Henrique Capriles Radonski, el candidato democrático que fue derrotado en la elección presidencial del domingo pasado en Venezuela, dijo de su enfrentamiento cívico con Hugo Chávez que era como la lucha desigual de David contra Goliat.
Capriles se refería a la inmensa superioridad de fuerzas del presidente Hugo Chávez, quien tenía a su disposición todos los recursos del Estado y los usó en forma desmesurada. Además, los jefes de los cuerpos armados y de seguridad amenazaban con desatar una guerra civil si Chávez perdía la elección. El chavismo presionaba a la burocracia estatal integrada por más o menos dos millones y medio de empleados públicos, lo mismo que a la masa de venezolanos pobres que dependen de las dádivas gubernamentales. La mayor parte de los medios de comunicación, controlados por el Gobierno, fueron usados abusivamente en la propaganda oficialista. Con todo eso y mucho más que no es posible seguir enumerando, resulta fácil entender por qué Capriles dijo que su contienda con Chávez era como el enfrentamiento de David contra Goliat.
En esa situación, los seis millones y medio de votos para Capriles y la instauración de la democracia republicana no fueron suficientes para derribar al Goliat autoritario. Pero lo sacudieron, porque es casi la mitad del pueblo venezolano que resueltamente opta por la democracia y rechaza el socialismo chavista. ¿Y qué va a hacer Chávez con esos seis millones y medio de ciudadanos y los muchos más que por distintas razones no fueron a votar?
El periodista cubano estadounidense Pedro Corzo, ha recordado recientemente en El Nuevo Herald que el Che Guevara, para justificar la gran cantidad de personas que mandó a matar, metió a la cárcel y envió al exilio, dijo que la profundidad de una revolución se mide por la cantidad de víctimas que produce, pues se trata de personas que no tienen cabida en la nueva sociedad.
Seguramente Chávez no aplicará esa sentencia del Che, a pesar de que mucho lo admira. Pero no será por falta de deseo de eliminar a sus adversarios, a los que desprecia e insulta a menudo, sino porque los tiempos han cambiado. Aunque no lo quiera, Chávez tendrá que soportar a la mitad de la población que lo ha rechazado como gobernante, la que a su vez tendrá que aguantar a la revolución chavista por algún tiempo más. Chavista, decimos, no bolivariana, porque lo que ocurre en Venezuela es contrario a lo que Simón Bolívar quería para su país, según lo que el mismo Libertador dijera en su famoso discurso en el Congreso de Angostura, en febrero de 1819: “La continuación de la autoridad en un mismo individuo frecuentemente ha sido el término de los gobiernos democráticos… nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía. Un justo celo es la garantía de la libertad republicana, y nuestros ciudadanos deben temer con sobrada justicia que el mismo magistrado, que los ha mandado mucho tiempo, los mande perpetuamente”.
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