Aun cuando se ha dicho que la grandeza no está definida por títulos o reconocimientos, sino por el nivel de influencia que se logra en la sociedad, Roberto Clemente conjugó ambos aspectos para acrecentar su imagen, y mejor aún, su legado.
No hace falta haber visto a Clemente en vida para apreciar la dimensión de sus cualidades para el juego. Era un todo terreno. Capaz de vencer como un jonrón, un toque de bola, un robo de base, un tiro a las almohadillas o una atrapada en los jardines.
Y todo dentro de una personalidad singular, clara de su papel como líder de la entonces naciente legión de jugadores latinos, que miraban hacia él en busca de un referente. Y Clemente fue justo ese ejemplo, de lucha sin claudicaciones.
Eso le permitió trascender el beisbol, porque además de jugarlo bien, lo que le proporcionaba autoridad, también fue capaz de guiar a los demás, a no dejarse arrebatar sus sueños, a pesar de los múltiples obstáculos que se presentan a través del camino de la vida.
Pero la acción que le hizo perdurar por siempre no fue su innegable entrega al juego o la firmeza con que defendía sus criterios, sino la entrega de su vida a fin de ayudar a las víctimas del terremoto de Managua en 1972. Y ahí pasó de jugador estrella a humanista admirable.
Clemente fue más que un tipo capaz de 12 Guantes de Oro, cuatro títulos de bateo, 3,000 hits y un brazo prodigioso, movido todo por un carácter firme e indoblegable. Fue la antítesis del egoísmo y la ambición desmedida, mientras que con la entrega de su vida, probaba la coherencia entre su discurso y sus acciones.
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