Al poeta, médico e historiador de Boaco,
Armando Incer.
Y la vida pasa.
Nosotros, viviéndola
y pasando con ella.
Cada quien siguiendo
su propia trayectoria,
mas sabiendo que somos de allá,
de algún lugar perdido
en lejanas estrellas.
Fascinación y horror
por el profundo abismo.
Ya lo dijo el poeta:
“Venus, desde el abismo,
me miraba con triste mirar”.
Ahora me doy cuenta.
Sigo acurrucada en mi rincón
obstinada en retener
verdes cerros, aguas claras,
cielo abierto, aire silbante,
tránsito de campanas.
Quizá me deslumbra la palabra
porque nos dio el origen:
“Y el verbo se hizo carne”.
A la vez nos desenrosca,
nos lanza, catapultando
personal curiosidad.
Así cada quien
tira su dardo
y escoge uno de incontables luceros.
Pequeña, mediana, larga puntería.
Lo certero absoluto
es solo para su flecha creadora.
El verbo de mayor aliento entre nosotros
lo expresó:
“Yo tenía 15 años
una estrella en la mano
y era en mi Nicaragua natal”.
Aquí y allá.
Origen y destino.
Provincia y universo.
Corazón y alma.
Carne y espíritu.
Por eso el tránsito.
Y me voy viviendo,
soñando con esa desnudez
que también avizoró el poeta.
“De desnuda que está brilla la estrella”.
Palpo inevitable, perenne dualidad.
Nuestro ser dividido.
Yo, entre los dos.
Camino que se hace.
Huella que se borra.
Sabor de la palabra
que solo ahora
fuera del tiempo encarnado
de juegos y ardores juveniles
se me va entregando
para ese otro
silencioso deleite:
recrear mi mundo
“sentada junto a la palabra”.
Así me vio mi amigo,
el poeta de Boaco.
Gracias, Armando,
por ayudar en la búsqueda
del rincón encantado.
Por abrir en herradura
mi visión adolescente.
Un día, ya sin nombre,
y completado el círculo
pasearemos contentos
por aquellas vastedades.
Febrero, 2010 / septiembre 2012
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