Hoy Nicaragua camina sin escuchar los ecos de su pasado, rebotar en los farallones de su historia. Hay una impresionante ingenuidad de niños que ignoran el pasado, no recuerdan cómo Somoza y después Ortega destruyeron el país. Niños que no han vivido un exilio, una guerra, un luto. Niños que no aprendieron las lecciones de su madre historia. Niños que duermen solos, oyendo la lluvia, porque su madre historia se fue a prostituir desde la noche hasta el Alba. Niños cuyo futuro será el eco de su pasado si no se restaura la democracia y el Estado de Derecho.
Era yo un niño cuando abrí LA PRENSA y mataron a Pedro Joaquín Chamorro. El pueblo ardió en llamas contra la tiranía de Somoza, hasta dejar a Ortega en el poder, esa tiranía pseudo-marxista que en solo diez años destruyó Nicaragua. El córdoba valía mucho menos que un grano de cacao. La industria en ruinas. Murieron líderes empresariales, profesionales, periodistas, miles de campesinos en el norte, indígenas en la costa. Murieron cobardemente, en su casa o emboscados. Decenas de miles quedaron huérfanos y no tendrían la miseria que hoy viven si sus padres estuvieran vivos.
Se enseñó el odio de clases. No se enseñó que en el espíritu de este pueblo no debe existir clases rica ni pobre, sino solo una clase: la nicaragüense. Al tirano le conviene el odio de clases. Echó de Nicaragua talentosos profesionales, quienes con sus propiedades robadas tuvieron que empezar de cero en el exilio. La dictadura ocupó empresas, lotes, fincas, casas, lo que fuera. Les siguió el éxodo del pueblo: cientos de miles han cruzado el río San Juan al sur, y al norte miles de espaldas mojadas. El resto se quedó soportando estoicamente su pobreza y sometimiento. Hoy, hay más de un millón de emigrantes nicaragüenses en Estados Unidos y Costa Rica de quienes dependen millones aquí que reciben remesas. En un Estado de Derecho, todos esos nicaragüenses tendrían derecho al voto.
Muchos olvidan la historia y solo ven el país restaurado por los partidos democráticos. Nicaragua se levantó en 1990 cuando Violeta Chamorro y los gobiernos que siguieron ganaron en elecciones libres. La Nicaragua de hoy se la debemos a los que dieron su vida por la paz, la democracia, la institucionalidad. Tenemos todavía el 44 por ciento del pueblo en pobreza extrema. Era tiempo de un desarrollo socialmente sostenible, de financiar los sistemas cooperativos de base familiar. Era el tiempo de financiar pymes, de construir la base social. De atraer inversión, empleo y trabajar con la cooperación en salud y educación.
Con el fraude del 6 de noviembre de 2012 se destruye la democracia y se impone un dictador que somete de nuevo a Nicaragua. Sus esbirros electorales aplastan a diario al PLI, se dejan $$50 millones al año. Deja al país sin cooperación y la de Venezuela es para su familia. Promete ahora el gran canal, el viejo cuento nacionalista que confiscará propiedades en el sur. Al final, dirá que la culpa del nuevo fracaso es el imperialismo de Estados Unidos
Las lecciones de nuestra madre historia que parece no hemos aprendido: Que la paz y la democracia sostenida, no una dictadura fascista, son lo que necesitamos para crecer. Y que no debemos odiarnos por ser de diferentes “clases”. Esas diferencias desaparecen con salud, educación y el mejor proyecto social, que es el empleo. Si no aprendemos del pasado lo repetiremos.
El autor es ingeniero
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