El filósofo Karl L. Popper (1902-1984) escribió en su libro La sociedad abierta y sus enemigos , que toda comprensión profunda de la vida social “debe basarse en la contemplación e interpretación de la historia humana”. Popper nació en Austria y en su juventud militó en el socialismo, pero muy pronto se desilusionó y abrazó el pensamiento liberal. Y cuando su país fue anexado a Alemania por Adolfo Hitler, emigró a Inglaterra y se hizo súbdito británico.
Señala Popper que quien “comprende el significado de la comedia representada en el escenario histórico y las leyes que rigen el desarrollo histórico será capaz de predecir las evoluciones futuras de la humanidad. Podrá, asimismo, dar una base sólida a la política y suministrarnos consejos prácticos acerca de las decisiones políticas que pueden tener éxito o que están destinadas al fracaso”.
Se refiere Popper a lo que se conoce como previsión científica, o sea la capacidad de prever el rumbo de los acontecimientos históricos a base del análisis riguroso de la situación del momento y sus antecedentes.
Pero se trata de predecir, no de adivinar. Se conoce que desde los albores de la sociedad y la civilización humana, la gente se ha interesado por conocer el futuro, tanto de la vida personal como del acontecer político y social. Por eso en las culturas originarias del Medio Oriente, Grecia y Roma, los oráculos y los adivinos desempeñaron un rol de primera importancia, tanta como la de los reyes y emperadores, caudillos militares y filósofos.
Homero narra en el mismo Canto I de La Ilíada, que cuando las huestes aqueas (griegas) que durante diez años habían sitiado a la ciudad de Troya, estabn siendo diezmadas por una peste enviada por Apolo como castigo, Aquiles propuso en una asamblea de jefes que se consultara qué hacer a Calcantes, “el mejor de los augures, el que conocía lo presente, lo futuro y lo pasado, y había guiado las naves aqueas hasta Ilión (Troya) por medio del arte adivinatorio que le diera Febo Apolo”.
Además de Calcantes, se menciona en la mitología griega a otros eminentes adivinos, como Tiresias, Casandra, Herófila, Idmón, Heleno y Deífobo. Sin embargo estos eran solo los más famosos. Adivinos había en todas partes, pues ninguna decisión importante se tomaba sin consultar los oráculos —o sea la voluntad de los dioses— y los adivinos.
Se atribuye al rey legendario de Roma, Numa —quien se supone vivió entre los años 715 a 673 antes de Cristo—, haber establecido la institución del sacerdocio. Pero los sacerdotes eran para dirigir los rituales religiosos, ellos no podían conocer los designios de los dioses. De manera que fue necesario que hubiera personas que tuvieran el don de la adivinación y la capacidad de interpretar y transmitir los designios de los dioses, para transmitirlas a los comunes mortales.
Augures y arúspices se llamaban los adivinos en la antigua Roma, y su importancia era igual que en Grecia y demás pueblos de la antigüedad. Los augures eran los más importantes, pues podían conocer la voluntad de los dioses observando el vuelo de las aves o el comportamiento de las gallinas sagradas. En tanto que los arúspices analizaban las entrañas de animales muertos, para cumplir la misma función, solo que en asuntos menores.
Los augures y arúspices eran los adivinos en la antigua Roma, y su importancia era igual que en Grecia y demás pueblos de la antigüedad. Los augures eran más importantes, pues podían conocer la voluntad de los dioses observando el vuelo de las aves o el comportamiento de las gallinas sagradas. Los arúspices analizaban las entrañas de animales muertos, para cumplir la misma función, solo que en asuntos menores.
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