Por Amalia del Cid
El “oro negro” de Nicaragua apareció sin que lo buscaran. Hizo su debut en San Cayetano, un pueblito polvoso del caliente municipio de San Rafael del Sur. Un buen día surgió a borbollones de la tierra y sus vetas aceitosas se multiplicaron en el río. Así inició el sueño petrolero que ha despertado codicias, atizado esperanzas y estrangulado fortunas, porque lleva más de ochenta años asegurando que el progreso se encuentra a unos tres mil metros bajo el suelo.
Nicaragua no tenía ni un millón de habitantes cuando estalló el primer boom del petróleo pinolero. En 1927 corrió la voz de que en los márgenes del río de San Cayetano se había hallado oro negro y de los Estados Unidos vino un hombre llamado Russell Riddell con la tarea específica de embotellar aceite y enviar las muestras a su país.
Las cosas se alborotaron más cuando el 27 de enero de 1928 el geólogo petrolero William Marshall publicó en Los Ángeles Examiner un informe en el que aseguraba que en 34 años escudriñando la tierra no había encontrado un yacimiento de petróleo más grande que el de Nicaragua. Fue entonces que muchos comenzaron a creer que si el dinero no crece en los árboles, ni cae del cielo es porque brota del suelo.
Bajo el sol de hoy, tres empresas exploran las zonas de nuestro país, en las que se han encontrado petróleo. Norwood ya lleva seis años instalada en San Bartolo, una comarca de San Rafael del Sur, municipio de Managua. Mientras que en el Caribe trabajan Noble Energy e Infinity Energy Resources.
Pero, por esas cosas de la historia, la primera aventura petrolera de los nicaragüenses murió antes de empezar a gatear. En 1930, cuando ya había al menos nueve concesiones autorizadas por el presidente Emiliano Chamorro y una torre levantada por norteamericanos, ¡zas! los conservadores salieron del poder.

Llegó el liberal José María Moncada y lo primero que hizo desde la silla de la presidencia fue mandar a detener cualquier intento de exploración, según narra Jaime Pérez Alonso en un artículo publicado por LA PRENSA en marzo de 1980.
El abuelo de Pérez Alonso, Juan Ruiz, fue el pionero de las exploraciones en Nicaragua. Él fue el primero en recoger muestras de ese líquido viscoso que terminó siendo su maldición.
Tras mucha insistencia logró que el presidente Emiliano Chamorro y Eduardo Lacayo, para entonces ministro de Fomento y Obras Públicas, le firmaran un aval. Aprovechó su cargo de cónsul en San Francisco, California, para contactar a los empresarios petroleros William Young y Herman Laer. Y finalmente consiguió que se fundara la Nicaragua Oil Company, una empresa destinada al fracaso, que comenzó a funcionar con un capital de dos millones 500 mil dólares, distribuido en 25 mil acciones de cien dólares. Ruiz apostó todo lo que tenía y perdió.
Hasta en sus últimos años habló de cómo el oro negro lo llevó a la quiebra, según relata su nieto, Pérez Alonso, en un trabajo escrito por el periodista Octavio Enríquez y publicado en la revista Magazine del 25 de marzo del 2007.
NI TAN PERDIDO NI TAN NUEVO

Hace millones de años, cuando los humanos aún no aparecíamos, el petróleo ya era viejo. Para que se haga usted una idea de cuánto tiempo tomó la formación de este aceite, piense en las huellas de Acahualinca. Tienen seis mil años de antigüedad y apenas están a cuatro metros bajo tierra. El petróleo se encuentra a tres o cuatro kilómetros de profundidad. A veces hasta a cinco, dice el geólogo Carlos Rubí, del Centro de Investigaciones Geocientíficas (Cigeo) de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN), en Managua.
El oro negro a veces es pardo, como el pelaje de un oso. Se le considera un combustible fósil porque se cree que se formó a partir de la descomposición de plantas, animales y microalgas. Según esta teoría, aceptada globalmente, esa materia orgánica se fue cubriendo de capas y capas de tierra, unas más duras que otras, hasta que las grandes presiones y temperaturas la convirtieron en lo que hoy conocemos como petróleo crudo o simplemente “crudo”.
No obstante, algunos científicos han considerado que la idea de que tanto petróleo viene de restos de pescados y dinosaurios no es solo improbable, sino que “estúpida”, como opinó en 1982 el matemático y astrofísico Fred Hoyle (1915-2001). Para ellos el oro negro ni siquiera es de origen orgánico, sino que viene de fuentes no biológicas de hidrocarbonos localizadas en las profundidades de la tierra. Esa fue la teoría desarrollada por Nikolai Kudryavtsev, doctor en Ciencias Geológicas y Minerología (1893-1971).
Sea cual fuese su origen, el uso del petróleo no es nuevo. Hace 6,000 años los asirios y los babilonios lo utilizaban para pegar ladrillos y piedras y los egipcios lo empleaban para engrasar pieles. Pero fueron los chinos los que un siglo antes de que Cristo viniera al mundo extrajeron el aceite de la tierra.
Es un combustible líquido, pero no corre como un río subterráneo, aclara Rubí. Se puede decir que “es como tener una esponja entre dos tablas”, explica el geólogo. La esponja es la roca, algo porosa, que almacena el petróleo. Las tablas son las otras capas de tierra que no permiten que el aceite suba o baje.
Cuando un chorrito de crudo escapa hacia la superficie —señala el experto— lo hace a través de alguna de las muchas grietas de la tierra. Es un fenómeno parecido a las erupciones volcánicas.
Eso fue lo que sucedió en San Cayetano a comienzos del siglo pasado.
LOS COREA Y LOS SOMOZA

La familia Corea fue la primera en descubrir el petróleo. Mientras lavaba ropa la abuela vio salir el borbotón, allá en el año 1900. Y el abuelo Vicente se dedicó a hacer expediciones por las orillas del río de San Cayetano. En sus exploraciones era acompañado por su nieto Miguel, a quien mucho tiempo después le tocaría contar el cuento a Magazine .
Tenía 81 años y aseguraba que él mismo había sacado cien latas de crudo y que de tanto ver y respirar petróleo ya se había quedado ciego.
Por sus terrenos —relató el anciano— pasaron técnicos petroleros, empresarios y gobernantes. Entre ellos los Somoza, padre e hijos. Estaban interesados en el negocio, de ahí que se dedicaran a acaparar tierras por toda Nicaragua ante la posibilidad de que el petróleo fuera explotable.
Para ir preparando el terreno, durante la dinastía de los Somoza se elaboró la Ley Especial sobre Exploración y Explotación de Petróleo, a fin de facilitar las negociaciones con grandes empresas petroleras estadounidenses, según un estudio publicado por la revista del Caribe nicaragüense, Wani , en diciembre del 2010.
En la cabeza de Anastasio Somoza Debayle rondaba la idea de una refinería y un puerto de aguas profundas en Monkey Point. Tuvo conversaciones con el excéntrico millonario Howard Hugues; sin embargo, a ningún acuerdo llegaron, porque el aviador se fue de Nicaragua recién pasado el terremoto de 1972.
EL “SUEÑO DE BOLÍVAR”

Este viste de blanco; el otro de rojo. Con cucharas de albañil aplican mezcla de cemento sobre una tarimita pelada. Daniel Ortega lo hace con la mano derecha; Hugo Chávez es zurdo. La foto fue tomada el 20 de julio del 2007, el día que Ortega y su padrino económico colocaron la primera piedra de la refinería, que se suponía estaría lista el año pasado y que ahora se proyecta para el 2016.
Se supone que será capaz de procesar (convertir en combustible) 150 mil barriles de crudo diariamente y que su construcción costará entre 2,500 y 3,900 millones de dólares. Por ahí pasarán los 11.8 millones de barriles de petróleo que Nicaragua importa de Venezuela cada año para consumirlos en los sectores de transporte, industria y energía eléctrica.
Por si fuera poco, la refinería ha sido visualizada como terminal petrolera de Centroamérica. En palabras todo pinta color de rosa, después de todo este es el megaproyecto insignia del inconstitucional presidente Daniel Ortega.
Mientras tanto, las petroleras extranjeras exploran en tierras nicaragüenses. “Se ha hallado petróleo de muy buena calidad, liviano”, apunta Iris Valle, que trabaja en el Centro Humboldt y es especialista en temas de energía e hidrocarburos. El problema, al menos en el Pacífico, donde opera Norwood, es que por las características del terreno es difícil extraer el crudo.
“El taladro entra y se pierde porque las paredes se desmoronan y se lo tragan. Eso eleva los costos”, explica Valle, quien señala que la etapa de exploración puede costarle, a cada empresa, hasta veinte millones de dólares.
De hacerse realidad el sueño que durante casi un siglo, y en distintas épocas, ha desvelado a muchos nicaragüenses, un porcentaje de las ganancias le quedaría al Estado. Pero a ciencia cierta no se sabe cuánto, porque el nuestro es uno de los pocos países en el mundo en que los contratos petroleros son una especie de “top secret”, lamenta la especialista. “Eso significa que no conocés las reglas del juego”, dice.
En cambio, se conoce muy bien cuáles podrían ser las consecuencias ambientales de la explotación del crudo nica.

Según el informe de Wani, al hacer un monitoreo de las exploraciones petroleras que se realizan en el globo, no se halló ni una que no haya contaminado el medioambiente. Y eso que muchas se hacen en países desarrollados que, a diferencia de países pequeños como Nicaragua, cuentan con recursos y medidas de control. Tampoco se han podido evitar los derrames de crudo.
Un litro de aceite basta para contaminar un millón de litros de agua. Grandes derrames de petróleo significan millones de litros de crudo esparciéndose por el mar.
Es por eso que el Centro Humboldt ha sido rotundo al pronunciarse contra la industria del oro negro: “Los riesgos de la exploración son de tal magnitud que no conviene poner nuestros recursos en peligro”.
Para este organismo ambientalista, es mejor que Nicaragua ponga la vista, el tiempo y los recursos en otras fuentes de energía, como la eólica y la solar, que son amigables con la naturaleza.
Este es el panorama. El tiempo dirá cuáles son las consecuencias y solo entonces se sabrá si valió la pena soñar tanto.
EL “PLAN B”
Pese a que existen concesiones autorizadas y labores exploratorias en proceso, aún no se ha confirmado si el crudo nica es explotable. Y aunque ha habido pretensiones petroleras desde hace tantos y tantos años, Nicaragua jamás ha exportado un solo barril de petróleo propio.
Sin embargo, la suerte de este país parece encontrarse a unos 2,000 kilómetros al sur del continente americano, en la Venezuela de Hugo Chávez. Del 2007, año en que Ortega volvió a instalarse en la presidencia, a la fecha, Nicaragua ha importado cuarenta millones 243 mil barriles de crudo. De esa cantidad, hasta el año pasado, se habían reexportado dos millones 93,259 barriles hacia el vecino país de El Salvador.
En caso de descubrirse que al fin y al cabo el crudo nicaragüense no cumple con los requisitos de cantidad y calidad necesarios para ser rentable, solo quedará Venezuela, que tiene el veinte por ciento de las reservas petroleras del planeta. Y ese Plan B tampoco es seguro. Henrique Capriles, el hombre que en octubre de este año intentará ganarle a Chávez en las elecciones presidenciales, ha anunciado que en su gobierno no se “regalará” ni una gota de petróleo para “asfaltar calles en Nicaragua”.
Con todo, ahí está el proyecto de la refinería. Avanzando en palabras, prosperando en ilusiones que dependen de algo que no está en manos de los nicaragüenses.
Ver en la versión impresa las paginas: 8, 9, 10, 11