Elízabeth Romero
Después de unos 30 años que la chinandegana Teodora Ñaméndiz, de 75 años, vio partir a su hijo Dionisio Francisco Cordero Ñaméndiz y casi 27 de no saber de su paradero, por fin lo podrá ver el lunes, cuando se reencuentren en Tierra Blanca, Veracruz.
Su primera reacción al conocer la noticia fue sonreír —narró el padre José Luis González— después lloró.
La información se la comunicaron González y Paola Bolognesi, ambos del Servicio Jesuita para Migrantes de Nicaragua, en un encuentro a solas en una habitación del hotel donde se alojan.
Bolognesi dijo que inicialmente Ñaméndiz no dijo nada, solo sonrió, pero después al recibir el abrazo solidario de las madres centroamericanas que al igual que ella buscan a sus hijos desaparecidos, impresionada lloró.
El día en que Ñaméndiz vio partir a su hijo de Chinandega este le comunicó que iba rumbo a El Salvador. En ese entonces, Cordero tenía unos 17 años.
Por ser Ñaméndiz la mujer de mayor edad de las madres y parientes de Nicaragua con migrantes desaparecidos y por su carácter afable, pese a las dificultades que afronta, esta ha despertado mucho cariño entre los demás miembros de la caravana que recorren estados mexicanos en su búsqueda apoyada por el Servicio Jesuita para Migrantes de Nicaragua y MS-Action Aid Dinamarca.
Luego la caravana siguió hacia la ciudad de México DF, donde fueron recibidas en la Casa de los Amigos por organizaciones que defienden los derechos de los migrantes. La caravana permanecerá hoy en la ciudad de México y mañana lunes partirá rumbo a Tierra Blanca, Veracruz.
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REENCUENTRO NO PLANIFICADO
Rubén Figueroa, activista del Movimiento Migrante Mesoamericano, junto con tres periodistas locales de Veracruz, fue quien pudo localizar al hijo de Ñaméndiz. “Parece ser que esto fuera cosa de telenovela”, recordó Figueroa quien escuchó sobre el hijo de Ñaméndiz después de tocar varias puertas en Veracruz.
A última hora, Figueroa se desvió un par de días de la caravana y se dirigió a Veracruz. La única pista que llevaba del vástago de “doña Teo” fue una dirección de una carta escrita en 1985 y enviada por Cordero. Pero en esa dirección todo era distinto, nadie conocía a Cordero, y después de buscar en varias direcciones, Figueroa y el grupo de periodistas locales ubicaron a personas con las que Cordero emparentó al llegar a Veracruz, aparentemente huyendo de la guerra de la década de los ochenta en Nicaragua.
El hijo de “doña Teo” —como cariñosamente le llaman las otras madres de la caravana— le relató a Figueroa que efectivamente este viajó inicialmente a El Salvador, a donde llegó herido por causa de la guerra y luego que se sanó buscó rumbo al norte, hasta llegar a Tapachula, pues en esa época hasta allí podían llegar en tren sin dificultad.
Sin embargo, aunque la persecución contra los migrantes al transitar por este país era menor que ahora, el hijo de “doña Teo” también fue retenido por Migración al llegar a Veracruz y hasta lo extorsionaron con 500 pesos, según comentó Figueroa.
Ahora el hijo de doña Teodora tiene regularizada su situación y es “azulejero”, dijo Figueroa, quien expuso que de acuerdo con lo que apreció Dionisio es una persona responsable y trabajadora, padre de tres hijos nacidos en México: Araceli, de 28; Mayra, de 26 y Daniel, de 22, y quienes están ansiosos de conocer a su abuela.
Y al igual que le pasó a su madre, cuando se le comunicó que “su mamá lo anda buscando”, Cordero únicamente lloró. Este pensó que su madre había fallecido, pues las cartas que inicialmente él envió nunca recibieron respuestas. Posteriormente el nicaragüense cayó en las garras del alcohol y no tuvo más contacto con su país. Después de rehabilitarse ya había perdido todo contacto con su madre y su familia.
UNA FLOR EN LA VÍA
El viernes, después de pasar por Puebla, la caravana que sigue la ruta de los migrantes desaparecidos, pasó Lechería, uno de los sitios más frecuentados por aquellos centroamericanos que intentan seguir el sueño de llegar a Estados Unidos. La noche del viernes la caravana llegó al DF.
En este lugar no existe albergue, el que existía fue cerrado por el gobierno mexicano como una forma de impedir el pase de migrantes por este Estado. El albergue servía como un sitio de refrescamiento para que los migrantes pudieran tomar fuerza y seguir su largo camino. Pero aún sin albergue este sitio es una ansiada referencia para los migrantes pues desde aquí consideran que está más cerca alcanzar el sueño de cruzar la frontera norte con Estados Unidos, su destino final. Es por ello que las madres colocaron una rosa blanca y un clavel rojo sobre las vías del tren.
A la orilla de una acera permanece sentado un grupo de jóvenes, a quienes se les observa agobiados por las largas caminatas, con los rostros curtidos por el sol, con las ropas sucias que demuestran que desde hace varios días no se han cambiado. La mayoría no lleva maleta. Esto impresiona a una de las madres nicaragüenses hasta arrancarle lágrimas.
“Me parece que es mi hijo cuando se fue”, comenta Narcisa del Socorro Gómez, madre de Eugenio Marcelino Juárez Gómez, a quien no ve desde hace diez años cuando salió del Ingenio Santa Rosa hacia Guatemala, pero después decidió continuar su camino rumbo al norte. La última vez que Gómez supo de su vástago fue cuando este le mandó a pedir “papeles” porque andaba sin documentos. Y aunque ella dice que llamó a un número telefónico que le fue suministrado, nunca pudo comunicarse.
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