Marc-Thomas Bock
Un día caluroso de verano de 1981 me encontré con muchos otros bachilleres en un gran salón del Palacio de la Cultura, propiedad del pueblo, de la fábrica de grúas de la ciudad de Finow, una ciudad que quedaba al norte de la ahora inexistente RDA. Se trataba de un evento de propaganda de la Juventud Alemana Libre (FDJ), la organización comunista de la juventud. Se decía que un guerrillero sandinista de la lejana Nicaragua nos iba a hablar. Todos estábamos vestidos con camisas de uniforme azules que tenían en la manga izquierda el logo de un sol naciente y las letras FDJ. 98 por ciento de los alumnos y estudiantes del país eran miembros de esta organización; no serlo significaba traición a la patria comunista y la muerte humana y social. Crecimos en un país con pocos héroes. Solamente una vez me encontré a una persona que no pertenecía a la FDJ. No hablaba con nadie y estaba lleno de odio para todos los seres humanos a su alrededor. Hasta el día de hoy no sé si era un héroe.
Como quiera, estábamos sentados en sillones de felpa en la casa de la cultura y esperábamos que el evento iniciara lo antes posible. Esto era importante para nosotros, ya que sabíamos que lo que inicia temprano generalmente también termina temprano. Deseábamos quitarnos las camisas azules que tanto odiábamos y ponernos nuestras chaquetas de mezclilla. La ropa de mezclilla era el atributo de moda del enemigo imperialista de los Estados Unidos. Sin embargo, todos los jóvenes la usaban. Mientras esperábamos a los sandinistas mi mirada se posó en un afiche en la pared en el que estaba escrito: “La sabiduría es poder. Lenin”. —Este lema era conocido por todos los niños del bloque de los países comunistas— desde la ciudad de Vladivostok en Siberia hasta justamente Finow en la RDA. De repente se escuchó un susurrar. Allá arriba, en la tarima, aparecieron tres personas jóvenes; un hombre y dos mujeres. Aparentaban tener nuestra misma edad. Vestían camisas a cuadros o de un solo color; las mujeres faldas hasta la rodilla y los tres tenían un pañuelo rojinegro alrededor de su cuello. Las mujeres eran extraordinariamente bonitas, con trenzas en su pelo largo y brillante, y con una sonrisa alentadora en sus labios. Tal vez fue debido a la belleza de estas dos sandinistas que escuchamos a los expositores con mucha más atención de la usual en los discursos aburridos de cualquier funcionario comunista de la juventud. Las dos muchachas contaron de la revolución, del desalojo del dictador Somoza, del entusiasmo del pueblo y de la reforma agraria con la redistribución de las tierras. La reforma agraria era algo conocido para nosotros. También existía en la RDA, por lo que no se trataba de algo nuevo y sensacional. Pero luego se levantó el joven de nombre Álvaro, también bachillerando, y nos contó que había viajado con sus compañeros de clase al campo para alfabetizar a los empobrecidos niños campesinos. Debido a esta acción no se bachilleraría en el tiempo planificado, pero eso no le importaba ya que así enseñaría a los niños a leer y escribir para que las personas sencillas que habían sido mantenidas en la ignorancia por el imperialismo, finalmente obtuvieran conocimientos. Su contribución en la alfabetización del pueblo era la revolución de Marx, Engels y Lenin en vivo. Nosotros, cansados por las frases vacías del marxismo dogmático, los escuchamos con creciente entusiasmo. Finalmente, cuando una de las muchachas convocó para la solidaridad con Nicaragua, también yo aplaudía con todo el corazón. “La sabiduría es poder”, de alguna forma Lenin tenía que haber tenido razón.
Desde entonces, han pasado más de treinta años. Alguien como yo, que vivió la implosión del comunismo prácticamente en la puerta de su casa y que vio la desaparición del muro de Berlín con su alambre de púas, sus perros, minas y soldados, ha aprendido que hay muy pocas cosas que realmente duran. Las dictaduras utilizan la sabiduría y la educación únicamente para mantener su propio poder y de esta forma poder determinar qué y cuánto conocimiento recibe qué grupo de personas. Aunque los gobiernos, no importa de qué índole, dejen que sus jóvenes tengan acceso solo a un conocimiento dosificado y manipulado, o no construyan colegios del todo, no podrán impedir el afán por el conocimiento y la formación que es natural en todo joven; dicho afán es parte de la autoafirmación individual; no se puede controlar de ninguna manera porque prevalece en el cerebro de cada ser humano. Uno puede manipularlo o limitarlo —desde hace milenios hay dictadores que lo han hecho— pero el conocimiento buscará su camino. Humanistas y revolucionarios sociales se han ocupado de que el conocimiento ayude al individuo a alcanzar su libertad personal.
Como ya he vivido la experiencia de observar que las dictaduras son impotentes contra el afán de conocimiento de los individuos, estoy seguro de que en todas partes los seres humanos pueden llegar a dominar la vida con el conocimiento que han podido adquirir en su juventud. Por tanto, darles esta oportunidad de autoafirmarse individualmente, por medio del conocimiento, significa solidaridad y humanismo.
El autor es director del Colegio Alemán Nicaragüense.
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