Tres fraudes al hilo parecen no ser suficientes para señalar la ruta correcta que deben seguir los partidos y las organizaciones de la sociedad civil, autocobijados con el manto piadoso de oposición. Se aceleran las reuniones para echar un vistazo hacia atrás, buscar culpables y hacer disparatados análisis, para luego, pasada la fiebre de la derrota-fraude, volver a las andadas.
Personajes disímiles y contradictorios se reúnen para hablar de lo que no fueron capaces de hablar hace apenas unas semanas: unir la fuerza de cada uno en un solo puño para enfrentar al orteguismo. Todos se golpean el pecho en un misericordioso acto de mea culpa y hablan de unidad con arrebatadora pasión, pero todo es del diente al labio porque a la hora de la verdad nadie cede y concluida la opípara sesión todo mundo continúa cosechando su propia parcelita y manejando su propio rebaño.
Amantes frenéticos de las luces y el espectáculo no descuidan filtrar su encuentro a los medios de comunicación que al final los cubren buscando una primicia noticiosa que nunca aparece. Igual ellos sonríen con no disimulada complacencia como para ocultar alguna operación magistral que por supuesto no existe. Lo único real de esos encuentros son los almuerzos que al final no se sabe si cada quien libra su cubo o si le cae la teja a algún despistado, algo que sería difícil de creer.
Apasionados abstencionistas que se desgañitaron demandando a la gente a no votar y claro, ayudando a elevar los niveles de abstención que favorecieron al frentismo, aparecen compartiendo alegremente con los más apasionados partidarios de haber asistido al proceso concluyendo seguramente al final que ambos tuvieron la razón.
Pasados los efusivos saludos los comensales ni cortos ni perezosos ponen sobre la mesa el inquietante tema de quién será el próximo candidato presidencial, pues aunque faltan tres o cuatro años para ello algunos plantean que el asunto es de impostergable discusión y en un abrir y cerrar de ojos olvidan el calientito desastre electoral. Se cuidan de no aclarar de dónde saldrá esa especie de mesías ni cuál será el vehículo para llevarlo a la silla presidencial, aunque algunos plantean la unidad de una oposición que nunca se concreta en una alianza que nadie quiere forjar.
Así las cosas, el oficialismo se frota las manos a sabiendas de que con oposición como esta no necesita oposición. El panorama resulta devastador: del 2016 saltaríamos hasta el 2021 bajo la bota de la familia gobernante, que para entonces habrá superado con creces al somocismo y sus años continuos en el poder. El enriquecimiento y la fortuna figurarán en la envidiable lista de la revista Forbes, donde aparecen las familias más ricas del mundo.
La unidad debería forjarse en torno a un proyecto de nación y no sobre intereses personales o de grupo. El caudillismo y el neocaudillismo deben desaparecer de nuestro quehacer político dando lugar a nuevos liderazgos que constituyan genuinos relevos generacionales. Oponerse por oponerse al frentismo no lleva a ningún lado si no se trabaja en una opción diferente, creativa, real, incluyente, revolucionaria, ¿por qué no?, que tenga posibilidades de transformar al país y salvarlo de esta alucinante debacle.
No hay que construir una oposición, hay que trabajar en una alternativa diferente que cultive esperanzas y oriente el camino que lleva a lo bueno mandando lo malo al diablo. ¿Almuerzos? mmmm. El autor es dirigente histórico socialcristiano.
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