Adolfo Acevedo Vogl (*)
Algunos amigos parecen pensar que lo determinante para crear más y mejor empleo es que la economía crezca a tasas mucho más altas. Para que la economía crezca más —se nos dice a continuación— es necesario atraer más inversión extranjera directa (IED).
Sin embargo, no se pueden olvidar las características estructurales de nuestra economía. En nuestro país las personas que constituyen la fuerza de trabajo no esperan a nadie para buscar como sobrevivir creando su propio empleo, y como consecuencia, el crecimiento del empleo no está limitado por la tasa de crecimiento económico.
Es al revés: la tasa de crecimiento económico está determinada por la tasa de crecimiento de la fuerza de trabajo ocupada, y por la tasa de crecimiento de la productividad. Ahora bien, la fuerza de trabajo ocupada ya está creciendo a tasas anuales muy fuertes, que casi duplican la tasa de crecimiento del PIB.
Entonces cabe preguntarse: si la tasa de crecimiento de la economía es igual al crecimiento de la fuerza de trabajo ocupada, más la tasa de crecimiento de la productividad, y si la población ocupada está creciendo tan fuerte ¿por qué la economía no crece a tasas más altas?
La respuesta es simple: el PIB no crece más porque este fuerte crecimiento de la fuerza de trabajo ocupada ha sido contrarrestado por la caída de la productividad.
Esta declinación en la productividad es el resultado del hecho de que nuestra economía genera, principalmente, empleos precarios e informales, de bajísima productividad. Las cifras de las últimas décadas muestran cómo, mientras el número de personas ocupadas ha venido creciendo de manera sistemática, la productividad del trabajo ha venido declinando.
Lo que está ocurriendo en nuestro país es que, frente al fuerte crecimiento de la población en edad laboral —característica del dividendo demográfico—, en lugar del esperado círculo virtuoso entre el acelerado crecimiento de la fuerza de trabajo y la creación de empleos de alta productividad, lo que la economía está generando, de manera predominante, son empleos informales, de muy baja productividad.
Este tipo de empleos únicamente demanda, para su desempeño, de una fuerza de trabajo de muy baja calificación, y normalmente proporcionan a quienes los desempeñan una pobre remuneración.
El 77 por ciento del empleo total lo generan el sector agropecuario, el comercio informal y los servicios informales, precisamente aquellos que exhiben los niveles más bajos de productividad de nuestra economía.
La fuerza de trabajo, que está creciendo con mucha fuerza, se está incorporando masivamente al sector informal en estos sectores, bajo la forma de trabajadores por cuenta propia de muy baja calificación y de trabajadores familiares sin remuneración, presionando a la baja la productividad en ellos, y en la economía como un todo.
Por su parte los sectores de mayor productividad, por esta misma razón solo generan una fracción muy reducida del empleo. La IED se concentra en gran medida en los sectores que ya son los de mayor productividad (minería, comunicaciones, energía) y que, precisamente por ello, muestran la menor contribución a la creación de empleo.
Así, la minería, que está atravesando una fase de auge, apenas genera el 0.4 por ciento del empleo. El sector energía genera el 0.5 por ciento de la ocupación total. Pero incluso las zonas francas no absorben mas allá del 3.4 por ciento de la PEA, que ya representa casi 3 millones de personas.
Por tanto, la IED no impacta de manera significativa sobre el empleo. Cualquier aumento en la productividad del porcentaje tan limitado de trabajadores empleado por esta, se ve contrarrestado por la declinación global en la productividad que provocan cientos de miles de personas buscando sobrevivencia en el empleo informal.
La superación de la pobreza y el aprovechamiento del bono demográfico demandan, por el contrario, que la economía comience a generar sobre todo, y cada vez más, empleos de mucha mayor productividad y mejor remunerados (lo cual, a su vez demandará una fuerza de trabajo más calificada).
Del mismo modo, la necesidad de incrementar el crecimiento de la productividad agregada o promedio, indispensable para acelerar la tasa de crecimiento del ingreso per cápita, demanda que la economía comience a generar predominantemente empleos de mayor productividad.
En síntesis, se deben adoptar las medidas indispensables para aumentar de manera apreciable y sistemática el porcentaje de trabajadores ocupados en actividades de productividad elevada y creciente.
Sin embargo, por las razones apuntadas más arriba, la mejoría en la productividad promedio de la economía pasa —al menos en una fase inicial del indispensable proceso de cambio estructural—, por mejoras en la productividad del trabajo en los sectores más importantes por su peso ponderado en la generación de empleo.
Precisamente debido a su peso en la generación de empleo, si no se mejora la productividad en estos sectores, será extremadamente difícil mejorar la productividad promedio.
En el caso del sector agropecuario, su modernización, intensificación y diversificación, y su industrialización, requerirá efectuar inversiones que solo podrían efectuarse si existe un mecanismo que asegure el acceso al capital necesario para financiar la inversión de mediano y largo plazo.
Requerirá además que se restablezcan las instituciones de fomento que apoyaban la comercialización y proporcionaban asistencia técnica, la mejora en la infraestructura básica y la extensión del riego.
(*)Economista
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