El gran dilema de las elecciones municipales pasadas era votar o no votar. Como dijo la Conferencia Episcopal, había muy buenos motivos para hacer una u otra cosa. No hacerlo, significaba alentar la participación de candidatos liberales, con amplias posibilidades de ganar, en partidos zancudos y satélites del FSLN. Peor aún, significaba dejar el espacio libre para que el FSLN terminara de copar el espectro municipal, destruyendo la poca autonomía que aún sobrevive.
No obstante, participar implicaba legitimar un sistema electoral corrupto y desacreditado. Sufrir el rechazo de un segmento importante del electorado, que ya no confía que con su voto puede cambiar las cosas. Cualquier persona con un mínimo de intuición política podía percibir que la mayoría del electorado liberal e independiente no votaría. ¿Será que los políticos del PLI o del PLC viven en una permanente contemplación narcisista que no les permite ver la realidad política?
Efectivamente, el Consejo Supremo Electoral tiene una gran responsabilidad en la abstención de la población por su falta de credibilidad y confianza. No obstante, la mayor responsabilidad de que la población no haya salido a votar no es de la Iglesia católica ni de los partidos y organizaciones que llamaron a no participar. Esta recae directamente en aquellos, que sabiendo las dificultades, crearon la expectativa de que estaban listos para movilizar a la población y para defender el voto. Yo como ciudadano quiero ser convencido por quienes tienen la política como su profesión, de que vale la pena votar. Los partidos políticos tienen razón de ser cuando son capaces de convencer a los ciudadanos que sus candidatos, propuestas y convocatorias para la acción valen el esfuerzo material y social que implica su existencia.
Encender la esperanza en la gente es responsabilidad de los partidos políticos y sus dirigentes. Por eso, supuestamente, son líderes, para que estén al frente y de frente contra las dificultades, buscando soluciones. Cuando tenemos partidos políticos que expulsan a sus partidarios en vez de atraerlos; que no sopesan las consecuencias de sus decisiones; quienes además suponen que el pueblo debe votar por ellos, porque no tienen otra opción; definitivamente, estamos ante una élite política que considera el engaño y el oportunismo como máxima expresión de la inteligencia política. Por tanto, estamos en la ruta directa para la degradación de la política y de la patria.
Cualquier transformación de este panorama pasa por la elaboración de un diagnóstico objetivo y desencarnado de las condiciones políticas actuales de la oposición y del país. Reconocer que existió una abstención activa de la población, que esta envió un mensaje a los viejos liderazgos, de que las cosas no pueden ir por donde han ido. El pueblo nicaragüense no va a seguir avalando lo que definitivamente no funciona. La transformación no pasa por poner, simplemente caras nuevas, sino nuevas actitudes, nuevas ideas. Demandamos liderazgos que respeten a sus conciudadanos, por tanto, que estén dispuestos a competir. Allí está la clave, el que no quiera enfrentarse al escrutinio de la población debe sufrir el ostracismo político.
Ninguna nueva realidad política va a surgir de la reconstitución de opciones políticas sin propuestas que han perdido credibilidad y popularidad. La unidad real de las fuerzas de la oposición debe ser convocada por personas ajenas a los partidos políticos, con comprobado desinterés por ser elegidos en algún cargo de elección popular. Son personas que deben sacrificar sus aspiraciones en pro de un proyecto que permita sortear las aspiraciones, vanidades y resentimientos. El camino solitario de imponerse ante los demás solo nos llevará al despeñadero.
El autor es politólogo
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