Un hombre mancha el azul celeste

En el pueblo de Sísifo

En el pueblo de Sísifo

hablan de que estamos viviendo los días del fin del mundo,

que un aura oscura parecida a la noche

se puede tocar con las yemas de los dedos.

La amenaza se siente en el color pardo oscuro

de las enredaderas

y en los matorrales que salen de las paredes mustias del mar.

Hay que vivir rápido y verlo todo como si fuera la última vez

(es que es mucha violencia para una vida tan corta).

La vida es un alboroto desde que amanece hasta la muerte

y uno siempre queriendo darle sentido a los sueños.

Los vecinos del pueblo de Sísifo

dicen que hay que poner orden en las cosas espirituales

y cerrar puertas y ventanas al olor de la sangre,

porque ya no quieren vivir las lágrimas de cobre amarillo

y la congoja interminables

que se repiten igual desde el principio del mundo

que cuenta que hay un hombre pequeño y miserable en la Tierra

condenado a construir y destruir eternamente la cosmogonía del mundo,

a reescribir los textos de la Biblioteca de Alejandría,

a llorar sobre los cadáveres secos que deja Alejandro en su viaje infinito,

a secar las aguas del Diluvio,

a separar los mares de agua dulce de los mares de agua salada

y a crear nuevos infiernos

con llamas azules más altas que las montañas.

Los vecinos del pueblo de Sísifo

quieren reconocer las voces humanas de los monjes

y los pastores de cabras

entre las lilas blancas y los pájaros imprudentes,

hablando de la desolación del hombre en la Tierra.

Los vecinos del pueblo de Sísifo

quieren levantar la mirada y llevarla hasta el azul infinito

para darle sentido a los sueños del hombre desdichado

de poner al fin la roca en la cumbre.

Cambio de oficio 

En los mercados y semáforos de la capital aprendió el oficio de mendigo, vendedor y ladrón. Lo caracterizaron como delincuente peligroso. Es un fotógrafo de mala muerte —advirtió la Policía— incapaz de llevar honestamente y sin violencia el sustento a su hogar. Desde ese día salió de escena el fotógrafo de mala muerte.

Diciembre 2011.
Lourdes s. Oporta. 

Mensaje al 0021 

Siempre hay una primera vez —se dijo— y envió infiel al 0021. Leyó la respuesta y sintió calentamiento en todo su cuerpo. Quiso ignorarlo todo pero no pudo. Apresuró el trago, luego otro y otro. Después se rozó la cintura y ahí estaba su pistola en el mismo lugar de siempre. Se tomó el último trago y se alejó del lugar. En la rokonola sonaba una canción de Alejandro Fernández. Recordó su horóscopo de ese día: hoy tendrás un día aciago. Reservá tu ira. Se acomodó la gorra, se volvió a rozar la cintura y se cruzó la calle. Un automóvil colisionó con su cuerpo. Cuando logró despertar ahí estaba ella junto a él, agradeciéndole a Dios por la vida de su amado.

Diciembre 2011.
Lourdes S. Oporta.

La Sombra 

Ni en Dios ni en el diablo, Salomón.
¿Y en los muertos?
Ya me hubiera salido mi madre.
Se levantó de la silla y se fue al fondo del patio. Una sombra veloz le pasó al frente. Sintió escalofrío. No vayás a ese lugar, Fabián. Tu hermana te necesita. Es la voz de mi madre —se dijo—. Cuando llegó a la casa, afuera estaba la ambulancia y acomodaban en la camilla a su hermana.

Diciembre 2011.
Lourdes S. Oporta

Un día te das cuenta que se te ha pasado la vida 

Francisco de Asís Fernández

Eva es una leoparda que vive el asombro de la vida
planeando el odio, el amor y el perdón.
Y se casó con un poeta derrotado y enfermo
que para escapar hace hoyos en la arena
que llegan hasta el final de la Luna,
se pone sus sandalias, atraviesa las arenas hundidas
de los mares de aguas dulces de Nicaragua,
baja por la Cordillera de Amerrisque
y llega como todos los días, como todos los 40,600 días de su vida matrimonial
a la Ermita de Esquipulas, a Granada, al espejo quebrado de Narciso,
al final de su vida inútil, buena para nada,
donde vive con Eva convertida en Leoparda
al momento triunfante de ser expulsada del Paraíso. 

Una luna de palo ilumina los días de trapo del poeta 

Francisco De Asís Fernández

Una luna de palo ilumina los días de trapo del poeta
que tiene 67 años, un derrame cerebral y una juventud
que ama los excesos de la carne,
un barco ebrio en el vasto mar abierto de la noche
y mucha ternura.
Su imaginación no puede desaparecer,
ni ese brillante rayo de luz,
con esa línea tenue de la ebriedad que le construye su país imaginario
con mujeres desalmadas.
Quiere oro rojo, plata y cobre
y vivir en las copas de los árboles con gallinas salvajes
y en las madrugadas frías regalar jacintos azules.
Quiere vivir en un patio con naranjas, marañones y flores.
El pobre poeta oye voces y ve personas que no existen,
come carne de mujeres, de aves y de animales silvestres.
Y muere, como parte de un mar que se está muriendo,
Y se pregunta, como un hombre enfermo perseguido por un animal.
¿Cuál es la realidad?
¿En qué lugar remoto está su vida verdadera? 

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