Pasada la comedia electoral municipal del 4 de noviembre, la oposición debe abocarse a una profunda reflexión autocrítica y decidirse a adoptar cambios programáticos y estratégicos, al menos para no seguir consumiéndose en la impotencia.
Es obvio que el ciclo de Daniel Ortega no está llegando a su fin, ni mucho menos, y que la oposición tampoco ha tocado fondo todavía. El régimen orteguista tiene espacio para continuar creciendo y la oposición para seguir hundiéndose. De manera que es perentorio para la oposición renovar su liderazgo, modernizar su organización, actualizar su propuesta programática y dinamizar su estrategia y tácticas de lucha, así sea solo para garantizar su propia supervivencia.
Sin embargo, a juzgar por las declaraciones de los representantes de la oposición no hay voluntad para emprender ese camino, que es el único que podría llevar a la restitución de las instituciones democráticas brutalmente devastadas por el régimen orteguista.
Hablando por el PLI, el diputado Eduardo Montealegre ha dicho a LA PRENSA (ver la edición del miércoles 7 de noviembre de 2012) que van a “democratizar a su partido y elegir a la dirigencia a partir de un proceso eleccionario transparente que represente la voluntad de las bases liberales”. Y que “en torno a ellos, deberán estar quienes quieran hacer oposición al Gobierno, siempre y cuando estén bajo los mismos principios”.
Por su parte, Dora María Téllez, representante del partido MRS y exponente destacada de la izquierda democrática en general, advirtió en forma categórica que “lo primero es colocarte en una posición diáfana de oposición” y que “si un partido corre a arreglarse para que le den dos cargos en el CSE, se trata de una repartición. Este es un momento que tenemos que decantarnos por hacer verdadera oposición”.
Esas declaraciones significan que no hay posibilidad real, por ahora, de reconstruir la unidad que esas mismas fuerzas opositoras formaron en el pasado reciente y les permitió tener sus correspondientes representaciones en la Asamblea Nacional. No existe esa posibilidad, porque es obvio que el PLI va a mantener su estrategia de participación electoral aun bajo las condiciones del orteguismo, y en consecuencia aceptará tener representantes o poner algunas personas de su confianza en el Consejo Supremo Electoral (CSE), cuando el régimen decida realizar la elección de los magistrados; mientras que el MRS y la izquierda democrática en general, no está dispuesta a volver a participar en un proceso electoral mientras las reglas de juego no sean cambiadas totalmente. O sea que tienen posiciones excluyentes
Es lógico y entendible que cada sector político tenga su visión estratégica particular y que se plantee su propio camino para llegar al mismo objetivo. Pero es obvio que por separado y con sus propios medios ninguno de los partidos de oposición, ni las organizaciones de la sociedad civil, tienen capacidad, ni posibilidad, ni siquiera perspectivas de largo plazo para alcanzar el objetivo de restituir la auténtica democracia republicana.
Ojalá que los líderes de la oposición política o lo que resta de ella, comprendan que para alcanzar el ingente objetivo de reconquistar la democracia tienen que unirse alrededor de coincidencias programáticas básicas, y de una estrategia común de organización y de lucha. Y que, repetimos, tienen que hacerlo aunque solo sea para que puedan sobrevivir.
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