Por Róger Almanza G.

No sería raro ver alguna de sus pinturas colgando en algún restaurante de Francia o bien en una residencia en Alemania o España, o por alguna casa en Estados Unidos. Tampoco le parece descabellado que un día las galerías más destacadas del mundo vendan sus obras. Su firma aunque hoy no sea de las más conocidas recorre varias ciudades del mundo, gracias a amistades y esos viajes de mochila a “tuto” que tras un amor y un sueño lo llevaron a hacer esos recorridos. Alejandro Gómez Ugarte, a sus 29 años pinta y se pinta como pintor nicaragüense.
Su talento es “innato”, dice Alejandro, quien no recibió clases de pintura de manera formal en ninguna escuela, y no porque no quisiera, sino porque su padre, un hombre de finca y ganado, se lo impedía.
Nació en Juigalpa, pero creció en Santo Tomás, Chontales, siempre con la orden de que un día sería agrónomo. Su padre que además ordenó nombrar como él a su único hijo varón, no vio de buen ojo el que su muchacho prefiriera los pinceles y no los mecates; los caballetes, telas y pinturas en lugar de las vacas, caballos y las albardas.
UN TALENTO SE REVELA
Tenía 14 años cuando el espacio esperado llegó a Santo Tomás. Un taller de pintura dirigido a niños y adolescentes. No tenían que ser genios de este arte, pero se buscaba talento y Alejandro llegó.
“Taller de pintura por los chicos” se llamaba y era dirigido por un doctor también pintor y su esposa, quienes brindaban los materiales gratuitamente con el afán de apartar a los chavalos de la vagancia.
Cien aspirantes entraron con Alejandro al curso que duraría un mes, con la idea que los talentos brillaran por sí solos luego de este tiempo.
“Después de este mes era por iniciativa propia y muy pocos quedamos, mis trabajos gustaron y quedé como coordinador de la clase”, cuenta Alejandro.
El momento de demostrar el talento llegó a Juigalpa con una exposición de pintura, promovida por un hermanamiento entre Nicaragua, Bélgica, África y Estados Unidos. Alejandro tenía pinturas de muestra.
Para participar en esa exposición, Alejandro debió emprender una larga caminata de noche, pues su padre lo dejó en la finca precisamente para que no asistiera a la exposición. “Debía llegar a como pudiera porque además yo era el coordinador del equipo, yo iba a presentar algunas pinturas”, recuerda.
Para entonces tenía 17 años y salió a las tres de la tarde de la finca y legó a Juigalpa a las tres de la madrugada del mismo día de la exposición.
¿Y por qué tanto esfuerzo para llegar a esa exposición si la ganadería es lo que te va a dar más?, le preguntaron. “Uno tiene sueños y debe luchar para hacerlos realidad”, contestó Alejandro.
La presentación de sus pinturas y del grupo de chavalos fue un éxito, su mamá quedó más que convencida del talento de Alejandro y su papá dejó de opinar.
“Mi mamá me ha platicado que esto viene de sangre, también mi abuelito Julio Ugarte me contó de uno de nuestros familiares, Cayetano Ruiz, que viajó a México y vivió muy bien de su arte”, cuenta emocionado Alejandro.
UN PINTOR PERDIDO EN LA CAPITAL
“Si querés estudiar en la universidad, estudiá Agronomía”, recuerda Alejandro la voz de sentencia de su padre. Aunque el chavalo le dijo que habían más carreras, como arquitectura, la que más le gustaba, el hombre frente a él, fue claro, Agronomía o nada.
“Acepté estudiar Agronomía, pero llegué hasta tercer año. Mi papá solo me daba los pasajes para llegar a Juigalpa donde estaba la universidad, no le importaba dónde comía o si tenía que comprar libros, cuadernos o folletos… realmente no me apoyaba, incluso me dijo que a los 21 años buscara yo qué hacer porque me tenía que ir de la casa”, recuerda Alejandro.
Su ceño se frunce y su mirada se pierde, dice que en los recuerdos de esos días un aire de molestia vuelve a sus memorias, pero la controla. “No le tengo ningún rencor, es mi padre y lo respeto”, dice y pone punto final a esta parte de su vida.
A los 21 años en efecto dejó la universidad y salió de su casa rumbo a Managua, amigos lo esperaban para apoyarlo. El recorrido que le esperaba estaría pintado de drogas y alcohol, un mundo que lo alejó por instantes de sus sueños de ser pintor.
Empezó a trabar con unos amigos colombianos quienes vendían una famosa “perla de la suerte”. “Yo no creía en eso, pero era mi trabajo, aunque sabía que estafaban a la gente tonta”, dice Alejandro.
Otros amigos, dueños de una funeraria, lo emplearon y así logró ahorrar más para volver a la universidad y darle gusto a su padre, pero la Universidad Nacional Agraria (UNA) no convalidó sus años anteriores en la universidad de Juigalpa, y esto para Alejandro fue más que una señal para renunciar definitivamente a la carrera de Agronomía.
Su siguiente trabajo en una importadora de ropa usada, también propiedad de unos amigos, sería el que por los próximos seis años lo llevaría al cielo y al infierno de un jalón.
“Fue aquí donde comencé a usar drogas, mis amigos lo hacían a diario, a veces ni llegaban a trabajar y yo me tenía que encargar de la importadora”, recuerda Alejandro que para ese entonces ya casi no pintaba.
La casa donde vivía, ubicada en uno de los repartos más exclusivos de Managua también era propiedad de sus amigos. “En casa la droga era como la comida, los tres tiempos”, recuerda Alejandro quien intentaba salir pero recaía en cada intento.
LA SALVACIÓN
Eran las 10 de la mañana del 9 de agosto del 2010, de su bolsa habían salido cinco mil córdobas para comprar droga. El reloj le avisó que llevaba más de 12 horas consumiendo alcohol, marihuana y cocaína. Como la fuerza de un golpe en su cabeza le llegaron sus sueños de ser pintor, su lucha con su padre por conquistar sus propias metas, el rostro de su madre que siempre lo apoyó.
“Salí de esa casa rumbo a un centro de rehabilitación, ahí estuve los siguientes seis meses”, cuenta Alejandro.
Aunque llegaba siempre a trabajar y vivía en la misma casa, su actitud era otra. “Rechazaba la droga pero los respetaba, aunque trataba de que entraran en razón, pero no lo logré”, dice. Sus amigos lo corrieron de la importadora y de la casa y Alejandro vivió unos días en la calle.
“Empeñé un anillo en tres mil pesos y me fui a Juigalpa en busca de mi madre, le conté todo y no había otra reacción más que su apoyo”.
Telas y bastidores llegaron y en la casa de su hermana en Juigalpa encontró lugar para pintar. “Aquí tenía que empezar, donde todo una vez comenzó para mí”, dice Alejandro.
En Juigalpa no salía, se encargó de pintar y pintar, compartía más con su familia y abrió una cuenta de Facebook para compartir sus trabajos. Los like y amistades en común con el arte empezaron a hacerse presentes.
El jardín del amor, un cuadro de unos colibríes y El despertar nacieron en esos días. Hoy con una colección de 26 pinturas, varias de ellas vendidas, están en permanente exposición en la Galería de Occidente en la ciudad de León y el salón EGO, en Managua , en la residencial Altos de Santo Domingo, muestra sus pinturas.
“En la vida no hay que vivir del pasado, si retomamos de lo que vivimos que sea solo como referencia porque es el presente el que nos marcará para toda la vida”, dice Alejandro, un artista más maduro cuyo espíritu bohemio quedó atrás, según afirma. “Ese espíritu bohemio en el que insiste el artista es el que hace que tropecemos en la misma piedra, pero al final, el artista debe madurar y superar y crecer”, de esto está convencido el pintor Alejandro Gómez Ugarte.
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