Con frecuencia se dice que uno de los grandes problemas de Nicaragua es la falta de liderazgo político. A eso se debe, supuestamente, que el país esté en la situación deplorable en la que se encuentra actualmente. Aunque esto es relativo porque la situación es buena o mala según como se mire: desde la perspectiva de quienes detentan el poder y sus asociados, o la de sus víctimas, que son la mayoría aunque muchos no tengan conciencia de su propia desventura.
Sin embargo la situación desventajosa y en muchos casos angustiosa, que sufren los nicaragüenses que no forman parte del llamado “pueblo presidente” integrado por los partidarios y socios del régimen orteguista, no es por falta de líderes sino más bien por exceso de liderazgo, que ha degenerado en caudillismo.
En Nicaragua sobran los líderes. Daniel Ortega es líder no solo de su partido sino de una gran parte de la población humilde de Nicaragua. Pero precisamente por su liderazgo desmesurado y reaccionario Ortega tiene al país sometido a un régimen autocrático. Por su parte, Arnoldo Alemán ha sido el líder más fuerte que ha tenido el liberalismo después de los Somoza e incluso en los años noventa llegó a liderar a prácticamente toda la población democrática del país. No obstante, por su exceso de liderazgo y su desmedida ambición Alemán negoció la democracia con Daniel Ortega y le entregó el control de todos los poderes del Estado. De manera que líderes como esos sería mejor que no los hubiese en Nicaragua.
El problema es que, si fuese cierto como dicen los historiadores, sociólogos y politicólogos, que los líderes son indispensables para movilizar al pueblo a conseguir sus grandes objetivos ( no solo los económicos y sociales sino también los republicanos, o sea las condiciones de la libertad y las instituciones y normas de la democracia), ¿cómo hacer entonces para que la gente escoja y siga a líderes auténticos, no a caudillos malandrines?
Los mismos expertos, ya sean prácticos o académicos, señalan que el liderazgo surge de la intuición que debe tener un dirigente de las reales expectativas dominantes en la gente, en un momento determinado, aunque esas expectativas estén diluidas y soterradas. Por otra parte, según la definición simple de liderazgo este consiste en la capacidad natural o cultivada de una persona, para mover a la gente hacia un objetivo determinado; o sea que el líder es alguien a quien los demás reconocen como jefe y orientador. Lo cual significa que el líder debe saber motivar a la gente, influir en los pensamientos, las emociones y la conducta de los demás para que lo sigan en la lucha por conquistar un nuevo estado de cosas.
Pero en todo caso la inspiración del liderazgo se origina en el pueblo, el cual puede ser arrastrado por algún aventurero carismático pero sin escrúpulos, como Ortega o Alemán, o motivado por un líder que también tiene que ser carismático pero al mismo tiempo y sobre todo honesto y transparente. Un líder que hasta ahora pareciera estar esperando el pueblo de Nicaragua.
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