Sergio Ramírez

Los monstruos de la razón

El poder ha sido una constante entre los temas fundamentales de la literatura latinoamericana gracias a sus invariables distorsiones a lo largo de la historia. Desde la conquista de la independencia en el siglo XIX, el poder se convierte en una anormalidad, y se establece una distancia insalvable entre lo que las nuevas constituciones de inspiración republicana mandan, y lo que la realidad establece como suyo; el ideal, por una parte, que crea la ilusión del gobernante respetuoso del bien común y de las leyes, sujeto a un sistema donde el contrapeso de poderes del Estado, independientes y armónicos, actúa como un freno de la tiranía; y, por el otro, el mundo real donde reina el caudillo sujeto nada más al arbitrio de su voluntad, con lo que todo se convierte en una mentira, que es el alimento de la novela.

En el texto de nuestras constituciones fundadoras tocamos con las manos la utopía nunca resuelta. Gobiernos para el bien común, instituciones firmes y respetadas, sujeción de los gobernantes a las leyes, respeto a los derechos individuales, libertad de expresión, igualdad ante la justicia. Podemos leer esas constituciones como novelas, fruto de la imaginación. Nuestras mejores novelas. Intentamos la modernidad, pero no pudimos apropiarnos de los modelos que se nos proponían. Eran ropajes importados que quisimos cortar a nuestra medida, los mismos que vistieron Voltaire, Rousseau, Montesquieu, Jefferson, Franklin, Paine; y bajo esos ropajes, asomaba la cola del caudillo que fue al principio un personaje amante de las luces de la ilustración y luego volvió letra muerta la filosofía libertaria, como el doctor Gaspar Rodríguez de Francia, dictador perpetuo del Paraguay.

La distancia contradictoria entre el ideal imaginado y la realidad vivida, entre el mundo de papel de las leyes y el mundo rural donde se engendra la figura del caudillo, entre lo que debe ser y lo que realmente es, entre modernidad derrotada y pasado vivo, es lo que crea el asombro que primero se llama real maravilloso en tiempos de Alejo Carpentier y Miguel Ángel Asturias, en la primera mitad del siglo XX, y luego realismo mágico en tiempos de Gabriel García Márquez, en la segunda mitad. “¿Pero qué es la historia de América toda sino una crónica de lo real maravilloso?”, dice el mismo Carpentier, quien junto con Asturias aprendió a ver el mundo latinoamericano desde Francia en plena fiebre del surrealismo, en toda la ostentación de sus desajustes, distorsiones, exageraciones y excentricidades.

El reinado de lo arcaico sobrevive en sus esplendores caducos y la historia entrega de cuerpo entero a los dictadores a la novela, desde el doctor Francia, recreado por Augusto Roa Bastos en Yo, el Supremo , a Manuel Estrada Cabrera de Guatemala, recreado por Miguel Ángel Asturias en El señor presidente , a las figuras eclécticas, compuestas por una suma de dictadores caribeños recreados por Alejo Carpentier en El recurso del método , y por García Márquez en El otoño del patriarca , hasta la del Generalísimo Rafael Leónidas Trujillo en La fiesta del chivo de Mario Vargas Llosa. De este friso surge la ya clásica novela del dictador que cubre todo el siglo veinte latinoamericano, un descubrimiento literario que no podemos dejar de atribuir a Valle Inclán, el primero que convierte a un tirano latinoamericano en personaje excéntrico, en Tirano Banderas.

Pero, por otro lado, la anormalidad del poder no solo engendra al dictador que llega a convertirse en un fantasma acosado por la eternidad, como en El otoño del patriarca , sino que también altera y distorsiona la vida de los ciudadanos comunes, y crea dramas familiares e individuales, miedo, corrupción, sumisión, cárcel, exilio, muerte. Es cuando el poder, como una fuerza ciega se introduce en el ámbito privado y lo saca de quicio para someterlo también a la anormalidad; es así como la historia pública es capaz de descoyuntar las vidas, quiéranlo o no los protagonistas, y alterar sus destinos. En este sentido, el poder es también materia de la novela, y no solo el poder político hoy en día, también el poder de la desigualdad económica que provoca las emigraciones forzadas, y el poder del narcotráfico.

“No es el hombre renacentista quien realiza el descubrimiento y la conquista, sino el hombre medieval”, dice Carpentier. No era la modernidad la que trajeron consigo los conquistadores, sino el pasado represado que se resolvía en oscuridad de sacristías, supersticiones, brutalidad patriarcal. El renacimiento no se trasplantó a América, sino la contrarreforma. Un mundo nuevo que iba a moldearse a semejanza de otro que se volvía ya caduco, pero lleno de los engendros de la imaginación que fulguraban en esa oscuridad. Los exagerados y arbitrarios engendros de los libros de caballería que Cervantes no tardaría en someter al juicio de la risa, volviéndolos risibles.

Primero la novela de las constituciones perfectas, y luego la novela de los tiranos obsedidos por el placer de ser obedecidos hasta por las piedras. Mandar no puede ser en nuestra historia un acto temporal, limitado; ni siquiera hasta la muerte, porque de por medio está la idea de la inmortalidad que obnubila al más cuerdo. Mejor emperadores ungidos por la mano divina que presidentes electos limpiamente por los ciudadanos. Mejor tratar con esclavos que lidiar con hombres libres. Una sola voluntad que lo rija todo, mejor que la voluntad de todos que termina por no regir nada. El fantasma de la anarquía que solo puede ser disuelto por la mano firme desde el trono imperial, tentación que no fue ajena aún a Bolívar.

Se tiene poder y es necesario exhibirlo; las joyas de la corona deben estar siempre a la vista, igual que la arbitrariedad omnímoda que atemoriza, porque el miedo, que crea la inmovilidad de acción y pensamiento, es uno de los soportes del poder. Y esa contradicción constante de la historia, la peor de sus dialécticas, que hace de los revolucionarios tiranos.

El autor es escritor. Santo Domingo, abril 2012.


COMENTARIOS

  1. Jorge G
    Hace 14 años

    La constitución es la ley y la ley, señor novelero, hay que respetarla. Que Ortega no la respete, los esbirros ejecuten toda serie de impunidades y robos y al pueblo le vale un pito, es otra cosa porque nos enseñan que vivir con valores es una exigencia que sobra, porque los líderes públicos y privados no los tienen. El pueblo tiene hambre de comida pero también, hambre de buenos líderes y valores, y usted no ayuda en nada desacreditando la constitución. Las reglas son para respetarlas.

  2. CUANDO LA RAZON NO SATISFACE NUESTRA REALIDAD
    Hace 14 años

    Cuando las explicaciones del razonamiento ortodoxo comun en
    nuestra America latina es basado en silogismos que siguen el
    mismo patron de conducta…todo seguira igual. Porque la historia
    asi lo demuestra, de lo contrario nuestro progreso idealizado ha
    cia metas mas acertadas y productivas a nuestra realidad como
    nacion en Nicaragua, ya sustentaria un mejor desempeno mas hu
    manizado por el bien comun de todos sus habitantes.

  3. Miguelacho
    Hace 14 años

    Poder al pueblo, es la unica via. Todo lo demas es papel mojado, la constitucion y lo que escribe Ramirez -quiza ya demasiado «educado» (es decir sumiso) para comprenderlo- por igual. Ensucias el nombre de Bolivar, Sergio, por lo retrogado que sos; hablando de modernizacion a estas alturas del partido… Modernizate vos!

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