La era del rock

El título es una exageración. Acaso la película debería llamarse “La Era del ‘Hair Metal’”, pues está comprometida a profundidad con ese nicho particular. Estamos ante una variante del musical-roconola: una aglomeración de canciones reconocibles, alrededor de las cuales se construye una trama. Lo que ¡Mamma Mia! hizo por el cancionero del grupo Abba, esta obra de teatro llevada al cine pretende hacer por Poison, Deff Leppard y demás rockeros de los ochenta.

Por Juan Carlos Ampié

El título es una exageración. Acaso la película debería llamarse “La Era del ‘Hair Metal’”, pues está comprometida a profundidad con ese nicho particular. Estamos ante una variante del musical-roconola: una aglomeración de canciones reconocibles, alrededor de las cuales se construye una trama. Lo que ¡Mamma Mia! hizo por el cancionero del grupo Abba, esta obra de teatro llevada al cine pretende hacer por Poison, Deff Leppard y demás rockeros de los ochenta.

Sherry (Julianne Hough) es una chica inocente que abandona su pequeño pueblo para buscar fama y fortuna en la gran ciudad: Los Ángeles. El epicentro de la cultura rockera está en el club Bourbon Room, manejado por el gruñón pero bonachón Dennis (Alec Baldwin). Ahí, Sherry conoce a Drew (Diego Boneta), otro joven con ambiciones de convertirse en estrella de rock. Pero “el hombre” mete ruido: la esposa del nuevo alcalde de la ciudad (Catherine Zeta Jones) jefea una campaña para cerrar el club, acusándolo de ser un antro de perdición. El hecho de que esté casi en quiebra puede ayudarle a cumplir su cometido. Todo depende de Stacie Jaxx (Tom Cruise) una megaestrella en franco proceso de decadencia que promete realizar el último show de su banda en el escenario que lo lanzó a la fama, justo antes de iniciar su carrera en solitario.

La mayor deuda que La Era del Rock no es con los músicos que proveen su banda sonora, sino con los viejos arquetipos del melodrama del “show-bussines”. A pesar de sus poses transgresoras, en el fondo es la misma vieja historia de la corista tratando de conquistar Broadway en un mientras el empresario está a punto de perder la hipoteca de su teatro, como en los viejos musicales de Busby Berkley. Esto no es necesariamente algo malo. Más problemática es la homogenización de la cultura del mundillo que retratara. Seguro, hay sexo, drogas y rock-and-roll. Pero el sexo no es sexy, las drogas no traen consecuencias, y el rock and roll tiene el todo “feeling” de una banda de “covers”.

La política editorial a la hora de escoger las canciones tiene que ver con popularidad, no necesariamente calidad. Guns’n Roses son los mejores exponentes del movimiento en cuestión, pero aquí van en el mismo bolsón de Whithesnake. El arte y el kitsch se funden en una masa cuyo ingrediente activo es la nostalgia. Las interpretaciones oscilan entre karaoke y especial de American Idol. Es casi cruel que incluyan a la gran vocalista Mary J. Blige. Cada vez que ella canta expulsa a los demás de la película. Tom Cruise se roba el show con su rockero excéntrico, mezcla de Axel Rose y Michael Jackson, hermano de traumas de su personaje en Magnolia (Paul Thomas Anderson, 1999).

Es una lástima que Alan Shankman no sea un buen director. Visualmente, la película es plana y desinspirada. Aunque él tiene formación de coreógrafo, edita las imágenes con la gracia de un cocinero machacando cebollas. Y no trata de ocultar su artificialidad. Desde el bar —inspirado en el legendario “Whiskey a-go-go”, donde The Doors tomaron residencia— hasta la ya desaparecida tienda de la cadena Tower Records, los sets parecen escenario de atracción de parque temático, construidos para que los turistas se tomen fotos en ellos. Si la película se salva, es gracias al entusiasmo de su extenso reparto. Tienen la energía de un grupo de colegiales montando el “ talent show ” de la escuela.

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