Posiblemente el nombre de Claus Gundrum, no le es familiar a los nicaragüenses. No tiene por qué serlo.
Se trata de un ciudadano alemán de 69 años que en vez de quedarse disfrutando de su jubilación en sus país o en algún lugar del continente europeo decidió recorrer América utilizando una motocicleta y conocer y disfrutar del clima y el paisaje que no tenía en su región.
Por los infortunios del destino, un día, de esos aciagos en la vida de algunas personas, ingresó a Nicaragua por El Espino con tan mala suerte que en la frontera, en vez de una aguja metálica o de madera, debidamente pintada que demarcara el límite de entrada y salida, había un mecate una simple cuerda.
El motociclista, descuidado o animado de ingresar a un nuevo país no se percató del obstáculo y se estrelló contra la cuerda cayendo al piso siendo arrastrado por su vehículo varios metros provocándole graves fracturas que posteriormente le ocasionarían la muerte en un hospital de Somoto.
No se trata del relato de una simple nota roja. Se trata de graficar cómo por la falta de un instrumento de migración o aduana que en cualquier país civilizado debe reflejar algo visible, perceptible y formal aquí teníamos un simple y vulgar mecate.
¿Qué costo tiene una aguja aduanera de metal o madera para utilizarse en las fronteras? Quizás el equivalente del valor de dos pasaportes, o una hora de alquiler de las grúas gigantescas utilizadas para adornar la plaza de La Fe en la celebración del 19, o menos de un día de iluminación de los árboles de Navidad en las rotondas de Managua.
El mecate pareciera representar el símbolo de la improvisación, el desorden, y la corrupción en un país donde mientras hacen falta medicinas, camas, alimentos y personal en los hospitales públicos, pupitres y maestros en las escuelas, fondos para la reparación de los manjoles en las calles, iluminación, agua y alcantarillado en los barrios pobres, y otras demandas; se gastan miles de córdobas en actividades partidarias como el Repliegue, los árboles de la Navidad eterna en las rotondas, la remodelación y la movilización del 19, los rótulos gigantescos de la familia presidencial, y otros lujos y derroches que contrastan con las verdaderas necesidades de la población.
No sabemos cuántos mecates están siendo usados para delimitar las fronteras y si la familia del ciudadano alemán estará resignada y tranquila al saber que su trotamundos murió al estrellarse contra una cuerda que servía de límite en una frontera internacional, y que agonizó solo y abandonado en el piso, porque tardaron horas para llevarlo a un hospital donde quizás antes de morir se preguntaba, por qué un mecate tuvo que ser la diferencia entre la vida y la muerte.
Sin alguna vez su familia, sus vecinos o sus amigos no habían escuchado hablar de Nicaragua, ahora sí tendrán noticias de ella y se preguntarán qué significará el slogan de “Socialista, Cristiana y Solidaria”. El autor es periodista y escritor.
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