Por Edgard Rodríguez
En su mente, Muhammad Ali pensaba que aún era capaz de picar como abeja y volar como mariposa, hasta Larry Holmes y Trevor Berbick le demostraron lo contrario.
Sugar Ray Leonard creyó que era capaz de deslumbrar por siempre con su boxeo fino y fulminante, pero por poco pierde la vida con Terry Norris y Héctor Camacho.
El corajudo Julio César Chávez consideró que aún podía seguir a pesar de que los hechos le decían que era el tiempo de irse, algo de lo que se encargó Grover Wiley.
El boxeo está lleno de historias de talentosos pugilistas, quienes a pesar de su brillantez no pudieron, sin embargo, distinguir el momento apropiado del retiro.
Es más, para recordar esas historias no hay que ir largo. Alexis Argüello tuvo que sufrir una fractura seria para percatarse de lo obvio: que ya no estaba para continuar.
Asimismo pasó con De la Hoya, con Holmes, Tyson y Durán, solo por mencionar unos pocos, a los que —guardando distancia— agregó su nombre Rosendo Álvarez, con su regreso al ring.
Álvarez no alcanzó la estatura de ninguno de ellos, y a pesar de que actitudes suyas no fueron aprobadas por sus seguidores, es parte del patrimonio sentimental de los nicas fanáticos al boxeo.
Es por eso que ha habido preocupación al verlo otra vez sobre un ring, corriendo un riesgo innecesario, cuando debería estar sentando las bases para otra actividad que le asegure su futuro.
Rosendo aún es bravo y en el ring defiende cada centímetro de territorio con su vida si es necesario, pero ya no tiene la movilidad ni los reflejos, ni las reacciones ni la potencia de antes, aunque él crea que siguen con él.
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