LA PRENSA/ARCHIVO.

El Club Managua

Los usos del club eran diversos, tertulias, fiestas oficiales en septiembre y diciembre, primeras comuniones, cumpleaños, piñatas, eventos y convenciones.

Róger Fischer S.

Los usos del club eran diversos, tertulias, fiestas oficiales en septiembre y diciembre, primeras comuniones, cumpleaños, piñatas, eventos y convenciones.

Por las tardes se armaban las tertulias de los socios habituales, se jugaba al billar, se pedían las repochetas más sabrosas de Nicaragua y en las noches ocurrían los juegos de cartas como póquer y 21 que jugaban casi diariamente el doctor René Schick Gutiérrez, aún siendo presidente de la República en una mesa integrada por Carlos Hüeck, quien fue ministro de Hacienda; don Julio Lalinde, desarrollador de varios barrios de Managua como Altagracia y Monseñor Lezcano; don Victorino Argüello Manining, prestigioso elemento de aquella época; Lazlo Pataky, periodista como él se hacía llamar y otros elementos afines como Rafael Huezo, extitular de Hacienda también.

De los últimos presidentes recordamos al doctor Orlando Sevilla, quien en el ocaso del club hizo mucho por levantarlo.

En la última década de su vida, el club tendió un puente hacia el lago, pasando vía aérea sobre la carrilera del ferrocarril y ocupando un hermoso solar, que permitía celebrar simultáneamente con las instalaciones anteriores distintos eventos o fiestas.

Cerca de los años cincuenta del siglo pasado, se celebró una gran fiesta, donde asistió toda la juventud de entonces. Sentados en una mesa muy grande estábamos varios amigos, entre ellos María Amanda Rivas muy guapa, quien nos sorprendió cuando salió a bailar con un señor mayor para nosotros, quien muy ceremoniosamente la invitó, levantando el pie como un paso de ballet, ella accedió y nosotros chavalos curiosos empezamos a preguntar por el misterioso personaje que no era otro que el doctor Eduardo Montealegre Callejas, con quien contrajo nupcias y fueron personas muy influyentes en la vida social y económica del país después de fundar el Banco Nicaragüense y otras empresas vinculadas con el entonces gran capital.

Violeta Rivas Navas, esposa del caballero Humberto Carrión, ahora vive en los Estados Unidos con uno de sus hijos y por un lamentable error la habíamos puesto como fallecida en un artículo sobre San Sebastián.
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Después de muchos años el club vino decayendo con la presencia del Club Terraza heredero del Azotea y del Country Club que empezó en la Carretera Sur y terminó para la revolución al suroeste de Managua, ahora con un flamante campo de golf y unas modernas instalaciones funciona cercano a la Carretera a Masaya.

El Club Managua fue el primer escenario de las tertulias organizadas por doña Hope Portocarrero de Somoza en beneficio del Hospital del Niño. A mí como publicista de entonces me citaron para ayudarles, cosa que yo hice con mucho placer, mas no me imaginaría el enojo del presidente Somoza, quien me veía con malos ojos por cooperar con mucha fuerza en la campaña de Ramiro Sacasa en la fundación del Movimiento Liberal Constitucionalista.

Recuerdo que una noche estábamos platicando en una mesa de la terraza del club con doña Hope y llegó su esposo, sin saludar tomó asiento y me quedó viendo fijo y sin hablar media palabra, yo sentí que su presencia era intimidante, pero permanecía fijo en mi lugar, hablando con la señora y esperando que alguien más se acercara para atenuar el momento, vi el reloj de la Catedral y faltaban diez minutos para las ocho de la noche —si nadie viene me dije, alzo vuelo— gracias a Dios no faltaba quién los quisiera saludar y aproveché la ocasión para despedirme de la señora, mientras otras personas saludaban a su esposo el general.

Una de las anécdotas que más recuerdo sobre el Club Managua es la de un señor de apellido Escobar, propietario de una pensión en la Colonia Lugo, contiguo al club, quien una tarde, cuando los contertulios se mecían en sus sillas y disfrutaban del aire fresco y la plática sabrosa, veían pasar como loco desesperado a Escobar, quien a grandes gritos repetía, “¡puede ser, pero no puede ser, puede ser, pero no puede ser!” Sucede, que el día antes había sido primero de agosto, fiesta de Santo Domingo, que todos los managua celebran y que con gran entusiasmo los pensionistas, estudiantes de la Universidad Central de Managua habían disfrutado. En la pensión solo había dos servicios sanitarios, uno para los dueños y otro para los huéspedes. Un estudiante apodado “El Caimán”, llegó corriendo al baño para satisfacer sus necesidades, pero con tan mala suerte que el servicio de los huéspedes estaba ocupado. Precisado entró al cuarto de Escobar y lo encontró borracho en el suelo con el pantalón abajo y el calzoncillo puesto. El estudiante no perdió tiempo, ni le daba de llegar al baño, se sentó sobre Escobar, se zurró y le levantó el pantalón para tapar su fechoría… por eso como loco y desesperado Escobar se paseaba en la tarde del dos de agosto gritando: ¡Puede puede ser, pero no puede ser, pero entre el pantalón y el calzoncillo no puede ser! y así ante la risa de los socios del Club Managua, Escobar pasó mucho tiempo sin descubrir el misterio.

El Club Managua llegó a su fin el 22 de diciembre de 1972, cayó el edificio y sus bellas arañas de vidrio cortado y desapareció de por vida un icono que le dio prestigio y alegría a la ciudad de Managua. El terremoto terminó para siempre con un lugar fijo en la memoria del managua.

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