Extraterrestre al agua

No es raro ver a los estudios de Hollywood compitiendo por adaptar libros o películas extranjeras. Pero hace unos años algo raro pasó. Empezaron a comprar los derechos sobre juegos de mesa. “Candyland” y “Monopoly” fueron los más cotizados. Yo me preguntaba cómo pensaban hacer una película con eso, y ahora, Battleship me trae la respuesta: deja caer un montón de extraterrestres malvados sobre dos tipos jugando, súmale aparatosas secuencias de acción y mira cómo el dinero inunda las arcas.

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Por Juan Carlos Ampié

No es raro ver a los estudios de Hollywood compitiendo por adaptar libros o películas extranjeras. Pero hace unos años algo raro pasó. Empezaron a comprar los derechos sobre juegos de mesa. “Candyland” y “Monopoly” fueron los más cotizados. Yo me preguntaba cómo pensaban hacer una película con eso, y ahora, Battleship me trae la respuesta: deja caer un montón de extraterrestres malvados sobre dos tipos jugando, súmale aparatosas secuencias de acción y mira cómo el dinero inunda las arcas.

La trama arranca como un drama de tensión filial. Taylor Kitsch y Alexander Skarsgaard son dos hermanos muy diferentes. El primero es una bala perdida. El segundo, un ejemplar oficial de marina que finalmente convence al díscolo de enrolarse. Su carrera es menos que estelar, pero todo cambia cuando unos pacíficos juegos navales internacionales en la costa de Hawai se ven interrumpidos por una hostil invasión extraterrestre.

La película chorrea nostalgia por épocas pasadas. Hasta el póster tiene un diseño “retro”. La tecnolujuria militarista es puro “Top Gun” de los belicosos ochenta. Aunque se cuece una rivalidad con un militar nipón, los japoneses ya no pueden ser villanos designados, así que el extraterrestre antropomorfo se convierte en un villano ideal: nadie se ofende cuando le patean el trasero. Las naves invasoras cambian de forma al mejor estilo de los “Transformers”. Y la participación de navío US Missouri y su tripulación de veteranos de la Segunda Guerra Mundial saca a luz la añoranza por esos tiempos engañosamente simples en que sabíamos quienes eran los buenos y los malos.

Nada de esto es, necesariamente, malo. Derivativo quizás, pero malo no. El problema está en que el director Peter Berg adopta el estilo caótico de Michael Bay, y a veces lo supera. Berg escenifica situaciones límite y no las resuelve. Dos soldados quedan atrapados en la quilla de un barco que se hunde al mejor estilo del “Titanic”. “¡Tenemos que saltar!”, dice uno… y cortamos a los dos sujetos en un bote salvavidas. Esto no es economía narrativa. La puesta en escena y edición enfatizan la progresión dramática. Es puro déficit atencional. Y así, la película desecha situaciones y personajes en su afán por crear un huracán de explosiones. La mejor escena es la más silenciosa. Los aliados usan ondas de radio emitidas por boyas para convertir la pantalla del radar en una grilla que les permite ubicar y disparar a las naves invasoras, al mejor estilo del juego original.

Entre todo el caos, al menos sobrevive algo del elemento humano. Kitsch es carismático en su papel. Sin duda, se beneficia de la relación que construyó con Berg durante los cinco años que trabajaron juntos en la serie de TV Friday Night Lights . Lástima que esta película no esté al servicio de su talento. Él es solo una pieza más en un juego mecánico y desinspirado. Liam Neeson cimenta su reputación de jornalero como el jefe de la flotilla. La cantante Rhianna, en su debut como actriz… pues, digamos que es convincente cuando corre en cámara lenta.

A la par de este esperpento, Los Vengadores gana estatura. Batalla Naval es larga, ruidosa y aburrida. Tiene tan pocas municiones, que no hay razón para que dure más de dos horas. En realidad, no hay razón para que exista del todo. Si la favorece con su audiencia, espere en un par de años “X-0: La Película”… con extraterrestres.

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