¿Es el cristianismo una religión triste? Muchos piensan que sí, puesto que exalta el sufrimiento y los sacrificios, o porque impone restricciones que limitan nuestra libertad y autonomía. Las imágenes de los Cristos sangrantes, notorias en Semana Santa, más los llamados de Jesús a negarse a uno mismo y entrar por la puerta estrecha, parecieran endosar esta percepción. Ni se diga de los mandamientos y la moral de la Iglesia; ¿acaso no son un conjunto de prohibiciones?
En contraste con estas percepciones, Benedicto XVI recién proclamó: “La alegría es un elemento central de la experiencia cristiana”. El foco de su homilía, pronunciada en ocasión de la XXVII Jornada Mundial de la Juventud el pasado Domingo de Ramos, fue precisamente la alegría.
El papa abordó el tema reconociendo: “La aspiración a la alegría está grabada en lo más íntimo del ser humano”, y que “más allá de las satisfacciones inmediatas y pasajeras, nuestro corazón busca la alegría profunda, plena y perdurable, que pueda dar ‘sabor’ a la existencia”. Luego llamó a distinguir las alegrías durables y verdaderas de los placeres inmediatos y engañosos. Porque frecuentemente la cultura moderna confunde el placer —que tiende a ser efímero y a dejar vacío— o la abundancia de bienes materiales y la ausencia de dolor, con alegría.
“La experiencia enseña”, advirtió: “Hay tantas personas que, a pesar de tener bienes materiales en abundancia, a menudo están oprimidas por la desesperación, la tristeza y sienten un vacío en la vida”. Existen otras, por el contrario, que muestran una alegría capaz de sobrevivir penurias y enfermedad. ¿A qué obedece esta paradoja?
La respuesta se encuentra en la naturaleza del ser humano, quien al lado de su naturaleza animal posee otra más alta, de orden espiritual que solo puede saciarse, en palabras de San Pablo, con los “bienes de arriba”. Uno de ellos, prominente, es la capacidad de amar. Buscar el bien de los otros, dándose con generosidad y olvido del yo, eleva a la persona y promueve la alegría.
No solo la fe sino la ciencia coinciden en destacar el rol del amor en promover la felicidad de quienes lo prodigan. En una serie de experimentos conducidos por Martin Seligman, director del Centro de Psicología Positiva de la Universidad de Pennsylvania, se pidió a un grupo de voluntarios iniciar su día haciendo dos horas de servicios caritativos, como visitar asilos, atender enfermos, etc. Luego se comparó su satisfacción y desempeño con otro grupo que se había dedicado el mismo tiempo a comer delicadezas o embellecerse. El primer grupo experimentó un día mucho más contento y productivo que el segundo.
El vínculo entre amor y felicidad explica en parte el porqué el ascetismo religioso —práctica del sacrificio y renuncias personales— no contradice sino que promueve la alegría; porque el amor, que es dar “hasta que duele”, en palabras de madre Teresa de Calcuta, crece cuando se abraza el sacrificio. Por eso es que no hay santos —ni personas altruistas— tristes. Todos, a pesar de haber entrado por la puerta estrecha, son personas que irradian alegría.
Igual con los mandamientos. “Aunque a primera vista”, dice Benedicto, “puedan parecer un conjunto de prohibiciones, casi un obstáculo a la libertad”, si los meditamos “representan un conjunto de reglas de vida esenciales y valiosas que conducen a una existencia feliz”. Cuando el manual del propietario de nuestro vehículo prescribe usar diesel y no gasolina, hacer lo contrario no es un acto de libertad sino de estupidez. Libre e inteligente es quien acata las verdades que llevan a la felicidad.
Después de Cuaresma viene Pascua. Muy lógico. El autor es sociólogo y fue ministro de educación 1990-1998.
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