“De mis propios problemas nunca he llorado”

Habla pausado pero seguro de lo que dice. Vivió en su natal Alemania la era de Adolfo Hitler y a Nicaragua vino en la época de la guerra civil de los años ochenta. También estuvo en África, Perú y Argentina.

Por Eduardo Cruz

Habla pausado pero seguro de lo que dice. Vivió en su natal Alemania la era de Adolfo Hitler y a Nicaragua vino en la época de la guerra civil de los años ochenta. También estuvo en África, Perú y Argentina.

Monseñor Bernardo Hombach decidió quedarse en Nicaragua después de que fue aceptada su renuncia en el Vaticano. En esta entrevista nos habla de los lugares en que ha vivido y también del presidente Daniel Ortega y el cardenal Miguel Obando.

¿Cuántos años tiene ya monseñor?

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¿La alimentación le ha ayudado?

Alimentación y mucho ejercicio. Yo era muy deportista.

¿Qué jugaba?

Futbol. Tengo todavía dos distintivos, uno es que me rompieron la ceja de par en par y otro es que me rompieron la clavícula, porque yo era arquero y en aquel tiempo uno estaba más arriesgado. Yo veo ahora a los arqueros que tienen una cosa en la cabeza, tienen aquí y allá, en fin yo me pregunto ¿cómo hemos jugado antes? Natación hice mucho en el mar y andinismo, subía los cerros.

¿No será alpinismo?

Andinismo porque era en Los Andes (ríe). En Argentina, el cerro Aconcagua, que tiene siete mil metros.

¿Y qué hace en Nicaragua todavía?

Ayudando en la parroquia Las Sierritas. Voy a visitar enfermos, tengo muchas confirmaciones. Cuando monseñor (Leopoldo) Brenes y monseñor (Silvio) Báez no pueden ir, entonces me piden a mí ir. A las 7:00 de la mañana de hoy (martes pasado) tenía la misa.

¿Qué ha aprendido de las enfermedades?

El cuerpo es materia y toda materia se gasta y traemos también cierta herencia, con los genes se han descubierto muchas cosas interesantes. Uno es resistente en esto y en otra cosa no. Cuando estaba en África lo que me impresionaba es que cada mañana leía la misa en una iglesia que era de misioneros irlandeses y allí había un librito en el altar con los nombres de quienes habían muerto ese día. Allí estaba la fecha cuando ingresaron al país y cuando se murieron, y habían algunos que después de estar cinco o seis días en el país, ya se murieron.

El cuerpo que venía de Europa no tenía ninguna defensa contra los miles de microbios que habían allí, la gran mayoría era por el agua, por la comida y esta gente tal vez era fuerte que pudieron llegar a 80, 90 años en Europa y en África se murieron con 25, 30 años, en cinco días.

¿Cuándo vino a Nicaragua?

En 1987.

¿Hubo algo que le sorprendió del país?

Estuve ocho o quince días en Managua y después me enviaron a Chontales, a Juigalpa. Habían muy, muy pocos sacerdotes en la Diócesis de Juigalpa, el obispo estaba en aquel tiempo en el exilio, monseñor Pablo Antonio Vega, exiliado políticamente y no había sacerdotes, solo muy pocos. Me fui allí con mucho gusto.

Chontales era un foco de guerra, era un gran sufrimiento el de la gente. Yo era el párroco de la Catedral y todos los días me traían a la Iglesia o soldados del Ejército sandinista o de la Contra. Allí uno participaba del sufrimiento de la gente y me di cuenta sobre todo de algo, que una mamá de un soldado sandinista sufría lo mismo que una mamá de un hijo contra. Yo nunca me eché de uno u otro lado, donde yo veía injusticia lo denunciaba, de ambos lados. Me di cuenta también que muchas veces una guerra civil, entre hermanos, es mucho más cruel que una guerra cuando hay un país que viene de afuera.

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Estaba leyendo que usted vivió la época de Hitler.

Sí.

¿Encontró semejanzas entre esa época y la Nicaragua que conoció primeramente?

La guerra era muy diferente. Venían los franceses, los ingleses, los americanos, los rusos de afuera y el alemán luchando contra ellos. El Gobierno, muchas veces, nos estaba inculcando un odio contra ellos, estos son los enemigos nos decían. Por ejemplo nos inculcaban en el colegio que el francés es el enemigo de Alemania de herencia. Y después venían prisioneros franceses, cuando había bombardeos, ellos tenían que ayudar a arreglar las cosas y nos dimos cuenta como niños, el niño anda sin prejuicios, hablábamos con ellos, nos enseñaron tres, cuatro palabras en francés, nosotros en alemán. Pedíamos a mamá que nos dé un pedazo de pan para regalárselo y nos dimos cuenta que son seres humanos iguales a nosotros y la gran mayoría no venían con odio, con nada. Les habían mandado a la guerra, y tanto el alemán como el francés dijeron: esta no es nuestra guerra.

¿Y después de la guerra?

Venían muchas familias francesas, también inglesas, porque los hombres tenían que pasar dos, tres años como soldados en Alemania, como fuerzas de ocupación, y como ni los niños jugábamos en la calle, al principio decíamos ¡uy esos son niños franceses! Pues nos dimos cuenta y después jugábamos juntos. Uno se daba cuenta que… yo diría que la guerra es una de las equivocaciones más grandes del ser humano. Un poco diferente fue en la parte este de Alemania. Los rusos que invadieron Alemania, ellos habían sufrido de la invasión alemana en Rusia y ellos vinieron con mucho odio y con el afán de humillar al alemán, sobre todo los habían preparado para que ellos violaran a todas las mujeres alemanas, esto fue una de las cosas más graves. Pero esto fue en el Este. Cuando ellos fueron expulsados, llegamos ahí y nos dimos cuenta de esto. En el Oeste no era así, eran los norteamericanos sobre todo y el soldado norteamericano en un 90 por ciento venía como curioso, muchos de ellos sus abuelos eran alemanes y querían conocer la tierra de donde ellos venían y el norteamericano como invasor en Alemania fue el más deseado.

¿Y la guerra en Nicaragua no le revivió ese pasado?

No había comparación. Aquí había muertos, esto y otro. La gran diferencia era tal vez, aquí el pueblo estaba dividido. En Alemania también había nazis, pero una vez que terminó la guerra ya no había nazis, nadie quería haber sido nazi, todos decían fuimos obligados, que esto, que otro. En Nicaragua, yo diría, siguió la división en los corazones. Lo he dicho varias veces, lo que hace falta en Nicaragua, hace más de 20 años que terminó la guerra, pero ninguna de las dos bandas jamás ha pedido perdón al pueblo y los crímenes, las crueldades, pasaron de ambas partes. Los que estaban de un lado dicen no, no, eso es parte de la guerra. Los que estaban del otro lado no veían lo que su parte hizo. Tanto los sandinistas como la Contra cometieron graves atrocidades y nunca se ha pedido perdón para esto.

¿La división sigue?

Sí, pero entre la juventud ya menos. La juventud es más abierta y quiere algo nuevo. Mira adelante, no mira solamente atrás. Hay grupos que tratan todavía de fanatizar a grupos de la juventud, pero la gran mayoría de la juventud hoy ya no quiere saber nada de esto.

Las críticas son que se está tratando de ganar a la juventud no a través de educación y empleo sino de la diversión solamente.

Sí, esto es un peligro. Todos los gobiernos que tienen cierta tendencia yo diría socializante o hacia un cierto absolutismo, quieren ganar a la juventud haciéndoles favores, esto y otro. Esto pasó también en Alemania en el tiempo de Hitler, solamente con una diferencia, a la juventud en Alemania se exigió fuertemente. El muchacho tenía que ser duro. Yo era niño en aquel tiempo, pero la educación que nos hicieron era bien dura.

¿Siempre tenían que ser los mejores en todo?

Lo mejor. Y también aguantar dolores. Se hacían juegos entre dos bandas, una hacía sufrir a la otra, y si uno lloraba o algo entonces uno perdía todo el respeto social. Un muchacho no llora.

¿Y usted aprendió a no llorar?

Cuando miro a la gente de mi generación en Alemania, yo digo que a pesar de que éramos antinazis, pero de la educación algo nos quedó. Uno dice: Hay que luchar, no hay que echarse atrás.

¿Usted llora a veces?

Uno también llora a veces como ser humano. El propio Jesús lloraba.

¿Y a usted qué lo hace llorar?

Tal vez cuando uno ve un gran sufrimiento. De mis propios problemas yo creo que nunca he llorado. De niño sí, una vez en un bombardeo, yo tendría unos 7 años. Yo he vivido dos bombardeos fuertes, en uno de los bombardeos yo estaba convencido y me dije ahora hay que morir, caían las bombas, uno escuchaba a los vecinos que les había caído la casa encima, estaban gritando, otros niños estaban gritando porque se estaban quemando. Esto a mí me quedó mucho tiempo en la memoria.

Ahora usted es un sacerdote jubilado, ¿cómo se siente?

Uno siempre sigue siendo sacerdote, hasta el último momento. No es como un policía o del ejército, uno se jubila, entrega el uniforme, muy bien, esto fue una etapa en mi vida. Nosotros como curas nunca tenemos que entregar nuestro uniforme. Solamente para un obispo el cambio es bien, bien fuerte. Hoy estás mandando, tienes una diócesis pequeña o relativamente grande, tienes una gran responsabilidad y que todos los días tienes que concentrarte y 24 horas más tarde ya todo esto pasó, es un cambio muy grande.

Como dejar de ser presidente tal vez.

Sí. Solamente que los presidentes generalmente están cuatro años, aunque ya se perdió esta costumbre (ríe). Yo fui 15 años obispo en función.

¿Está contento con la vida sacerdotal que escogió o le hubiera gustado tener una familia?

Estoy contento con esto y si tenía que elegir otra vez yo creo que hubiera elegido el mismo camino.

¿Nunca ha resentido el no tener una familia propia?

Una familia, tal vez otra vida, otra profesión, tal vez cuando era sacerdote pensaba que podía ser otro, pero lo que a mí siempre me ha motivado fue entre otros la gracia de Dios, pero también la gente, la gente que exigía, la gente venía y me decía padrecito tengo este problema, padrecito aquí, como sacerdote joven en la Argentina. Lo que era para mí interesante era aprender a volar, aviación. Empecé una vez, tenía uno que me enseñaba y como hice tantas capriolas, la gente anotó el número de la avioneta y le quitaron la licencia y yo me quedé sin profesor de vuelo (ríe).

¿Sacrificó algún amor por su vocación sacerdotal?

Como tal yo diría que no. Habían chicas que le gustaban a uno.

Pasando a otro tema, a usted se le considera como muy crítico al orteguismo.

No es el orteguismo o algo…, yo creo que una de las cualidades que yo tenía es que donde miraba una injusticia a mí me movía interiormente. Por ejemplo, yo estuve 13 años en Argentina y tuve que salir porque estaba en la lista negra y eso era prácticamente como una condena a muerte. Ya habían matado a tres sacerdotes alrededor mío. Finalmente me fui y me tenían como izquierdista, yo estaba criticando las brutalidades que hizo en aquel tiempo que venían de la parte de la derecha. Allí empezó (Roberto Eduardo) Viola, y empezó cuando todavía estaba Perón, tal vez sin que él lo quería. En aquel tiempo lo que pasó en Argentina, lo que pasó en Nicaragua, las dos grandes potencias, Norteamérica y Rusia, ellos hicieron sus batallas en América Latina y lo hicieron con la sangre latinoamericana, esto es la verdad. Y en la Argentina fue la extrema derecha, que fue fomentada por el norte, lo mismo como en Chile. Tal vez si ellos no lo hubieran hecho se hubieran metido los rusos, pero América Latina era el campo de las dos grandes ideologías, no era tanto del pueblo sino que venía de afuera.

En los países donde yo estaba trataba de denunciar como Iglesia las injusticias que uno mira. Yo creo que esto es misión de la Iglesia.

¿Para usted los sacerdotes deben inmiscuirse en política?

Soy de la idea de que en lo que es politiquería el sacerdote no tiene que meterse, sobre todo en lo que es política partidaria, este es mi partido de preferencia y yo lo hago saber a los fieles, esto yo lo veo equivocado. Porque entonces la Iglesia tiene que cargar con los errores que cada partido comete y por otra parte nuestros fieles son de todos los partidos y esto lo tenemos que reconocer, no es así que de un lado están las ovejitas blancas y de otro lado están las ovejitas negras. Todos son mezclados. Yo diría que el ser humano es gris como los burros o rayados como las cebras, blancos y con sus rayas negras. Así que donde hay injusticia allí hay que denunciarla.

¿Qué opina de Ortega entonces?

Hay que ver dos partes, una puede ser la reelección, si es legal, si no es legal, bueno, es una cuestión de legalidad que tiene que definir la Constitución del país. Yo estuve el otro día en el sur, Río San Juan, San Carlos, El Castillo y uno tiene que decir también la verdad, hicieron muchas cosas que otros gobiernos lo prometieron, ellos lo hicieron, esto hay que admitir también. Por otra parte, hay muchos puntos negros como en la elección de pequeños puestos administrativos, yo creo que estos puestos hay que elegirlos por su conocimiento, por su título, donde uno sabe que esta persona hizo una buena administración, del partido que sea y no como actualmente el que no tiene una recomendación de los CPC o que no es del partido no puede conseguir un puesto en el Estado o lo que sea, yo creo que esto es una equivocación, es una visión muy miope.

¿Y cómo está su relación con el cardenal Obando?

Yo tenía una relación muy amistosa con él. Para hablar lo positivo de él, era un hombre que en momentos difíciles del país ha demostrado mucha valentía, mucha sabiduría. Como presidente de la Conferencia Episcopal era un hombre de mucho equilibrio. Su última decisión política, esto es cuestión de él, yo no la conozco y no puedo decir nada.

¿No la entiende tampoco?

La verdad no la entiendo bien, la decisión la tomó como arzobispo emérito.

¿Después de esa decisión ya no tuvo oportunidad de dialogar con él?

Cuando lo veo lo saludo, él también me saluda cordialmente, pero de eso no hablamos, no discutimos.

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