Fabián Medina
Twitter: @Fabian_Med
Los excluidos
Desde hace más de cinco años un nutrido grupo de ancianos reclama su legítimo derecho a una pensión de vejez. Vivimos en un país donde la mayoría de ancianos ni siquiera tiene derecho a una pensión, y pasados los 60 años son destinados a malvivir, ya sea mendigando o a expensas de los familiares que quieran cuidarlos. Pero aún entre los pocos que tienen derecho por ley a una pensión, el sistema se encarga de buscar cualquier artimaña para excluirlos groseramente. Es el caso de estos ancianos que protestan, a sol y lluvia, sin que nadie les resuelva nada a pesar que el derecho les asiste.
Pensión reducida
Estos ancianos trabajaron toda su vida, aportaron su dinero para alimentar las arcas del Seguro Social, y por esas razones de un país que no es normal (reconozcámoslo) nunca llegaron a las 750 semanas de cotización que exige la ley para una pensión. Entonces se estableció en la ley la llamada “pensión reducida”, que es una pensión parcial en correspondencia con las semanas cotizadas. Algo es algo, se pensó. Pero ni eso. Que tal decreto lo derogó, que aunque se quiera no hay dinero suficiente (son como 900 millones de córdobas anuales), pero que el comandante sí tiene voluntad y que pronto, pronto, habrá una ley que les dé esa pensión que tanto necesitan para vivir. Que ya viene Que se vayan a sus casas a esperar.
200
Doscientos de esos ancianos que protestan en las calles han muerto esperando el cumplimiento de tantas promesas. Parece una estrategia macabra de prometerles y prometerles, hasta que ya no quede ninguno de ellos. Que se mueran solos. Se han plantado en las rotondas, han paralizado el tráfico, se tomaron el edificio del INSS y hasta les pidieron vergonzosamente sus votos a cambio de la pensión. Los engañan. Les dicen que ya están discutiendo. Les dan un bono solidario mientras tanto. Los dividen, dándole algunas regalías a unos y a otros no. Y les dicen que la ley ya está cerca, que ya hay una comisión, que todo es cuestión de afinar detalles Y así, en cada protesta faltan algunos. Son los que mueren cada semana. Doscientos en total, calcula la organización que los agrupa. En los próximos cinco años podrían desaparecer todos los que comenzaron.
Ellos y nosotros
Y ahí están de nuevo, protestando. Lo peor que podemos hacer es sentir que eso es un pleito ajeno. Que es una cosa de viejos. En el fondo, esos ancianos pelean más por nosotros que por ellos, porque como vimos ellos se van muriendo de a poco. Tarde o temprano llegaremos a esas edades, y lo que ellos consigan ahora con sus protestas es lo que nosotros tendremos cuando estemos en ese punto.
Mentiras
Nunca la mentira ha tenido mayor culto que el que ahora se le rinde en Nicaragua. La mentira es desde política de Estado hasta modo de vida. Se miente descaradamente. Y cuando, se hace ver que los hechos demuestran lo contrario, los mentirosos hasta se enojan. ¿A quién le vas a creer a los hechos o a lo que yo te digo? Aquí se dijo que el comandante Tomás Borge estaba recuperándose satisfactoriamente, que Canal 2 no está cambiando de dueños, que Gas Natural lo compró una empresa española que quiere el anonimato y podría mencionar mil mentiras más… Ya no digamos de encuestas y estadísticas. Es cierto, que eso sucede en todos los países del mundo (miren nomás en Venezuela), pero nunca como ahora se había instalado el “hacerse de la vista gorda”, el “hacernos los suecos”, como una política de Estado y poder.
Vivir la verdad
Y cuando hablo de mentira, no me refiero exactamente al concepto formal, moral o religioso. Pienso más en el concepto ético. Se trata de recuperar el valor que tiene para la sociedad que los funcionarios informen con veracidad lo que está sucediendo y las consecuencias que eso tendrá para nuestras vidas. Se trata de que los periodistas recuperemos el derecho a preguntar al poder y tener repuestas sobre ello. Se trata, en definitiva, que no se diseñe en oficinas de propaganda la realidad que quieren que vivamos, sino que nos dejen vivir la que vivimos.
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