Julio Portocarrero Arancibia
Por las mañanas estudia Mercadeo y Publicidad en la Universidad Centroamericana (UCA), pero por las tardes sus sentimientos se convierten en música, cuando toca su violín. Él es Roberto Aguilar.
¿A qué edad inició tu relación con la música?
Pues cuando tenía 4 años inicié bailando folclor, pero a los 11 años empecé a cantar en un grupo de una iglesia, pero con el tiempo decidí aprender a tocar un instrumento y mi papá me sugirió el violín.
¿Qué es lo especial que tiene este instrumento?
No es un instrumento común, y considero que es uno de los pocos instrumentos que requiere de mucho sentimiento en cada pieza, para que pueda salir una buena melodía. Cada compositor clásico siempre tuvo un propósito por el cual escribió sus piezas musicales, y mi deber es entender lo que ellos quisieron dar a entender con la música.
¿Te ha ayudado en tu vida tocar este instrumento?
Pues cada vez que voy a tocar el violín hay un cambio total, me concentro en mí mismo, me olvido de los problemas, la presión a veces de las clases, y solo me
concentro en la música.
¿Considerás el violín como un instrumento melancólico?
La verdad es que no, aunque la gente me ha dicho que es un instrumento sensual, porque con él llegás a transmitir sensaciones.
¿Cómo lográs el equilibrio entre tus estudios y la música?
No sé cómo lo hago (ríe), le dedico casi siempre más trabajo a la música que a mis clases. En las mañanas trabajo con mis padres, soy además vocalista de un grupo llamado Tumbao y soy segundo violín de Soul4, un cuarteto de cuerdas. Se me hace el tiempo “de cuadritos”, pero cuando algo te gusta y te apasiona, siempre buscás cómo arreglártelas para hacerlo.
¿Y qué tipo de música producen en estos grupos?
Pues en Soul4, que es un cuartero clásico, tocamos música clásica y coral, en cambio en Tumbao nos centramos en la samba, punta y soca. Lo que hago en este último es muy distinto a lo que realizo en el cuarteto, pero considero que esa es la otra mitad de mi personalidad: alocado y divertido.
¿Qué experimentás cuando te vas a presentar en público?
Al inicio el estómago me temblaba de los nervios, el arco del violín también. Pero con el tiempo me olvidé que frente a mí tenía a un público. Ahora es muy distinto, me siento totalmente relajado y trato de transmitirles a las personas un sentimiento.
¿Y qué planeás hacer a corto plazo?
Pues estoy aplicando a una beca para ampliar mis estudios de música en México, aunque quiero probar algo nuevo allá, como el teatro.
¿Por qué creés que es importante que los chavalos se involucren en la música?
Aparte de que esta pueda alejarlos de la droga y los vicios, es algo que te mantiene concentrado en algo. Tal vez los chavalos no quieran tomarlo como una carrera —como yo—, pero te culturiza y aprendes tanto de tu propia cultura como de la de otros países.
¿Y qué le decís a la chavalada del “suple”?
Pues mi papá un día me dijo una frase: “Sonríe que los dientes no son para siempre”, con esto quiero decirles que aunque vengan miles de problemas nunca hay que perderle el sabor a la vida. Nunca hay que decir: no puedo, no sé y no quiero. Son las tres cosas que nos debemos negar para salir adelante siempre”.
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