Hordell y el amigo

Conversando bajo la sombra de un frondoso árbol del parque central de la ciudad dijo su amigo a Hordell: “Y el pasado ya derrotado sin gloria, a pesar de su bravura legendaria, los caminos enmudecieron con vista de halcón viendo pasar y pisotearlo por un bien”, contestó Hordell: “Este tiempo no protesta, tiene que soportar el paso de todos”. Señaló el amigo: “Este nunca reclama, siempre está en silencio como paralizado, siendo útil camino del tiempo para todos. En ese momento caía un riendazo de agua en la ciudad.

Bayardo Quinto Núñez

Conversando bajo la sombra de un frondoso árbol del parque central de la ciudad dijo su amigo a Hordell: “Y el pasado ya derrotado sin gloria, a pesar de su bravura legendaria, los caminos enmudecieron con vista de halcón viendo pasar y pisotearlo por un bien”, contestó Hordell: “Este tiempo no protesta, tiene que soportar el paso de todos”. Señaló el amigo: “Este nunca reclama, siempre está en silencio como paralizado, siendo útil camino del tiempo para todos. En ese momento caía un riendazo de agua en la ciudad.

Hordell bajo el torrencial aguacero daba sendos sorbos a un refresco de coca cola que le había invitado el hombre más pinche de la ciudad, su amigo, y le dijo: “El hombre que acepta su soledad, acepta su agonía, y esa locura de la razón es la que forja la posibilidad que discute el delirante péndulo que oscila entre lo científico de ambas profesiones que realizamos”. El amigo saboreando un té de manzanilla y un hermoso puro tipo habano le contestó: “La locura habla o más bien discute, aún cuando presenta tonos paranoicos, se acerca más por su fragmentarismo a la esquizofrenia como triunfo de la subjetividad”.  Y así cuando se encontraban los amigos dilucidaban sus dimes…

Vino el maestro tiempo con su don de amo y señor les dijo a ambos “amigos científicos”: “La única recompensa es el agua que me alimenta y los transeúntes me alegran, animan con su caminar y sus dimes que escucho  sobre mi cuerpo que milenariamente los he soportado”. Los dos amigos tuvieron el honor de lograr escuchar la voz del tiempo.  “Pero ni modo, qué hacemos, pues nada”, contestaron los dos “amigos científicos”. Eran como dos verdaderos locos hablándole en voz alta al tiempo imaginario en sus mentes.

En otras ocasiones, en una de muchas pláticas Hordell le dijo a su amigo: “Las noches son espléndidas y los días bárbaros; fui el primero de los que se levantaron en la rebelión celestial”.  Pero qué barbaridad está diciendo Hordell, pensaba para sus adentro el amigo, y le contestó: “Los humanos vamos camino al infierno o al cielo de la mano de Dios y los pies de todos los diablos como pago a las ingratitudes cometidas”. Hordell se quedó estupefacto, y le contestó: “Ir al cielo o al infierno es igual, la diferencia es la jurisdicción, pero siempre es vida”. El amigo médico lo inquirió con ironía tremenda: “Acostumbran a juzgar al prójimo sin saber juzgarse a sí mismo, Hordell tú mismo has expresado tu propia verdad y condenado, y, estás en todo tu derecho, te felicito por ser sincero contigo mismo”. Hordel se quedó atónito y enmudeció para la eternidad. Y el amigo médico que en ese momento degustaba una comida deliciosa: “Cerdo asado con maduro frito y una buena moronga”, se mordió la lengua, lo llevaron al hospital, la lengua se le había partido en dos tucos, y al igual que Hordell quedó muuuudo.

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