Cuando los próceres de la independencia latinoamericana forjaron nuestras naciones lo hicieron para que nuestros pueblos gozaran de libertad no solo del imperio español sino de cualquier otra forma de dominación despótica en el ámbito nacional. Esta es la herencia que recibimos de Bolívar, O’Higgins y San Martín y esta es la senda luminosa por la que transitaron después Martí, Juárez, Sandino y otros preclaros ciudadanos de resonancia continental. Salomón de la Selva, en su conocido Canto a México , lo expresó muy claramente: “La independencia fue para que hubiese pueblo, no mugrosa plebe; hombres, no borregos de desfile”.
Otra de las grandes preocupaciones que siempre tuvieron presente los impulsores de nuestras nacionalidades fue la de educar a nuestros pueblos y para ello no solo favorecieron la inmigración europea sino que se interesaron vivamente en que ninguna persona con capacidad de trabajar honradamente se viese en la penosa obligación de tener que abandonar el nido de sus ancestros. América era el continente de la esperanza, América era el continente de la libertad. “Gobernar es poblar”, decían nuestros patricios, pero esto parece haberse traducido para algunos gobiernos de vocación dictatorial en: “Gobernar es despoblar”.
- Los impulsores de nuestras nacionalidades siempre tuvieron presente la preocupación de educar a nuestros pueblos y para ello se interesaron vivamente en que ninguna persona con capacidad de trabajar honradamente se viese en la penosa obligación de tener que abandonar el nido de sus ancestros.
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He traído esto a colación porque todavía hay gobiernos en América Latina, como Cuba y Nicaragua, que en vez de buscar cómo fomentar el arraigo de sus ciudadanos en su tierra hacen todo lo posible para que se vayan a otros países en busca de mejores horizontes. Naturalmente que quienes tal hacen son las obsoletas dictaduras que encuentran así una manera fácil de bajar la presión interna que hace la población en demanda de empleos, mejores servicios y condiciones de vida más acorde con la dignidad humana.
Recientemente en una declaración al Canal 11 de TV local el embajador de la familia Ortega-Murillo ante el Gobierno de Costa Rica, señor Harold Rivas, declaró sin ningún rubor que en este país residimos entre legales e indocumentados alrededor de un millón de nicaragüenses. A esto habría que agregar que la gran mayoría del éxodo poblacional se ha producido en los últimos treinta años como consecuencia de las guerras fratricidas en que nos hemos visto involucrados los nicaragüenses y en las desastrosas políticas socioeconómicas que han implementado los gobiernos de turno, principalmente los encabezados por el régimen sandinista.
A estas cifras escalofriantes habría que añadir 150 mil compatriotas en Miami; 50 mil en California y otros 50 mil en los distintos Estados de la unión norteamericana; así como 30 mil más en Canadá y las naciones europeas; todo esto sin contar con los miles de nicaragüenses que se encuentran diseminados en otras regiones del mundo. Si Nicaragua tiene una población estimada en casi seis millones de habitantes, lo anterior significa que el 25 por ciento de nuestra población se encuentra actualmente en el extranjero. Este hecho insólito, que debería de ser motivo de preocupación para una clase gobernante responsable y para toda la ciudadanía en su conjunto, parece a los nicaragüenses no quitarnos el sueño.
He querido aprovechar estas efemérides patrias de septiembre para invitar a nuestros compatriotas a reflexionar sobre el legado que en Nicaragua le vamos a dejar a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos. Porque el problema de nuestra nación sigue siendo el mismo que tuvieron que enfrentar nuestros padres y abuelos: solo hemos tenido gobiernos corruptos como los Somoza y Daniel Ortega, cuya ambición es figurar y lucrar hasta más no poder exprimiendo la sangre y el sudor de los nicaragüenses dignos de un mejor destino. No es posible que mientras países más pequeños que el nuestro como Panamá, Costa Rica y otros de la vecindad marchan impetuosos hacia metas de progreso y de superación, nosotros continuamos siendo la cenicienta centroamericana. Esto no debe seguir siendo así, Nicaragua tiene todos los recursos necesarios para levantarse de la postración en que la tienen sumergida los somocistas primero y los frentistas en la actualidad. Lo que nos falta es verdadero amor por nuestro país y la voluntad de hacer las cosas bien en función de los supremos intereses de la nación. Hagámoslo.
El autor es Secretario General de la Asociación de Nicaragüenses en el Extranjero (ANE).
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