Al participar el domingo pasado en la verificación de las listas electorales, el presidente inconstitucional de Nicaragua, Daniel Ortega, dijo que “hay dos caminos para cambiar gobiernos: las armas, la guerra y a través de los votos, es el otro camino. Nosotros —agregó— ya decidimos desde hace un buen tiempo, decidimos enterrar para siempre las armas, enterrar para siempre la guerra, y cambiar las balas por los votos…”
Ortega, como casi siempre en estos temas dice una cosa pero hace lo contrario. Reconoce que el pueblo demanda elecciones y tiene derecho a cambiar gobiernos mediante el voto, pero niega las garantías electorales que pide la oposición y las ha propuesto la comunidad democrática internacional por medio de las misiones de observación electoral de la OEA y la Unión Europea.
Dijo Ortega que entre los dos caminos para cambiar gobiernos —el de las armas y la guerra y el de los votos y las elecciones—, los nicaragüenses ya escogimos el segundo, lo cual es cierto. Eso ocurrió a partir de las votaciones de 1990. Sin embargo, desde que recuperó el poder en 2007 Ortega ha convertido el poder electoral del Estado en una maquinaria de hacer fraude, mantiene a un Consejo Supremo Electoral corrupto y carente de credibilidad y cierra el camino de las elecciones.
Además, aparte de los dos caminos para cambiar gobiernos mencionados por Daniel Ortega, existe otro que es también muy importante. Ortega tiene suficiente ilustración y experiencia para saber que en realidad hay un tercer camino para cambiar aquellos gobiernos autoritarios y autocráticos que para perpetuarse en el poder trancan el camino de las elecciones. Ese tercer camino es el de las llamadas “insurrecciones no violentas”, o sea los grandes movimientos sociales y populares que estallan espontáneamente o son organizados por coaliciones civiles pluralistas, las cuales, mediante estrategias de resistencia pacífica y usando métodos de persuasión, cumplen el objetivo de producir el cambio de gobierno cuando se vuelve una imperiosa necesidad.
En la última parte del siglo pasado y en lo que va del presente, más de setenta gobiernos indeseables fueron cambiados mediante las revoluciones democráticas pacíficas en la antigua Unión Soviética y sus países satélites de Europa Oriental, lo mismo que en el mundo árabe y otros países que eran dominados por dictaduras autocráticas. No fueron cambiados por los votos ni por las balas, sino por poderosos movimientos populares en los cuales solo se derramó sangre por la represión de los dictadores irracionales que se niegan a entregar el poder.
Actualmente, en Nicaragua, una parte de la oposición sigue haciendo admirables esfuerzos para que se abra nuevamente el camino de las elecciones y los votos para cambiar el gobierno. Otro importante sector opta por la abstención debido a la falta absoluta de garantías electorales, pero aunque rechaza explícitamente el camino de la violencia armada no ha dicho si su objetivo, entonces, es abrir el tercer camino para el cambio de gobierno.
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