La familia Genie Lacayo denunció públicamente que la estatua de la Virgen María, erigida en el lugar de la Carretera a Masaya, donde el joven Jean Paul Genie fue asesinado el 28 de octubre de 1990, ha sido decapitada y mutilada.
“Ya esta es la quinta vez que dañan la imagen de la Virgen del Camino, esta vez fue peor; le arrancaron la cabeza, las manos y dañaron la placa que amigos de Jean Paul pusieron”, se dice en la denuncia que fue publicada en un espacio de campo pagado de LA PRENSA, el recién pasado domingo 13 de mayo, significativamente el mismo día que la cristiandad católica celebra la festividad de la Virgen María de Fátima.
Para quienes no lo recuerdan, Jean Paul Genie, quien apenas tenía 16 años de edad, fue acribillado a balazos por escoltas militares del general Humberto Ortega Saavedra, quien a la sazón era el comandante en jefe del Ejército Popular Sandinista, el mismo que ahora se llama Ejército de Nicaragua. Aquel cobarde e injustificado asesinato quedó en la impunidad, igual que quedaron impunes muchos otros crímenes atroces que se cometieron durante la dictadura sandinista de los años ochenta y su prolongación como el violento “gobierno desde abajo” en el período democrático de 1990 a 2006.
Cuando Jean Paul Genie fue asesinado, el gobierno de doña Violeta Barrios de Chamorro no tenía control real sobre la Policía, el Ejército y los tribunales, los cuales obedecían al FSLN. Aún así, un ejemplar oficial de la Policía se atrevió a investigar de verdad el asesinato de Jean Paul Genie pero fue asesinado por un miembro del mismo cuerpo policial. El gobierno de doña Violeta pidió ayuda al gobierno de Venezuela, que en ese tiempo era un país democrático, y los investigadores de la Policía Judicial venezolana comprobaron que el joven Genie había sido acribillado a balazos solo porque adelantó con su automóvil a la caravana militar del jefe del Ejército.
Sin embargo, el caso fue remitido a la “justicia militar”, la cual, por supuesto, como era de esperarse absolvió a los autores materiales del asesinato. Fue tal la negación de justicia que durante el proceso militar se llegó a decir que la denuncia del asesinato de Jean Paul Genie era “una conspiración” contra el Ejército sandinista. Elevado el caso a la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), esta se limitó a resolver que hubo retardación y obstrucción de justicia y “condenó” al Estado de Nicaragua a pagar una irrisoria indemnización monetaria que la familia Genie rechazó con justa indignación.
El atroz asesinato de Jean Paul Genie conmovió profundamente a la sociedad nicaragüense, la cual en vano reclamó que se hiciera justicia . Y ahora, los asesinos disfrutan su impunidad ultrajando los sentimientos de la familia Genie Lacayo y la memoria de su víctima —de todas sus víctimas— con actos como la profanación del monumento sagrado que fue erigido en memoria de aquel joven mártir cuyo nombre no debe ser jamás olvidado.
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