El piano esperaba los tres requisitos mozartianos para sentirse feliz:
la cabeza, el corazón y los dedos. Pero la noche del martes 9 de octubre en el Teatro Nacional Rubén Darío, el talento de Licia Lucas puso en evasión a la soledad y promulgó la complacencia en un auditorio que no se cansó de vitorearla para que repitiese y con su brío compensara los aplausos.
La solista hizo rima formidable con la trilogía: concentración en el teclado, maestría no solo en lo puramente técnico y exteriorización del sentimiento, de la motivación palpitante y existencial de los autores y de ahí, el corazón puesto hacia fuera, extendido sobre la magia del mueble sonoro y los dedos agitados puestos cada uno donde correspondía, con pocas pausas para contenerlos porque las obras incluidas tuvieron la característica de la energía imperturbable y perseverante.
Figuraron: Heitor Villalobos, su genial compatriota, estudioso recopilador del folclorismo del Brasil, prolífico en todos los géneros, Franz Liszt, referencia inagotable en el modelo milagroso de la niñez, paradigma del virtuosismo con el Soneto del Petrarca número 104 , sin faltar el lirismo poético de Federico Chopin, delicadamente representado con el dibujo de una de sus fantasías y más allá la asociación acaso premeditada, de dos nombres vinculados por el destino: Johannes Brahms, el mismo que desde pequeño amó al piano y Robert Schumann, el apasionado cultor de dos disciplinas que lo distinguieron, la literatura y la música y sobre quien hubo pulsaciones de mayor intensidad.
El final debió ser patriótico. La jubilosa aplicación de sus dedos rebasó la máxima de la época en la cual el piano comenzó a mostrar las luces de su consagración: La Gran Fantasía Triunfal sobre el Himno Nacional del Brasil creación de Louis Moreau Gottschalk, cantado por el instrumento.
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