Por Moisés Martínez
He vivido las típicas historias de taxi que les sucede a todos los managuas. Ya saben: choferes parlanchines, alabanzas religiosas a todo volumen y la terrible sensación de que nuestras vidas pueden terminar en un choque en cualquier esquina de la capital. Todo había sido normal, hasta ese día.
Me jacto de tener un instinto consejero para escoger el taxi al que me subo. Este me habló cuando miré la cara del conductor: “Moisés, tiene cara de loco. No se ve peligroso, pero te va a llevar con el corazón en la boca”. Pero, la presión del apuro ganó y decidí subir, pese incluso a que iba otro pasajero.
Primer presentimiento cumplido. El tipo manejaba como lunático. “Ves Moisés, te lo dije”, me decía mi instinto. La segunda trastada. Hablaba hasta por los codos. En cinco minutos ya me había hablado como de cuatro temas distintos. Pero, lo que más recuerdo es el lenguaje del taxista. Era el escaliche más rancio que uno podría imaginar. Todo un lumpen al volante.
La historia en realidad comienza en los semáforos de la ferretería Tobie. Nos hace parada una muchacha morena, de buen cuerpo y cara poco agraciada, que estaba con un sujeto en una moto parqueada. Negocia el precio con el taxista. “Claro mi morenaza, súbase”, le dice él con entusiasmo. Ella viene y se despide del muchacho con un beso en la boca y un “nos vemos otro día amor”, y se sube al auto.
Lo que la muchacha no se dio cuenta es que yo le dije al taxista que las direcciones adonde íbamos los tres pasajeros estaban totalmente cruzadas y que yo no iba a estar dando vueltas por Managua. “No se me ponga al brinco pofi, que esto va como en las filas, el que se montó primero, se baja primero”, me respondió con toda la frescura del mundo.
Cuando dejamos al primer pasajero, el taxi enrumbó hacia mi destino. En el trayecto, la muchacha responde una llamada a su móvil. “Amor, ya voy en camino. Esperame que yo estoy saliendo del trabajo, y vos no me habías dicho que nos íbamos a ver… ¿Adónde? ¿En Plaza Inter? Dale y mirá, teneme los reales del taxi, porque me agarraste movida. Dale, un beso”.
De pronto, cae en cuenta que vamos en sentido contrario de la dirección que le había dado al taxista, y cuando le pregunta, este le dice que no se preocupe, que me iban a dejar rápido y luego irían adonde ella pedía. “Pero morena, ¿vos no vas a Plaza Inter? Vamos a pasar cerca de ahí. Te puedo dejar primero”.
La angustia se posicionó de la poca agraciada cara de la joven. “No señor… Ay Dios. Es que yo me tengo que pasar cambiando primero por mi casa. No puedo ir así… Me van a agarrar… me hubiera dicho que iba para otro lado”.
Para poner más drama al asunto, repica el móvil de la muchacha. “Amor, tené calma. Mirá que no me habías avisado. Vos sabés que de mi trabajo a Plaza Inter es largo, no te me sofoqués”, y cortó la llamada.
No sé si el atarantado taxista había caído en cuenta de lo evidente de la situación, pero con la misma frescura que no perdió en momento alguno, le ofreció la “mágica” solución a la atribulada joven. “Morena, no se me sofoque… al suave. Mire, yo dejo aquí al broder, nos vamos para su casa volando, ahí la aguanto que se ponga ahí toda guapa, y la traigo a Plaza Inter. Soy un cohete manejando… nos vamos a venir veloz, y le voy a cobrar barato”.
La muchacha aceptó. El precio que le ofreció el taxista era barato, con todo y que la iba a esperar, y a pesar de ser hora pico, se puso en pocos minutos al destino adonde yo iba. Cuando arrancó, luego de dejarme, iba con toda la velocidad que amerita una emergencia como la que sufría esta muchacha. No pude evitar esbozar mi sonrisa irónica, y pensar lo astutas y frías que pueden ser las mujeres. Mas aún cuando tienen a un taxista fresco y loco como cómplice. Pero de estas cosas es difícil que te advierta tu instinto.
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