oración. Aprovechemos este valioso tiempo de Cuaresma para ofrecer “ayuno, oración y penitencia” en favor de nuestra Iglesia. La autora es ingeniera.
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