Aquellos alegres tiempos

“Los periódicos son una especie de lugares tristes, deprimidos”. Esta afirmación del escritor y antiguo colaborador del Washington Post, Malcolm Gladwell, frente a un grupo de entusiastas y hambrientos estudiantes de periodismo, buscaba cómo animar a estos a iniciar sus carreras en medios de prensa no tradicionales. A mí, con diez años de ejercer mi oficio en un medio tradicional, me pareció chocante y radical. Ahora, tengo mis dudas.

Por Moisés Martínez

“Los periódicos son una especie de lugares tristes, deprimidos”. Esta afirmación del escritor y antiguo colaborador del Washington Post, Malcolm Gladwell, frente a un grupo de entusiastas y hambrientos estudiantes de periodismo, buscaba cómo animar a estos a iniciar sus carreras en medios de prensa no tradicionales. A mí, con diez años de ejercer mi oficio en un medio tradicional, me pareció chocante y radical. Ahora, tengo mis dudas.

Cuando posteé la afirmación de Gladwell en mi Facebook y Twitter (dos medios no tradicionales, ya iba mal) esta trajo consecuentemente una andanada de reacciones sobre el tema, principalmente de colegas del oficio.

En ese sentido, noté un patrón curioso. Aquellos que andaban por mi mismo rango de edad (cerca de los 34 años) mostraron estar de acuerdo con Gladwell. Ni hablar de aquellos viejos zorros del oficio, con muchos años de bregar en este. Por ejemplo, cuando le propuse escribir sobre este tema a Fabián Medina, mi editor, este inmediatamente me espetó: “Pues claro que tiene razón. Si ahora casi ni hablamos entre nosotros”. Mi primera conclusión fue entonces que era un asunto de edad. A mis casi 34 años, yo era un dinosaurio aburrido.

El periodista e investigador sobre medios de comunicación, Alfonso Malespín, apunta hacia otros horizontes sobre el por qué de las aburridas redacciones de los periódicos de hoy. En primer lugar, opina que esto se debe a que los periodistas jóvenes han matado la tertulia periodística. Primeramente creí se refería a que los jóvenes reporteros ya no son tan bohemios como los de antes. “Pero si estos muchachos hablan de bares y lugares que yo ni conozco” le respondí, mientras me visualizaba, de nuevo, como el dinosaurio aburrido.

Pero Malespín no se refería a la necesidad de tener una cerveza en la mesa para hablar de periodismo, sino que a los jóvenes reporteros de hoy no les interesa hablar de periodismo en las redacciones de los periódicos. “Es un asunto de redes sociales”, le expresé entonces. “Pasan tanto tiempo inmersos en el mundo virtual, que olvidan al compañero de al lado”.

Pero Alfonso fue más punzante: “Me han dicho algunos colegas que las salas de redacción de hoy más parecen ‘maquiladoras de información’, y que se ha perdido el talante intelectual. Se habla del fashion show, pero no se hace análisis semiótico del mismo. Se habla de cine, pero no se aborda la estética del enlatado. No se habla de literatura, porque la mayoría no lee. ¡Perdón! Dicen que leen a Coehlo. ¿Entonces?”, me responde.

¡¡Uhh!! me dije. Entonces es un problema de superficialidad en el debate. No comparto el radicalismo de Malespín cuando afirma que los reporteros de ahora carecen de “talante intelectual”. Pero tiene toda la razón al decir que las redacciones de ahora carecen de este tipo de discusiones. El tomarse cinco minutos para hablar con el colega de al lado algún tema de seriedad (que en este país sobran), está fuera de la agenda de los jóvenes reporteros.

No creo que sea necesario llegar tal vez hasta el “análisis semiótico” de las cosas, pero al menos acercarse ilusamente a encontrar la solución de los problemas del mundo, por medio de una sencilla plática entre periodistas, es saludable para una redacción.

He escuchado historias sobre verdaderos “anillos de fuego” en las redacciones de antes, en los que un grupo de periodistas, además de sostener verdaderas metrallas sobre temas complejos, no desaprovechaban la oportunidad para no dejar títere con cabeza con sus bromas y burlas. Eso si es algo que añoro. Recuerdo con agrado las ocurrencias de Arquímedes, hoy todo un escritor metido de lleno a su negocio de las letras, y las sonoras carcajadas de Jorge, inmerso ahora en otros rumbos periodísticos, cuando en una esquina de la redacción nos burlábamos de nosotros mismos, y de los demás.

Podrá ser los tiempos 3.0 que vivimos, las redes sociales, las nuevas responsabilidades que tenemos con el paso del tiempo, o que sencillamente soy el dinosaurio aburrido con quien nadie menor de 30 años quiere hablar en una redacción. Pero es un hecho que en las salas de prensa ya no respira la imaginación y picardía de los periodistas del ayer. Casi no se escuchan carcajadas o discusiones, de esas en las que uno se mete sin que lo llamen por lo interesante del tópico abordado. Solo es el teclear de las computadoras …trr…trr…trrr…

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