Con toda la autoridad moral que le da el hecho de haber rechazado la curul en la Asamblea Nacional (con los más de tres mil quinientos dólares mensuales y otros beneficios personales que la acompañan), la cual le correspondería ocupar por haber quedado en segundo lugar en la fraudulenta elección presidencial del 6 de noviembre de 2011, don Fabio Gadea Mantilla ha recomendado que “si en un nuevo arreglo el PLI nombra a unos cuantos (magistrados y otros altos cargos estatales que deben ser designados por la Asamblea Nacional), estos deberían ser escogidos con pinzas fuera de las estructuras partidarias”.
La recomendación de don Fabio, expresada en una Carta de Amor a Nicaragua leída en Radio Corporación y publicada en LA PRENSA del martes de esta semana, es oportuna y correcta desde una perspectiva ética de la política. Pero además debería ser atendida por el destinatario, considerando la bancarrota política y moral de la oposición que básicamente es representada por el PLI. Seguramente que atender ese sano consejo del ex candidato presidencial democrático no sería suficiente para que la oposición levantara cabeza, pero al menos enviaría a la nación y particularmente a los decepcionados ciudadanos independientes y a los desmoralizados opositores, el mensaje de que no todo está perdido y que valdría la pena recuperar la confianza en la política.
También monseñor Silvio Báez, obispo auxiliar de Managua, se pronunció este martes sobre el tema. “Ha llegado el momento de que Nicaragua madure políticamente y se empiece a despartidarizar el Estado”, expresó monseñor Báez, reiterando de ese modo la reconocida posición moral de la Iglesia católica. Añadió el prelado que no se debe repartir el poder mediante cuotas arregladas “por debajo de la mesa”, y que no deben ser los diputados quienes se repartan esos cargos porque “es la capacidad la que cuenta, no la afiliación de un partido”. Sin embargo el mismo monseñor Báez reconoció que es muy difícil que su recomendación pueda ser atendida.
El problema es que está muy arraigada en los políticos, tanto en los que gobiernan como en los que figuran como opositores, la idea de que el Estado es un botín para el aprovechamiento partidista y personal. Por eso es que para ellos, los cargos públicos que son más importantes por los altos sueldos y otras ventajas que conllevan, tienen que ser asignados solo a miembros del partido a quienes “les cuesta la causa”, no a personas ajenas que por muchos méritos personales y cualidades profesionales que tengan “no han sudado la camisa” del activismo partidista ni gozan del favor del caudillo y la cúpula dirigente.
De manera que las recomendaciones de don Fabio y de monseñor Báez quedarán en el aire, como han quedado tantas otras que han sido presentadas por los pocos referente morales que subsisten en la sociedad. Según se sabe los políticos ya tienen la decisión tomada sobre la elección de los cargos y solo les falta ponerse de acuerdo en las tajadas de la repartición. No se aprende la lección de la historia, de que los pactos cuando son para conseguir prebendas solo sirven para enterrar a la oposición.
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