Ramón García Gibson
La revista The Economist en su edición de enero publicó un artículo denominado Inteligencia Corporativa-Los sabuesos del capitalismo, que menciona que en estos tiempos el trabajo de detective corporativo es un gran negocio. Gracias a la globalización hay mucho que las compañías quisieran saber pero no pueden, como por ejemplo si su prospecto de socio en algún país es un ladrón o no.
Los detectives corporativos encuentran hechos, los analizan y los comparten con sus clientes. Otro negocio en crecimiento que realizan dichas firmas es el conocido como la conducción del trabajo de debida diligencia realizando revisiones de antecedentes de los empleados a ser contratados así como de potenciales socios.
Un curioso desarrollo, menciona la revista, es el crecimiento de lo que podría ser llamado “autodebida diligencia”. Empresarios de diversas partes del mundo donde la corrupción es alta están cada vez más contratando firmas de inteligencia corporativa con buena reputación para realizarles investigaciones en algunas ocasiones con acceso total a sus registros de negocios.
Si los investigadores les dan lo que podríamos mencionar un certificado de salud, pueden utilizarlo con bancos, reguladores y potenciales socios de negocios que pudieran tener dudas sobre ellos.
Lo mencionado anteriormente, sobre todo tratándose de la conducción de actividades de debida diligencia, sin duda es relevante para que las empresas en los diversos ramos de la industria puedan identificar irregularidades en su operación así como incumplimientos con las leyes aplicables, en el mejor de los escenarios, antes de que los mismos se conviertan en sanciones o pérdidas económicas.
Asimismo, dichos ejercicios sirven para conocer qué fue lo que se hizo mal en el pasado, así como tener seguridad de que los clientes, tanto nuevos como actuales, cuentan con buena reputación y controles sólidos para asegurarse del debido cumplimiento con las distintas disposiciones.
El cumplir con las muchas regulaciones aplicables y blindarse de la posible contaminación de clientes o socios que no lo hagan sin duda tiene un costo económico muy elevado para las empresas, lo que debería ser de alguna forma sujeto a algún tipo de beneficio, llámese fiscal o como el caso norteamericano, una potencial disminución del monto de las posibles sanciones en las que la empresa pudiera incurrir.
Un antecedente interesante es que desde el año 2003 el Departamento de Justicia de Estados Unidos emitió guías de sentencias revisadas llamadas “Acciones Federales contra Organizaciones de Negocios”.
Siete de nueve factores para determinar si denunciar no están relacionados al menos de manera directa a programas de cumplimiento. Sin embargo, dos factores se refieren a programas de cumplimiento y son: la existencia y efectividad de los programas corporativos de cumplimiento al tiempo de la ofensa, y las soluciones que puso la institución después de la ofensa, incluyendo cualquier esfuerzo para implementar un efectivo programa corporativo de cumplimiento o el perfeccionamiento del existente.
Un fiscal, al momento de valorar un efectivo programa de cumplimiento según las guías de sentencias de Estados Unidos, toma en cuenta diversos factores.
¿Pero se realizan los mismos esfuerzos en el sector gubernamental? Considero que las estrategias se han enfocado en temas importantes, como lo es el ataque a la corrupción, flagelo que tanto daño ha causado a los países pero tratándose del debido cumplimiento de las diversas leyes, disposiciones y códigos de ética aplicables a su actividad cotidiana todavía existe mucho camino por recorrer toda vez que algunos órganos internos de control y contralorías internas han resultado ineficientes en temas importantes.
La balanza en ocasiones se ha inclinado por evidenciar el incumplimiento regulatorio del sector privado, lo que ha dado pie al desarrollo de la industria de los investigadores corporativos, el replicar dichas prácticas en el sector público ayudaría mucho a tener administraciones públicas más eficientes. Bien lo decía el emperador francés Napoleón Bonaparte: “Hay tantas leyes que nadie está seguro de no ser colgado”. ¿Usted qué opina estimado lector?
Esta columna se publica los lunes en El Financiero de México.
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