Cuando hablamos de caridad, pensamos en el viejito a quien damos una limosna; pero esto no es propiamente caridad, ya que su definición exacta es amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo por amor a Dios, pues esto va más allá del simple dar. De manera que si a algún indigente damos una limosna por amor a Dios, entonces sí es caridad: “un vaso de agua —dice Jesús— que des en mi nombre, tendrá su recompensa en el cielo”.
Caridad dista mucho de filantropía, que es ayudar a otros por humanidad sin pensar en Dios, no porque los filántropos sean ateos o irreligiosos, sino porque su motivación es normalmente encomiable. Existen por ello muchas organizaciones humanitarias dignas de imitación.
La caridad es trascendente porque se desprende del mismo Dios, viene de Él y a Él retorna con nuestros auténticos actos de amor realizados por Dios:
Esta virtud tiene sus grados:
1. Respeto elemental que todo ser humano debe profesar a otro, incluyendo a los animales y a la naturaleza.
2. Amabilidad y buen trato hacia cualquier persona, sin importar raza, credo político o religioso.
3. No causar daño —bajo ningún motivo— a criatura alguna, por muy enemiga que esta sea.
4. Hacer el bien a quien lo necesita, dentro de nuestras posibilidades, entrando aquí el precepto de Jesús: “Haz a los hombres como quieras que hagan contigo”.
5. No olvidar tampoco la frase contundente de Confucio: “No hagas a los demás, lo que no quieres que te hagan a ti”…
6. Y arribaremos a la sublime caridad de dar alegría y felicidad sobre todo a los que nos rodean, proporcionándoles simplemente aquello que de antemano sabemos les hace feliz y evitándoles hacerles cualquier daño.
Hay personas que disfrutan haciendo sufrir a otros con aquello que saben les agravia o perjudica. Estas desconocen totalmente el cristianismo o el sentido humanitario.
Jesús ejerció la sublime caridad. Cuando su madre le preguntó por qué se había quedado en el templo, no respondió “No se metan en mi vida”, sino más bien: “Por qué me buscaban, ¿no saben que tengo que ocuparme de las cosas de mi padre? Y cuando iban a apedrear a la adúltera, no la increpó groseramente; con gran caridad le dijo: ¿“nadie te ha condenado”? Yo tampoco te condeno. “Vete y no peques más”.
“Y no fue menor la caridad con la samaritana”. Al manifestarle ella que no tenía marido, Cristo le dijo dulcemente: “En esto has dicho la verdad, porque cinco maridos has tenido y el que ahora tienes tampoco es tu marido”.
Jesús fue compasivo y tierno con los enfermos, hambrientos y oprimidos, ejerciendo el amor heroico y caritativo sin alardear para enseñarnos a hacer lo mismo, pero reprendió a los fariseos por su hipocresía y maldad de corazón.
Imitémosle practicando este amor olvidándonos de nosotros para satisfacer a otros en pequeños detalles al presentarse la ocasión de servir a alguien durante nuestra vida cotidiana; aligeremos el trabajo al ama de casa, obsequiemos lo que alegre al otro y no cualquier cosa por salir del paso; tengamos la paciencia de escuchar a alguien sin dejarle la palabra en la boca. Nuestros padres nos inculcaron la delicadeza, repitiéndonos frecuentemente: “A quien esté comiendo o durmiendo, jamás lo molesten ni lo interrumpan”.
Santa Juana Jugan decía: “Tratad a todos bien, tratad siempre bien, tratad de tal manera bien que Dios muy complacido os tenga que decir: “Muy bien”.
Porque en el ocaso de nuestra vida, el Señor nos juzgará por la exquisita caridad “ven al paraíso porque todo el bien que hiciste a una de mis criaturas, a mí me lo hiciste”.
¿Os parece bien practicar la caridad?
La autora es secretaria ejecutiva
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A