Editorial: La democracia comienza en la oposición
El desafío y dilema de la oposición, de participar en las elecciones municipales de noviembre próximo a pesar de la falta absoluta de garantías electorales, o abstenerse precisamente por eso mismo, ha generado un intenso, saludable y necesario debate público. Para algunos esa discusión es desgastante y perjudicial para la unidad opositora. Sin embargo, para otros el debate es sano, indispensable y más bien útil para la práctica democrática que debe haber en la verdadera oposición política al autocrático régimen orteguista.
En realidad, así como la oposición reclama justamente que las políticas y actos gubernamentales sean transparentes, que todas las decisiones del poder estatal que afectan de cualquier manera el interés ciudadano sean discutidas públicamente, también debe predicar con el ejemplo y someter al debate abierto sus decisiones que son de interés para la ciudadanía en general. La doctrina y la experiencia de la democracia enseñan que el debate público es necesario y beneficioso incluso, tanto para el Gobierno como para la oposición, porque los asuntos que manejan gobernantes y opositores no son sus negocios particulares sino los intereses de toda la nación. La verdad es que no se puede dejar de oler el tufillo totalitario que emana de aquellos argumentos con frecuencia esgrimidos por gobernantes y opositores, de que no hacen públicas sus estrategias, antes de ponerlas en práctica, para que el adversario no las conozca ni pueda contrarrestarlas.
El filósofo democrático estadounidense, John Rawl, profesor de filosofía política en la Universidad de Harvard y autor de diversos libros sobre el derecho, la ley, la justicia y la democracia, advierte en una de sus obras más conocidas — Teoría de la Justicia— que “para que una democracia exista y funcione de manera durable para beneficio de la mayoría, el principio de debate debe ser siempre claramente planteado y respetado”. De allí que en todos los países donde existe una democracia robusta y funcional, cualquier asunto y tema de importancia pública, ya sean políticos, económicos, sociales o culturales, son sometidos o expuesto al debate abierto, libre y transparente.
Ahora bien, en la discusión pública que se ha suscitado acerca de la participación o abstención de la oposición en las elecciones municipales de noviembre próximo, a veces se recurre al lenguaje injurioso y se acusa a quienes abogan por participar o abstenerse en los comicios municipales, de que buscan obtener migajas del régimen o quieren legitimar el fraude electoral. Sin duda que algunos grupos políticos que se presentan como opositores, en realidad son oportunistas motivados por esos propósitos mezquinos y perversos. Pero no es de ellos que nos ocupamos ni a quienes nos referimos al mencionar el debate público democrático, sino a la verdadera oposición, para la cual participar o abstenerse son opciones políticas legítimas que deben ser discutidas y resueltas de cara al público, como en efecto se está haciendo.
En las condiciones actuales de Nicaragua, la democracia comienza o debe comenzar en la oposición.
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