Por Eduardo Cruz
Cuando “José Ángel” despertó estaba en una cama que no era la suya. Desnudo. Amaneció solo, pero sabía que se había acostado con una dama. Poco a poco fue recordando que estaba en la casa de un amigo y que en la noche anterior había estado consumiendo alcohol y drogas con un grupo de amigos y amigas. La cabeza le “punzaba” y sentía que el mundo le daba vueltas.
Su amigo, el dueño de la casa, entró al cuarto y lo primero que hizo fue preguntarle: ¿Loco, usaste condón? La respuesta fue no. Y la reacción de su amigo lo dejó perplejo: “A esa maje un hombre la golpeó porque dijo que lo había pegado con sida”.
José Ángel se dirigió a su casa. Los pies le pesaban toneladas. Todo lo veía como en otra dimensión. Al llegar, de inmediato llamó a un amigo doctor para contarle lo ocurrido. El médico le dijo que había que esperar al menos seis meses para hacerse la prueba y estar seguro de que el resultado es verdadero.
¿Seis meses? Ese tiempo iba a ser un infierno. Fueron seis meses de desvelo. José Ángel no podía dormir. “Fue horrible, fue horrible”, recuerda.
Cuando por fin llegó el día de hacerse la prueba, le dijeron que los resultados estarían listos tres días después. José Ángel sintió que esos tres días fueron más largos que los seis meses.
Había un rayito de luz de esperanza que le llegaba a su alma. No se sabía con certeza si tenía sida la mujer con que durmió aquella noche de drogas y alcohol. El incidente de la golpiza que le dio el otro hombre había creado la creencia de que sí lo tenía. Pero la incertidumbre lo estaba matando.
La noche antes del día de conocer el resultado fue una tortura. Comenzó a pensar qué sería de su vida. A sus 23 años nunca se había planteado en serio qué hacer con su vida, pero ahora, cuando supuestamente comenzaba a extinguirse, lo estaba haciendo con la posibilidad de que sus días se acortarán en esta Tierra. No pensaba mucho en el qué dirán, pero estaba consciente de que si todo salía mal, muchas cosas cambiarían.
En la sala de espera del laboratorio donde se hizo el examen, José Ángel consumía los últimos minutos de angustia. Junto con él estaban dos varones más y 15 mujeres. Cada paciente era llamado a una ventanilla donde le entregaban un sobre sellado. La persona salía del recinto sin abrir el sobre. Querían reaccionar en privado cuando conocieran el resultado, fuera negativo o positivo. Eso sí, salían de prisa del lugar.
Un médico se hizo presente en la sala de espera y llamó a José Ángel. “Nooooooooooooo, no puede ser, estoy pegado”, fue lo primero que pensó. El doctor lo llevó a un despacho donde comenzó, sin decirle el resultado, aquel discurso que a José Ángel le pareció más largo aún que los tres días que esperó por el resultado.
“Afortunadamente ahora hay retrovirales que ayudan a luchar contra la enfermedad… Usted tiene que ser más cuidadoso. Afortunadamente por esta vez salió NEGATIVO”, dijo el médico. Ese día, en el laboratorio, de manera aleatoria, estaban llamando a algunos pacientes para hacerles conciencia de protegerse contra el sida.
José Ángel sintió que empezaba una nueva vida para él. Ahora, asegura, antes de tener una pareja le exige que ambos se realicen la prueba del VIH.

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