Eran los días álgidos de agosto de 1979, recién había pasado el triunfo de la revolución en que el Diario LA PRENSA y todo el trabajo de años de quienes allí laboraban, había quedado reducido a las cenizas dos meses atrás, precisamente el 11 de junio, por el bombardeo de que fue objeto el Diario por parte de la guardia somocista bajo el pretexto de que durante la insurrección albergaba a guerrilleros “sandino-comunistas”.
Algunas empresas comenzaron a donar mobiliario de oficina y viejas máquinas de escribir para ayudarle a LA PRENSA a levantarse como el Ave Fénix, en una nueva era revolucionaria. Época que para poder verla, tuvo que entregar la vida de mi padre y el Diario quedó como si hubiese sido bombardeado durante la segunda guerra mundial, salvándose del incendio, únicamente el club de los trabajadores (Club Nicasio) y una pequeña oficina-bodega que estaba al fondo del patio.
Allí me encontraba yo buscando dónde ubicarme y me fui al Club Nicasio, quien entonces se había transformado en una bodega llena de calaches. Y para mi sorpresa encontré allí un escritorio grande metálico, con el vidrio quebrado, sin una o dos patas, que inmediatamente reconocí. Era el viejo escritorio de mi padre.
Durante una renovación del mobiliario de su oficina en 1976, él lo había donado a UDEL (Unión Democrática de Liberación), la coalición que había creado uniendo a todas las fuerzas opositoras que luchaban cívicamente contra el somocismo. Pero en la insurrección del 79, durante los estertores de la dictadura somocista, las oficinas de UDEL fueron cateadas y con la culata de los temibles fusiles garand de la guardia su vidrio había sido quebrado.
Más tarde, después del triunfo de la revolución, UDEL donó a LA PRENSA el escritorio y demás mobiliario que poco antes había recibido del Diario y fue así que un buen día de agosto del 79, me encontré sentado frente al escritorio de mi padre. Y para mi sorpresa, debajo del vidrio hecho añicos, que atestiguaba la furia de la guardia, estaba un pensamiento que mi padre atesoraba tanto, como para verlo todos los días de su vida.
No sé si es propio de él, lo que sí tengo la certeza, es que él lo escribió con su propia máquina de escribir, dice así: “Tiene poder, quien además tiene la razón. Si se tiene el poder y no se tiene la razón, de poco sirve el poder, y si se tiene la razón y no se tiene el poder, de nada sirve tener la razón”.
Tristemente, con su muerte física, mi padre comprobó la veracidad de este pensamiento filosófico, pero su gesta y sus valores trascendieron de forma imperecedera. En cambio, quienes por décadas tuvieron el poder y lo usaron sin tener la razón, de poco les valió, porque con el paso del tiempo inexorablemente lo perdieron todo. La historia nos enseña, cada vez con más frecuencia, como dictadores que un día tuvieron un poder absoluto, lo pierden todo, hasta la misma memoria de sus pueblos, porque cuando tuvieron el poder, no hicieron nada por tener la razón.
El escritorio regresando quebrado a su origen, a su punto de partida, es otra forma de validación de este pensamiento, tan profundo de mi padre, que siempre ha sido para mí tan enigmático, como premonitorio.
¿Por qué estaba allí ese pensamiento, que fue tecleado con su máquina de escribir, como para recordarse cuál sería su destino, su martirologio? También pudo estar allí para reconfortarse, con la certeza de que el poder sin la razón, no tardaría mucho.
Y para los políticos que buscan alcanzar el poder hoy en día y en cualquier sociedad, la enseñanza es que siempre deben combatir asidos a la razón, no obstante aún aquellos que únicamente tienen la razón, ella por sí misma, no será suficiente para alcanzar el poder.
El autor es diputado por la Bancada Democrática Nicaragüense.
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A