Por: Moisés Martínez
Las mujeres administran mejor el dinero. Aunque dicen que ninguna verdad es absoluta, esta probablemente se acerca a serlo. No en balde el Premio Nobel de la Paz y padre del denominado banco de los pobres, Muhammad Yunus, ha sido claro y directo en afirmar que la clave del éxito de su iniciativa es que esta se sostenga en la confianza hacia el buen uso del dinero que hacen las mujeres. “Son mejores luchadoras contra la pobreza que los hombres”, dijo en una entrevista al diario español El País en 2006, año en que recibió su reconocimiento en Estocolmo.
El porqué de esta capacidad notable de administración financiera de las damas es parte de sus simpáticos misterios. Pero, lo que si descubrí y experimenté en carne propia es que entre ellas existe una especie de pacto secreto a nivel universal, un pacto que diría algo así, “tal vez puedas meterle gol a los hombres, pero a mí no”.
A mediados de Semana Santa, mi novia me pidió que comprara algunas cosas para una pequeña celebración que íbamos a tener en casa. Mientras me detalla la lista, me dice burlescamente que tenga cuidado con que no me quieran vender las cosas más caras de lo que están. Con la clásica actitud machista que nos gastamos de pensar que nos las sabemos todas, le respondo que no sea exagerada, que ni que fuera.
Los hombres normalmente no andamos preguntando y repreguntando por las cosas. Vemos lo que buscamos, y si nos interesa, lo compramos. Pero en este caso la advertencia de mi novia pasó por encima de mi naturaleza. Pregunté en cinco tramos del mercado Israel Lewites por lo que sería el producto principal de nuestro pequeño convivio (corvina para hacer cebiche, y resto de ingredientes). En todos fui atendido por unas alegres y ruidosas señoras, quienes me decían el mismo precio, tal vez en un par de veces me ofrecían una pequeña rebaja de cinco córdobas. Era lo más.
No quería meter las de andar y de paso rendir mi rey ante mi novia. Pero no tuve otra. La llamé y le dije los precios que me ofrecían. Su primera respuesta fue una sonora carcajada. “Jajajajaja…sabía que te iban a querer reventar. Si es que todo el mundo sabe que los hombres no saben comprar, que no tienen ni idea de lo que valen las cosas, más en los mercados jajajaja…la gente es bandida. Si cuando yo fui antier eso valía 20 pesos menos”, me restriega.
Herido en mi orgullo, le respondí que no importaba, que yo pagaba los 20 pesos extras. Ella sacó su lado cariñoso y me dijo que no era necesario, que se iba a hacer cargo de las compras. Son tiempos de crisis y cada córdoba cuesta.
Lo que no supo en ese momento es que yo me decidí a hacer un pequeño experimento. Dos amigos de mis andanzas de bohemia, que son los que duran para toda la vida, fueron encomendados por este su servidor para que al día siguiente preguntaran por las mismas cosas, en el mismo mercado, y en el mismo sector en donde yo había estado a punto de ser esquilmado. La idea primaria que era comprobar si acaso yo tenía cara de tonto, y por eso me querían dar batazo. La segunda era verificar si acaso los precios variaban cada día, y que por ende a mí me había tocado el día malo.
Para mi tranquilidad, no era un problema de mi cara (aparentemente). De acuerdo el reporte de mis bróderes, los precios ofrecidos eran los mismos que me habían dicho a mí, con algunas ligeras variaciones. Sin embargo, un día anterior, mi novia y yo celebramos la velada con las compras que ella hizo. Todo lo compró a un precio menor de lo que me habían ofrecido. Haciendo a un lado la falta de rigor e informalidad de mi pequeño experimento, para mí era evidente que en asuntos de regateo en los mercados, los estrógenos son mucho más eficaces que los andrógenos. O es eso, o es que ese pacto universal femenino es una realidad, y los machos son absolutamente ajenos a este.
Sea como sea, la eficiencia de las mujeres en el manejo de la economía del hogar es algo que no solo se limita a su mayor rigor para examinar y verificar la calidad de los productos y es que de hecho ellas sí gastan en lo verdaderamente necesario. También están más al tanto de lo que valen las cosas, y dominan a plenitud el arte del regateo. En el mundo de las compras en los mercados, esto es clave para alargar el poder adquisitivo de tu dinero. Ah claro, también que quien pregunte y negocie con la alegre y ruidosa señora sea otra dama. Porque si las compras terminan siendo cosas de hombres, pues el pacto secreto de las mujeres nos va a reventar. Ninguno de nosotros se salvaría de que nos vean la cara de tontos. Para evitar esto, mejor solo nos dedicamos a cargar los sacos con las compras. Que sean ellas las que hablen.
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