De la VI Cumbre de las Américas celebrada el pasado fin de semana en Cartagena, Colombia, no se esperaba que resultara algo importante y en efecto nada relevante resultó.
Es evidente que Estados Unidos, que ha sido el auspiciador de la Cumbre de las Américas, ha perdido interés en América Latina como entidad geopolítica y ahora lo está centrando en la dimensión más amplia y promisoria de la denominada Alianza Transpacífica.
La Cumbre de las Américas nació en diciembre de 1994 en Miami, promovida por Estados Unidos con el doble objetivo de impulsar la Alianza de Libre Comercio de las Américas (ALCA) y promover y fortalecer la democracia en América Latina y el Caribe. Pero el primero de esos dos grandes objetivos naufragó prácticamente en la IV Cumbre de las Américas, celebrada en noviembre de 2005 en Mar del Plata, Argentina, cuando por la presión de los gobernantes izquierdistas y populistas liderados por Hugo Chávez EE.UU. se vio obligado a retirar de su agenda hemisférica el ambicioso proyecto de crear una alianza continental de libre comercio.
Al mismo tiempo se deterioró el segundo gran propósito original de la Cumbre de las Américas, que era impulsar y fortalecer la democracia de un extremo a otro del continente americano y sus territorios insulares, para lo cual la III Cumbre que fue celebrada del 20 al 22 de abril de 2001 en Quebec, Canadá, mandó a la OEA a aprobar un documento programático. Por eso fue que el 11 de septiembre de ese mismo año, la Asamblea General de la OEA aprobó en Lima, Perú, la Carta Democrática Interamericana que tantas ilusiones en la libertad y la democracia despertó a lo largo y ancho de América Latina y el Caribe.
Ahora el impulso democrático ha perdido vigor en América Latina, por lo menos temporalmente. En tal situación y debido a los coqueteos oportunistas de los gobernantes democráticos de centro derecha con la dictadura totalitaria de Cuba, y su inminente inclusión en la comunidad de la Cumbre de las Américas, la perspectiva de esta es incierta. A su vez la OEA tendrá que renegar de la Carta Democrática Interamericana, o deberá disolverse para ser reemplazada por la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), que fue creada en febrero de 2010 en México bajo la inspiración de Hugo Chávez y otros gobernantes populistas y la cual por definición es excluyente de Estados Unidos y Canadá.
Es lógico y comprensible, pues, que Estados Unidos considere ahora que es mucho más viable, importante y provechoso promover la Alianza Transpacífica, con sus promisorios fines económicos y comerciales basados en la libertad. Esta alianza fue formada en noviembre del año pasado por EE. UU. con Australia, Bruney, Chile, Malasia, Nueva Zelanda, Perú, Singapur y Vietnam, y en la cual México, Canadá y Japón han expresado interés de participar. Nicaragua también es un país del Pacífico y sin duda que le convendrá acercarse a la Alianza Transpacífica, cuando logre recuperar la democracia y la libertad.
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