La semana pasada me reuní con un amigo al que tenía varios años de no ver. Sabiendo que trabaja para el gobierno desde los años noventa le pregunté cómo le iba. Me respondió que bien, que tuvo que acomodarse a algunas “exigencias” cuando entró el gobierno de Ortega pero que ya a estas alturas él hace su trabajo, recibe su paga y que las “exigencias” las toma como gajes del oficio. No escuché de él mayor crítica hacia el gobierno y rápidamente cambió de tema. Yo no insistí.
Pero me quedé pensando. Mi amigo entró a trabajar en el Estado con los ahora llamados por este régimen “gobiernos neoliberales”. Él nunca fue una persona a quien le hiciera perder el sueño la política. Nunca le gustó en realidad el tema. Es de los millones que corta cualquier polémica política con la lapidaria frase “si no trabajo no como y la política no me da de comer”.
Recordé que en los años ochenta mi amigo, como yo, salió del país porque no quería que lo agarrara el Servicio Militar Obligatorio. Lo poco que sabía de su inclinación política en aquel tiempo era que no le agradaba el régimen sandinista. No le agrada el Servicio, no le agradaba el racionamiento, no le agradaba la hiperinflación y que le metieran la revolución por los ojos.
Regresó a Nicaragua poco después de la victoria de doña Violeta. Sé que en las elecciones posteriores votaba. Estoy seguro que votaba en contra del Frente Sandinista aunque nunca se lo pregunté. Igualmente ahora no se lo pregunté pero estoy seguro que vota en la casilla 2. Ahora, estoy muy seguro, es parte de ese 52 por ciento que dice apoyar al gobierno de Daniel Ortega.
Sospecho que si en los noventa, por esas casualidades de la vida, a mi amigo le hubiera tocado ser encuestado tal vez hubiera formado parte de ese 37 por ciento que en algún momento llegó a decir que engrosaba las filas del Partido Liberal Constitucionalista (PLC) o del otro 30 por ciento que simplemente se declaraba sin partido pero que en el recinto de votación marcaba mayoritariamente la casilla del PLC. O sea, era parte de los famosos independientes que durante los noventa y al menos hasta el 2006 se inclinaban por el partido liberal.
¿Por qué votaba liberal mi amigo en los noventa? Solo puedo especular sobre su respuesta pero me atrevería a decir que iría más o menos en este tono: porque trabajo para el Estado, hago mi trabajo, recibo mi paga, me he acomodado a las “exigencias” y estoy “bien”.
¿Se hizo sandinista mi amigo ahora? No creo. ¿Era liberal mi amigo en los noventa? Tampoco lo creo. Simplemente es parte de esa inmensa cantidad de nicaragüenses a quienes la política les viene floja. La Constitución les viene floja. Qué si los magistrados son de facto o legítimos les viene flojo. Mucho menos que va a arriesgar su estabilidad, sobre todo cuando no hay una propuesta de cambio que le suene realizable y sincera. Ayer votó en la 1; hoy vota en la 2. No hay mayor trauma. Mientras tenga un trabajo y la política no se meta en su casa a la fuerza, él no se va a meter con la política.
No entender esa levedad política es la razón por la que la llamada “oposición” no logra atrapar la atención del ciudadano.
Los opositores, cuando no se están destrozando entre sí, están hablando de temas totalmente ajenos a los intereses, a la vida de los ciudadanos. No les hablan de los temas que podrían captar su atención.
Para regresar a mi amigo. Él tiene un carro, un Sedan. Lo cuida bien porque sabe que no lo podrá reponer con facilidad. ¿Alguien le hace ver que cada vez que va a la gasolinera a echar combustible le están sacando del bolsillo un montón de billetes que podría ahorrar si este gobierno fuese en realidad “cristiano, socialista y solidario? No.
Tampoco estos políticos opositores están al lado del usuario de transporte en los departamentos cuando los transportistas aumentan arbitrariamente el pasaje y la Alcaldía “cristiana, socialista y solidaria” no les da respuesta.
El político opositor le habla, en el mejor de los casos, de la destrucción de la institucionalidad. Un tema importante sin duda, pero que en la realidad no va a llamar la atención de gente como mi amigo, mucho menos si por desgracia ve que toda la alharaca por la institucionalidad y el Estado de Derecho se acaba cuando el político opositor recibe “su hueso” y deja de protestar porque “es mala educación hablar con la boca llena”.
Hay que defender la institucionalidad, pero también hay que defender los derechos básicos del ciudadano, y hay que hacerlo de manera sincera. Mientras los políticos no cambien su discurso, no pasen a la acción, y no se acerquen a la gente, la inmensa mayoría los va a ignorar, y ese es el mejor escenario para un régimen populista.
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