Mauricio Diaz
“El propósito final del Estado terrorista es crear situaciones de intimidación, que buscan “producir” un sujeto aterrorizado, inmóvil, retraído, exiliado en su interior. Una sociedad de ciudadanos intimidados es el ideal del sueño totalitario, no del democrático que más bien necesita de sujetos inconformes, rebeldes, participativos”.
(Edelberto Torres Rivas: Revoluciones sin cambios revolucionarios)
Hay quienes creen que Estados terroristas son exclusivamente algunos islámicos que desde el poder promueven, prohíjan y se dedican a atentar contra el mundo occidental y cristiano por razones religiosas o de fundamentalismos civilizacionales (Huntington). No, hay otros que llamándose democráticos, cristianos y/o solidarios, ubicados en el hemisferio occidental, destruyen por vías “terroristas institucionales” los avances democráticos y libertarios de nuestras naciones.
¿Nos llevaron a los nicaragüenses a esta etapa? ¿ Estamos ya en esta situación?
Si nos atenemos a la incapacidad e inmovilidad social, a la anomia y al letargo que caracterizan a este país al día de hoy, podríamos concluir que esta ya es una nación políticamente mediatizada para decirlo en lenguaje de las ciencias sociales, castrada, para decirlo a lo nica. En el lenguaje oficial le dicen “paz social”.
La democracia agónica y las libertades anémicas, otorgadas a cuenta gotas y como concesiones gratuitas del dictador. Cuando él quiere, no cuando la sociedad lo demanda. Cuando la sociedad lo demanda usa la turba, la eliminación física del adversario, o la cooptación “numismática” que gracias a los petrodólares de Chávez ha resultado la mejor arma para desarmar “opositores” y competidores en la economía de mercado, del capitalismo salvaje que caracteriza esta paradoja de gobierno híbrido, Jekyll y Dr. Hyde irresoluto.
Una nación que ya se acostumbró a que la manoseen, a que en sus narices esquilmen sus derechos, que la asalten, la violen y la roben, y hasta parece que lo disfruta. El olvido, producto de una cortísima memoria histórica, es el caldo donde se alimentan los sinvergüenzas (“Los riales quedan, la mala fama pasa” continúa siendo la piedra filosofal de la corrupción).
Se hacen bromas de los nuevos ricos y de su habilidad para insertarse en el nuevo paisaje de la nueva correlación socioeconómica, como que siempre han estado allí. Como se dice popularmente “escupiendo en rueda”. Disfrutando de la “dolce vita” o recorriendo países “exóticos” en aeronaves particulares, mientras este pobre pueblo ese de las rotondas, de limosneros y minusválidos, no establece relación alguna entre su condición paupérrima y el latrocinio que los esquilma.
Que ya aceptó pasivamente que nazca una nueva dictadura en su reiterativa modalidad neopatrimonial, donde el dictador se reconoce por el “uso prosopopéyico del mando y por la búsqueda vitalicia del mismo” (Torres Rivas). Todos los síntomas y las señales apuntan a la reproducción de ese poder neopatrimonial, familiar, dinástico y, si nos descuidamos, hereditario y, eventualmente, (pretendidamente) vitalicio.
Cuando desde el Estado se atenta contra derechos humanos básicos, como el derecho al trabajo, cuando desde el Estado se persigue a alguien por su militancia política y, además esa persecución se extiende a los familiares y amigos, se está configurando un Estado terrorista que no hace diferencia entre su deber institucional y su uso instrumental particular. El deber del Estado democrático y moderno es exactamente lo contrario: ser la balanza en el conflicto social y no devenir en “un instrumento de dominación de una clase sobre la otra” al mejor estilo del comunismo más atrasado. Pero en Nicaragua aún no termina de definirse este nuevo Leviatán, lo más grave, a la vista y paciencia de quienes se definen como demócratas y, más grave aún, a la vista y paciencia de organizaciones, gobiernos y representantes del mundo civilizado que complacientemente han asumido el laissez-passer como consigna.
Aún es tiempo de evitarlo.
El autor es diputado socialcristiano del Parlamento centroamericano.
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