Querida Nicaragua: Obligadamente siento el deber de agradecer a todos mis amigos de todos los rincones del país por sus oraciones, sus llamadas telefónicas, su cariño enorme y sus buenos deseos por el éxito de la operación que le realizaron a mi esposa Thelma. Hubo misas y ruegos ante el Señor de los Milagros de Ciudad Antigua en Nueva Segovia, ante la imagen de la Sangre de Cristo en Managua. El ruego de los amigos se extendió hasta la Virgen de Cuapa, la de los Ángeles en Costa Rica, la de Guadalupe en México, María Auxiliadora en Granada, nuestro Jesús del Rescate en Popoyuapa, pero estaba escrito que Nuestro Señor le había señalado el día y la hora y la quería para juntarla con los ángeles del cielo.
Cuando nuestro periodista Alfonso Baldiosea dio la noticia por la radio, no había terminado de hablar cuando comenzaron a timbrar los teléfonos de la Corporación. Eran llamadas de pésame que entraban de todos los rincones del país y algunas del extranjero
Para el sepelio llegó una nutrida delegación de Matagalpa encabezada por nuestra corresponsal Aurorita Leytón, muy amiga de doña Thelma, otra de Camoapa encabezada por Marlon y muchas otras personas de los departamentos a quienes deseo agradecer su cariño por nosotros.
La Eucaristía fue un acto hermosísimo, en el cual los padres Marcelino y Joselito nos dieron palabras de vida, fe y esperanza que reconfortaron nuestro punzante dolor. Y al final, una pequeña parte del grupo de guitarreo de los martes de nuestro querido Chale Mántica cantó para doña Thelma dos hermosísimas canciones que a ella le gustaban mucho: el famosísimo soneto de Sor Juana Inés de la Cruz o de Santa Teresa de Jesús, de una de ellas, que comienza diciendo: “No me mueve mi Dios para quererte el cielo que me tienes prometido, ni me mueve el infierno tan temido para dejar por ello de ofenderte”.
Norma Helena cantó con el alma Declaración de amor y Gracias a la vida . Los guitarristas fueron Eduardo Araica y Milciades Herrera.
Doña Thelma, Romelia para mí, fue despedida envuelta en el más puro amor de sus amigos, entre bellísimas canciones y plegarias.
Quiero hacer mención de dos bellísimos comentarios hechos por mi amigo Eduardo Romero Gómez en sus “Puntos de Vista”, hermosa demostración de cariño para nuestra familia. Gracias Eduardo.
Hay un poema que dice: “Ay, que solos se quedan los muertos ”. Yo creo que los que quedamos solos somos los vivos, herida el alma con tanto recuerdo de tantos días felices, buscando consuelo en pequeños detalles que te hacen olvidar un poco esos recuerdos.
Leyendo la Biblia, el libro de los libros, me encuentro unas páginas de consuelo que acostumbro obsequiar cuando alguna familia se encuentra en el triste suceso de perder un ser querido. Dice así: Hijo mío. Derrama lágrimas por el que murió y como quien sufre profundamente comienza la lamentación. Después entierra el cadáver de acuerdo con el ritual y no descuides su tumba.
Llora amargamente, expresa tu dolor, observa el luto según la dignidad del muerto durante uno o dos días para evitar habladurías. Después consuélate de tu pena, porque la pena lleva a la muerte y un corazón abatido pierde toda energía. Con sus funerales debe pasar la tristeza. Una vida de pesar es insoportable. No abandones tu corazón al dolor. Reanímate, echa la pena pensando en tu propio fin. No lo olvides. No hay regreso. No le serviría de nada al difunto y tú te harías daño.
Acuérdate de mi sentencia que será tuya también. Ayer yo, tú hoy. Cuando el muerto reposa, deja reposar también su memoria, consuélate una vez que partió su espíritu. Sirácides 38. 16 23.
El autor es director de Radio Corporación
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