Adolfo Acevedo Volg (*)
La transición demográfica es el proceso prolongado mediante el cual las poblaciones pasan de un estado inicial de alta fecundidad, elevada mortalidad y juventud a otro de menor fecundidad, mortalidad más baja y envejecimiento. La transición comienza con el descenso de la mortalidad y el aumento de la expectativa de vida. Como la fecundidad se mantiene alta durante algunas décadas, los niños se vuelven más numerosos en las familias y en la población global y la población crece más rápido.
Con el tiempo, la fecundidad comienza a descender, lo que desacelera el crecimiento de la población y con el tiempo reduce el número y el porcentaje de niños y la proporción de personas mayores sigue siendo baja. Al mismo tiempo, las pasadas grandes cohortes de niños comienzan a alcanzar por oleadas la edad de trabajar y esta crece con fuerza.
El bono demográfico corresponde a esta fase en que la estructura de edades de la población resulta altamente favorable para el desarrollo, cuando se produce el más fuerte crecimiento en la historia de un país del número y porcentaje de la población en edad de incorporarse productivamente a la fuerza laboral en comparación a la población dependiente (niños y adultos mayores).
En promedio, dentro de los hogares habría cada vez más personas en edad de trabajar, que representan generadores potenciales de ingresos, y menos personas dependientes (sobre todo niños). Si las personas en edad de trabajar, que están aumentando su número dentro de los hogares, encontraran un empleo digno, que les proveyera de un ingreso decente, el ingreso global del hogar aumentaría de manera significativa, y como hay cada vez menos niños por hogar, habría más recursos para invertir en el capital humano de cada niño.
Tendríamos entonces, en potencia, hogares con un mayor ingreso per cápita, y por tanto con mayor capacidad de atender a sus propias necesidades, y una mayor inversión por cada niño en términos de educación, salud y nutrición. Esto crea la posibilidad de reducir la pobreza en plazos históricos relativamente cortos.
En términos macroeconómicos, si esa fuerza de trabajo encuentra empleos de alta y creciente productividad, se puede producir la aceleración del ritmo del crecimiento. Como además la población en edad de trabajar es aquella que está en la fase de su ciclo de vida en que normalmente su consumo supera su ingreso, esto genera un excedente bajo la forma de ahorro, esto crea la posibilidad de que se produzca un aumento en la tasa de ahorro, lo cual posibilitaría a su vez un aumento en la tasa de inversión y, también por esta vía, un crecimiento económico más rápido.
Al aumentar el ritmo de crecimiento económico, mientras la tasa de crecimiento de la población disminuye, aumentaría el ingreso promedio que reciben los habitantes del país, y como hay cada vez menos niños, se genera la posibilidad de invertir más por cada uno de sus niños.
Entonces por las dos vías, por la vía del aumento del ingreso por habitante, y por el aumento de la inversión por niño, se genera la posibilidad de reducir la pobreza, y sus mecanismos de reproducción, con relativa rapidez. Por estas razones, en síntesis, se crea la posibilidad de combinar un crecimiento económico más rápido, con una reducción significativa de la pobreza.
De acuerdo con muchos estudiosos, un secreto fundamental detrás del impresionante desempeño de los países del Sudeste Asiático, tanto en términos de rápido crecimiento económico como de reducción de la pobreza a un mínimo, reside en que aprovecharon de manera exitosa la oportunidad que se denomina “bono demográfico”.
Pero el pleno aprovechamiento de este “bono demográfico”, que permitió a los países del sudeste asiático reducir la pobreza en un lapso relativamente corto, y además convertirse en países con un elevado ingreso per cápita implicaría i) que un mayor porcentaje de la población en edad de trabajar, particularmente la femenina, se incorpore a la fuerza de trabajo, ii) que estas personas en edad de trabajar, cuando fueron niños recibieron una buena nutrición, adecuada atención de salud, y una calificación adecuada, de tal manera que están habilitados para poder desempeñar empleos formales de alta productividad, y iii) que al incorporarse al mercado de trabajo, efectivamente encuentran este tipo de empleos.
En el caso de Nicaragua, parte significativa de la población en edad de trabajar, en particular la femenina, no se incorpora al mercado de trabajo. Por otra parte, cuando las personas en edad activa se incorporan, lo hacen a un nivel promedio de calificación extremadamente bajo y de pobre calidad.
Finalmente, ante este crecimiento tan fuerte de la población en edad laboral, lo que la economía está generando, de manera predominante, son empleos precarios e informales, de muy baja productividad. Este tipo de empleos demanda, para su desempeño, de una fuerza de trabajo de muy baja calificación, y proporcionan a quienes los desempeñan una pobrísima remuneración, la cual suele colocar a sus perceptores bajo el umbral de la pobreza.
Aprovechar plenamente el bono demográfico en el lapso que resta del mismo, de manera de estar mejor preparados para la fase de envejecimiento poblacional, implicará por tanto un esfuerzo nacional de gran magnitud por cambiar estas características seculares del patrón de desarrollo de nuestro país.
(*) Economista [email protected]