Credo, sueño y libertad

Max L. Lacayo

Muchas veces nos preguntamos que si las respuestas a los males sociales, los abusos políticos y las calamidades económicas traerán alivio alguno en el futuro.

Aparentemente, hoy día vemos una tendencia decreciente en las aspiraciones de los pueblos; se acepta lo peor como alternativa única y solo lucha el que no tiene la fuerza para triunfar.

Quizás todo lo que nos queda es soñar. Por eso es mi deber diseminar este mensaje: Anoche, en mis sueños, me vi postrado ante un altar rústico, sobrio, a manera de pesebre. Me vi rezando mi propio credo.

Creo en Dios y por eso estoy seguro que un día, no muy lejano, todos despertaremos contando haber soñado el mismo sueño. Un glorioso despertar en donde los que ostentan una gota de poder se dispondrán a no abusarlo más.

 Donde los comerciantes decidirán calibrar sus balanzas de profesional y ética manera.

Donde los escritores volverán —en las palabras de Darío— a “tener por ley el servir al mundo con sus pensamientos y —sin temor— gritarán: ¡cuidado!, al señalar el borde del abismo”.

Donde los religiosos abandonarán la política y se verán llamados por Dios para servir a sus semejantes.

 Donde los criminales despertarán con un alto grado de conciencia. Donde los holgazanes amanecerán con energía.

Donde los ciegos verán la luz, los incautos razonarán y los tontos encontrarán las fuentes de sabiduría. Cada miembro del Ejército pretoriano se sentirá libre de usar su propio juicio y los jueces se dirán que la justicia no les pertenece, sino que esta es dominio de la verdad.

Yo creo en Dios y por eso estoy seguro que en ese día también el tirano despertará sin megalomanía, sintiéndose libre de las diabólicas motivaciones que de manera casi inconsciente lo hacen comportarse de manera tan nefasta.

Y la esposa y la familia del tirano despertarán sin aquel sentido de derecho que día a día fue creciendo en sus corazones sin ni siquiera entender su origen, sin ni siquiera comprender por qué fueron ellos los “escogidos”.

 Yo creo en Dios y por eso estoy seguro que pronto llegará el día en que dejaremos de ser engañados.

En que encontraremos que nuestro país es uno y no una sumatoria de tribus.

En que entenderemos las reglas, las normas, las leyes de igual manera y todos tendremos acceso a ellas.

En que todos entenderemos que solo la verdad —y no lo que nos dicen los que tienen el hacha más afilada— es lo que da libertad.

Yo creo en Dios y por eso estoy seguro que este sueño pronto será realidad. Que la verdad será clara ante nuestros ojos, ante nuestras mentes y ante nuestros corazones.

Que comprenderemos cómo —a través de los años— han muerto decenas de millares de nicaragüenses y por qué lo permitimos.

Yo creo en Dios y por eso estoy seguro que categóricamente ese día todos despertaremos sabiendo que nos dejamos matar porque, simplemente, permitimos que los inescrupulosos nos mientan.

Que nos hagan creer en negocios sucios, en verdades distorsionadas, en revoluciones falsas.

Ese día, no muy lejano, todos creeremos en Dios y todos creeremos en nosotros mismos.

“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos”.

 

El autor es economista y escritor.

Ver en la versión impresa las páginas: 10 A

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