Jeb Bush y Frank Calzón
Hace 50 años el mundo se encontraba al borde de un holocausto nuclear. Los rusos instalaban en secreto bases de cohetes atómicos en Cuba con la capacidad de destruir a Washington, Nueva York, Miami y otras ciudades norteamericanas. EE. UU. presentaba a las Naciones Unidas las fotografías de las bases de cohetes en la isla tomadas por aviones espías norteamericanos. El presidente John Kennedy ordenaba a la marina norteamericana que estableciese un bloqueo naval en contra del régimen comunista, y seis días más tarde, el dictador (llamado premier por la prensa internacional) Nikita Kruschov ordenaba el retiro de los cohetes.
¿Cómo y por qué ocurrió aquella crisis? ¿Qué lecciones de entonces deberían tenerse en cuenta en el peligroso momento en que vivimos? ¿Qué lecciones sacaron de la crisis Fidel y su hermano Raúl, entonces ministro de las fuerzas armadas? ¿Qué aprendió Washington de aquello, y cuáles son las lecciones de aquel episodio para el presidente Obama?
Pudiera decirse que la génesis del drama comenzó cuando Kennedy y Kruschov se reunieron en Viena en 1961. Kennedy, de 45 años, joven, carismático, acababa de ser electo presidente. Kruschov, de 68, había sobrevivido en el partido y la burocracia soviética los años terribles de las purgas de Stalin. En algún momento, durante aquella histórica reunión, Kruschov concluyó que el presidente norteamericano era débil, sin experiencia, y que podía chantajeársele.
Primera lección: La percepción de poder y la determinación de usarlo es la base de las relaciones internacionales. Un país al que se le percibe como débil es una víctima en potencia.
Dos años después, Kruschov movía ficha en la jugada más peligrosa en la historia de la humanidad. Los cohetes soviéticos enfilaban hacia Norteamérica, la marina, el ejército y la fuerza aérea norteamericana estaban en alerta, los niños norteamericanos se escondían debajo de los pupitres en las escuelas, en simulacros de bombardeos atómicos, pero antes del final de la crisis, Moscú se dio cuenta de que sus alardes y fanfarronadas no eran suficientes para contrarrestar la superioridad estratégica y la tecnología norteamericana.
La evidencia de los engaños rusos que Kennedy presentó en Nueva York la habían obtenido los aviones espías estadounidenses y las fuerzas norteamericanas estaban listas para enfrentar el reto moscovita. ¿La segunda lección? La paz se consigue y se mantiene cuando uno es fuerte, no por medio de la debilidad.
En sus memorias, Kruschov cuenta como Fidel Castro quería que iniciase un ataque nuclear en contra de Norteamérica. Pero, a pesar de su antiamericanismo visceral, Castro se dio cuenta de que era un peón más en el tablero de ajedrez de la Guerra Fría. Fue en aquellos días cuando las masas alentadas por el dictador barbudo coreaban en La Habana: “Nikita, mariquita, lo que se da, no se quita”.
Años después, La Habana mandaría una brigada de tanques a las Alturas de Golán durante la guerra árabe-israelí para reforzar las posiciones sirias. También situó ejércitos cubanos a las órdenes de generales soviéticos en África, facilitó el flujo de drogas a Estados Unidos, ordenó derribar dos avionetas civiles norteamericanas en espacio aéreo internacional, infiltró una espía castrista al más alto nivel del Pentágono, y más recientemente convirtió a la isla en importante aliado de Corea del Norte, Siria e Irán.
Pero desde la crisis de 1962, La Habana no ha podido ser el punto clave en una situación en la que peligraron millones de vidas de seres humanos. Lo que los Castro deberían haber aprendido es que hay un límite a la paciencia norteamericana, y que el pueblo y el gobierno norteamericano no le permitirán a La Habana un chantaje nuclear.
Aparentemente, ni Fidel ni su hermano Raúl se preocuparon nunca por los millones de cubanos que hubieran sido incinerados. Hoy por hoy, los Castro saben perfectamente que han llegado al final de su régimen; pero para ellos cada día que se mantienen en el poder es una victoria, cada mes en que todavía controlan a la Perla de las Antillas como a un feudo familiar es un logro espectacular. Logros y victorias que pagan los cubanos con su sufrimiento, miseria, y desesperación, mientras los Castro continúan apoyando al terrorismo internacional. El mensaje para el resto del mundo es el siguiente.
Si queremos saber lo que está dispuesto a hacer un régimen en contra de sus adversarios internacionales, hay que comenzar por ver qué es lo que le hace a su propio pueblo. El mundo debe evitar ser cómplice con gobiernos que sobreponen sus caprichos a los mejores intereses y la supervivencia de su país.
La dictadura de los Castro junto a sus alianzas con Corea del Norte, Siria, Irán y la Venezuela chavista todavía pueden causar muerte y destrucción. En meses recientes, el régimen ha encarcelado, atormentado y abusado a cientos de opositores democráticos. En un esfuerzo evidente para chantajear a España, acaba de condenar a largos años de prisión a Ángel Carromero, quien guiaba el automóvil en que murió Oswaldo Payá. Raúl Castro piensa que mientras Carromero esté en sus prisiones, España enmudecerá ante cualquier provocación.
Alan Gross es otro rehén en La Habana. Norteamericano condenado a quince años de prisión por entregarle una computadora y un teléfono satelital a un grupo judío en Cuba, Gross ha perdido más de cien libras y es posible que tenga cáncer. A pesar de lo anterior, el presidente Obama mantiene en vigor su política de una mano amiga hacia La Habana, con la esperanza de que los hermanos Castro abran el puño erguido de su hostilidad contra Norteamérica. Al anunciar que las restricciones a los dineros que los cubanoamericanos mandan a sus familiares en la isla, Obama pidió a La Habana que suspendiera los altos impuestos sobre las remesas, pero los Castro no quisieron oír la petición. Así que para los que en Washington y en otras capitales continúan pidiendo concesiones unilaterales para los Castro, la lección es obvia: las concesiones unilaterales ni defienden los intereses norteamericanos ni promueven una transición al imperio de la ley, a una economía de mercado, o al día en que los cubanos puedan decidir su propio destino.
La crisis de los cohetes de 1962 fue el punto más álgido de la Guerra Fría. Desde entonces, mucho ha cambiado en el mundo. Pero Cuba sigue, en lo fundamental, más o menos igual. Raúl Castro, quien entonces era el ministro de la fuerzas armadas, es hoy el jefe del Estado; pero hasta que los Castro pongan a un lado sus odios ancestrales, su mentalidad de guerreros de la Guerra Fría, y le otorguen a los cubanos los derechos que disfrutan millones de personas alrededor del mundo, va a ser muy difícil que haya un cambio en las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Para los norteamericanos, y en vista de la injusta sentencia de Carromero esta semana, también para España, otra lección debiera ser el antiguo refrán castellano: no hay enemigo pequeño. Esa es quizás la lección más importante. ©FIRMAS PRESS
Jeb Bush es exgobernador de la Florida y Frank Calzón, director ejecutivo del Centro para Cuba Libro en Washington, DC.
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