Róger Almanza G.
Su brazo ya está acostumbrado a las agujas aunque a pesar del tiempo les sigue teniendo miedo. Solo respira profundo y no ve la pinchada, siente el piquete y solo dice “auch”. La sangre empieza a salir poco a poco y la bolsa, que cada tres meses llena, empieza a recibir ese líquido rojo que podría salvarle la vida a alguna persona en cualquier lugar del país.
Su nombre es Miguel Ruiz y se ha convertido en el hombre nicaragüense que más donaciones de sangre ha realizado en Nicaragua. Su libreta apunta 106, y este 12 de julio sumará una más, en sus 33 años como donante voluntario de la Cruz Roja Nicaragüense.
Pasa la mañana sentado en una silla de plástico a la par de una mesa manchada de tinta y pintura, ahí con una calculadora, de grandes números, saca las cuentas de los gastos del hogar, don Miguel a sus 63 años es contador jubilado, pero ahora, el ser donante de sangre lo siente como su mayor profesión.
En la misma mesa, permanece una enciclopedia, ahí descubre la diferencia entre una organización, una institución y una fundación. Necesita saberlo para ir donde el abogado que dará punto de partida a su sueño.
Un sueño compartido con otros donantes como él. Fundar una instancia de donantes voluntarios de sangre en el país.
Don Miguel, con cara de bonachón y esos gestos de buen abuelo, donó sangre por primera vez en noviembre de 1979. Lo hizo por ayuda a un amigo que la necesitaba, desde entonces ha continuado con la labor de donar sangre para la Cruz Roja.
“Esa vez entendí que donar sangre es donar vida. Que todos deberíamos donar sangre porque no sabemos en qué momento seremos nosotros los necesitados y sobre todo, esa vez descubrí la sensación de que podés salvarle la vida a alguien o mejorarle la calidad de vida a una persona”, dice don Miguel con ese entusiasmo de que el mundo lo escuche.
Su segunda donación la hizo el 12 de diciembre del mismo año, en ese corto tiempo había descubierto que donar sangre era una labor humana.
Cada año, don Miguel visita en cuatro ocasiones la central de la Cruz Roja, misión que solo interrumpió en 1990 cuando tuvo que emigrar a Costa Rica, donde permaneció dos años. Pero a su regreso reactivó su labor y hasta hoy no se ha detenido.
Ahora trata de inculcar en su familia el valor de donar sangre y aunque solo una de sus hijos es donante voluntaria, no pierde la esperanza de conquistar a los otros dos.
Su familia está consciente de la pasión que don Miguel tiene al donar sangre. Su esposa, doña Maritza Martínez, con la que lleva 40 años de matrimonio, sabe lo importante que es para él lograr su proyecto, y aunque ella no es donante, lo apoya.
Su voz la ha llevado hasta algunos diputados de la Asamblea Nacional, y comenta que algunos le han dicho que podrán apoyarlo en esta misión.
“Sería un gran trabajo, además de sensibilizar a la gente, conseguir recursos para que tengamos un excelente banco de sangre para todo el país”, dice don Miguel.
Miedos y mitos
“De que duele pues duele un poco pero solo es un momento, vale la pena si piensas en que vas a ayudar a alguien”, dice don Miguel, quien asegura que la mano de la enfermera tiene que ver con el dolor.
“Una de esas veces vi que estaba atendiendo una enfermera bien guapa, joven y bonita, yo me fui donde ella… casi me mata. No me encontraba la vena y me pinchó varias veces… desde entonces solo elijo a la más viejita, esas que tienen más experiencia”, recuerda.
Pero su experiencia como donante va más allá del temor a las agujas. Estuvo a punto de desistir cuando se enfrentó a las preguntas de las enfermeras, quienes querían saber de todo.
“Que si he estado con homosexuales, si tengo tatuajes o si salgo con prostitutas… da pena tener que contestar eso”, recuerda don Miguel, quien a toda pregunta respondió no.
La entrevista se la siguen haciendo, 22 preguntas en total. Son más que cuando comenzó a donar sangre, pero asegura, que lo toma con más calma.
“La gente que no quiere donar sangre creo que es por mala información, porque hay quienes creen que al donar se van a engordar y en el peor de los casos, creen que hasta pecado es. Nada que ver”, afirma don Miguel.
Donante hasta el final
Es contador de profesión, labor que realizó durante 25 años, hoy ya es jubilado.
Sus estudios los logró gracias a su madre, una mujer que pudo conocer cuando cumplía sus 16 años y por primera vez en su natal Isla de Ometepe, su tío le dio la dirección de su mamá.
“Nunca había salido de la isla, pero necesitaba conocer a mi madre. Cuando la vi me emocioné, era una mujer guapa… solo recuerdo que mi primer pensamiento fue que por fin ya tenía mamá”, recuerda don Miguel.
Es un recuerdo que guarda celosamente en su corazón y habla poco de ello. Pero desde que conoció a su madre no la dejó. A su lado aprendió a leer, su mamá lo inscribió en las clases del “Zorro”, un profesor famoso en el sector, que preparaba a los chavalos para terminar la primaria.
En esa escuela improvisada en una casa, colgaban de una pared varias tajonas, cada una respondía a cada uno de los estudiantes que ahí llegaban, pero a Miguel, jamás le tocó estrenar la de él.
Los últimos cincuenta años de su vida los ha vivido en Managua, la ciudad donde sembró sus tres retoños y piensa envejecer con su esposa, y disfrutando de cómo crecen sus seis nietos, a quienes el mensaje de ser donante voluntario ha calado más que en sus propios hijos, y don Miguel está seguro que en ellos, sus nietos, está heredada la labor de donar vida, al donar sangre.
Ahora mientras continúa sacando cuentas de los gastos familiares y se reúne con otros donantes para formar la que cree será una fundación, espera pacientemente una semana más para hacer su segunda donación del año, quizá una de las últimas, pues ya está muy cerca de la edad tope para donar sangre, dos años más y cumple 65 y de acuerdo con los requisitos, después de ese cumpleaños, también será un donante jubilado.
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