En una entrevista de Jan Martínez Ahrens a Mario Vargas Llosa, en el diario El País, a propósito de su último libro La civilización del espectáculo , el escritor cuenta la anécdota de un taxista peruano que explicaba su apoyo a Keiko Fujimori, en las últimas elecciones diciendo que no importaba que fuese hija de un presidente ladrón, porque Fujimori había robado solamente “lo justo”. Inmediatamente recordé el parecido silogismo que llevó a muchos nicaragüenses a votar por Arnoldo Alemán en 1996, tras la estela de corrupción dejada en la Alcaldía de Managua: roba, pero al menos hace.
“¿Qué cosa es la frivolidad? La frivolidad es tener una tabla de valores completamente confundida, es el sacrificio de la visión del largo plazo por el corto plazo, por lo inmediato. Justamente eso es el espectáculo”, afirma Vargas Llosa. Y esa inversión de valores significa, en política, anteponer la eficacia a la honradez, hacer cosas sin importar si se cumple o no con la ley y la moral; considerar, en resumen, que el fin justifica los medios. Es el reino del pragmatismo. “El político ya no debe ser honrado, debe ser eficaz. El ser honrado parece una imposibilidad connatural al oficio”, afirma el novelista; y advierte: “Si vamos a pensar eso entonces la cultura democrática no tiene sentido y a la corta o la larga va a desplomarse también”.
Sociedad y cultura de la frivolidad, de la degradación de los fines. En el primado de las imágenes sobre las cosas, de la apariencia sobre el ser, la política deja de ser el arte de los consensos y soluciones durables para convertirse en el oficio del parche y de la chapuza, carpintería del espectáculo. Los estragos de las ideologías han sido sustituidos por las banalidades de la “imagología”. Veamos, si no, el último show de la Cumbre de las Américas, donde uno de los grandes temas de discusión fue la ausencia de Cuba en la fotografía de los jefes de Estado, sin que ese país lo hubiese solicitado y sin que mucho menos se ahondase en las razones de fondo, lo que hubiese llevado a una discusión seria sobre la democracia en la región y la falta de aplicación efectiva de la Carta Democrática. Un problema tan grave como la violencia generada por el narcotráfico y el evidente fracaso de las políticas represivas, no fue antecedido de los necesarios estudios y evaluaciones. Por último, a falta de acuerdos, el escándalo de las prostitutas alquiladas por el servicio secreto a cargo de la seguridad del presidente Obama, fue el corolario que terminó acaparando la atención de los medios.
De igual manera el pragmatismo opera sobre la figura de Ortega: dobla las páginas de su candidatura inconstitucional y del fraude electoral de noviembre pasado y pone el énfasis en el efectivo entendimiento con la empresa privada y los logros mediocres de la economía. Como diría el taxista peruano trasladado a la calurosa Managua: Ortega viola las leyes, corrompe y reprime, pero solamente lo necesario y lo justo. El cortoplacismo inherente a esta manera de pensar prevalece en quienes piensan que algunos cambios de nombre, cosméticos, en el Consejo Supremo Electoral y otros poderes del Estado, resolverán la crisis institucional y el grave déficit democrático. Para esta mentalidad cualquier cosa es ganancia, si con ello se evita la suspensión de los “waivers” y se preserva el estatus quo que permita seguir haciendo negocios. Lo demás es adyacente, secundario, deseable, pero no imprescindible. Y Ortega lo sabe: lo importante es el hoy y la foto, la apariencia y la imagen.
El autor es jurista y catedrático
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